Hasta tocar el cielo

Once

Luna

Llevo días sin hablar con Adrien. Al principio, su teléfono no paraba de vibrar con mensajes suyos, un desfile constante de palabras que yo me limitaba a ignorar por pura inercia, por miedo a cruzar una línea de la que no habría retorno. Ahora, irónicamente, el silencio entre los dos pesa mucho más que cualquiera de sus textos. Siento que he perdido algo hermoso incluso antes de llegar a tenerlo, y no sabía que una ausencia pudiera doler de esta manera tan honda. Otras veces me ha pasado con amistades que se desvanecieron porque mis tardes pertenecían por completo a casa, a mis obligaciones, a los desplantes obligados. Al principio dolía, claro; luego una se acaba acostumbrando a la soledad como a un viejo abrigo raído. Pero esto... esto no se pasa.

Pienso en él a todas horas. En la forma en que me miraba desde el otro lado de la estancia, en nuestras conversaciones a medias, en la paz absoluta que invadía mi pecho cuando estaba a su lado. Y una y otra vez me asalta la misma duda: si me he equivocado, si por una sola vez en la vida podría haber elegido algo para mí en lugar de sacrificarlo todo. Pero en mi día a día parece no haber hueco para nada más que para el peso de mis deberes y las expectativas silenciosas de los demás.

—Vale, ya está bien. Vas a decirme qué te pasa. Ahora.

Me sobresalto tanto que el bolígrafo se me escapa de los dedos cuando Alba cierra el libro de golpe contra la madera de la mesa. Varias personas en la biblioteca nos dedican miradas de severa desaprobación, pero ella ni se inmuta.

—Estamos intentando estudiar —murmuro, intentando desviar su atención.

—No te hagas la tonta, Lu. Nos conocemos desde que éramos unas crías. Sé que nunca has estado especialmente radiante, pero estos días estabas distinta. Más ligera, incluso con una sonrisa perenne que me alegraba la existencia aunque no supiera de dónde venía. Y ahora has vuelto a apagarte. Solo quiero que confíes en mí. Soy tu mejor amiga.

Levanto la vista para enfrentarme a su mirada. No hay rastro de simple curiosidad en sus ojos; solo una honda preocupación y un toque de culpa, como si creyera que ha hecho algo mal. Suelto un suspiro largo y pausado, consciente de que tiene razón. Siempre ha estado ahí, incondicional, mientras yo no hacía más que levantar muros de contención.

—Me tienes que prometer que no se lo dirás a Hugo —le pido en un susurro.

—Lo juro —levanta una mano con total solemnidad.

Cojo aire, sintiendo que el pecho se me estrecha.

—He conocido a un chico... hace ya varias semanas.

Alba sonríe de inmediato, iluminándosele el rostro.

—Lo sabía. Sabía que detrás de esa cara de boba enamorada había un nombre.

—No estoy enamorada —protesto mientras noto cómo el calor me sube de golpe a las mejillas—. Solo... bueno...

—Te gusta.

Bajo la cabeza, incapaz de sostener su inspección, y termino asintiendo con lentitud. Ya no hay forma de negarlo.

—¿Y qué ha pasado?

—Que la he jodido. Como siempre.

Ella se inclina hacia mí, apoyando una mano cálida sobre mi hombro.

—No creo que la culpa sea enteramente tuya. Y sé que no vas a contarme todos los detalles, pero apostaría a que no eres la única responsable. Si ese chico te importa de verdad, deberías darte una oportunidad.

—Es mucho más complicado que eso...

—¿El qué? ¿Estar con él o permitirte ser feliz?

La miro fijamente, abriendo los labios para responder, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. Alba esboza una sonrisa teñida de melancolía.

—Vale, no contestes. Ya sé la respuesta. Y escucha una cosa: tú también tienes derecho a ser feliz, como cualquier persona. Tienes derecho a equivocarte, a meter la pata hasta el fondo y a arrepentirte después.

Un nudo doloroso me bloquea la respiración. Bajo la vista al cuaderno y empiezo a trazar garabatos mecánicos en el margen de la página.

—Y bueno... ¿cómo es el príncipe azul? —pregunta intentando aligerar el ambiente.

Una sonrisa minúscula, de esas que brotan sin permiso, escapa de mis labios.

—Bueno... es francés. Está aquí pasando una temporada. Y tiene unos ojos preciosos que... que consiguen desestabilizarme cada vez que me miran.

Mientras hablo de él, la realidad me golpea con fuerza, recordándome cuánto lo echo de menos.

—Es bueno, dulce. Me transmite una calma inmensa. Nunca me presiona para hablar si no me apetece; me da espacio, tiempo, y siento que me entiende de verdad sin necesidad de darle explicaciones. Es...

Me detengo abruptamente porque ningún adjetivo parece estar a la altura de lo que siento cuando estoy con él.

—Si es tan especial... ¿qué haces aquí sentada? —me pregunta Alba con fijeza.

—¿Estudiar para el examen de mates? —replico con un hilo de voz.

Ella resopla, indignada, y me da un empujoncito en el hombro.

—Venga ya. Hazle caso a la que tiene un poco más de calle con los chicos. Si ese hombre te hace sentir así y tú sigues perdiendo el tiempo con un examen que vas a aprobar de sobra, es que estás perdiendo el norte. Tienes que ir corriendo a buscarlo.




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