Adrien
Nunca arranco el coche de inmediato. Me quedo unos segundos apoyado sobre el volante, mirando la calle por la que Luna acaba de desaparecer. Como siempre. Hasta verla doblar la esquina y perderse en la penumbra del pueblo. Solo entonces me atrevo a encender el motor.
No sé cuándo he empezado a hacer la misma rutina. Supongo que desde el día en que apareció empapada delante de mi puerta, temblando de frío y con los ojos llenos de una timidez que me desarmó por completo. O quizás antes. Desde aquella tarde en el café, cuando chocamos sin esperarlo.
Sonrío para mí mismo en la oscuridad del habitáculo.
—Eres idiota...
Lo digo en voz alta, sin filtros, porque sé que es la única verdad posible. Un completo idiota.
Había prometido que aquello solo serían unas vacaciones. Un paréntesis necesario. Desaparecer un tiempo del mapa para respirar, para escapar del ruido ensordecedor de París: de la prensa, de los fotógrafos acechando en cada esquina, de las entrevistas interminables, de los rumores absurdos impresos en papel cuché. De Juliette. Y, sobre todo, de todo lo que llevaba demasiado tiempo intentando sostener a duras penas.
Aprieto un poco el volante, sintiendo cómo los nudillos se me blanquean.
Camille.
Cierro los ojos un instante y el pasado me golpea con la fuerza de un eco lejano. Ni siquiera recuerdo con exactitud en qué momento empezó a romperse todo entre nosotros. No hubo una gran discusión a gritos, ni una traición imperdonable, ni un motivo concreto que justificara el final. Fue algo mucho más lento y silencioso. Simplemente éramos dos personas que, sin saber muy bien cómo, habían dejado de encontrarse en el mismo lugar.
Cada conversación se había convertido en una obligación pesada, un trámite que cumplir; cada despedida era visiblemente más fría y distante que la anterior. Y, aun así, ninguno de los dos había tenido el valor suficiente de pronunciar en voz alta lo que ambos llevábamos meses sabiendo. Que aquello ya estaba muerto. Solo faltaba que alguien tuviera el valor de reconocerlo.
Y en medio de ese vacío, sin buscarlo ni esperarlo, apareció Luna. Precisamente en el peor momento posible.
Y ahora, por primera vez desde que crucé la frontera y dejé atrás mi antigua vida, descubro que no tengo ninguna prisa por volver.
Cuando abro la puerta del piso y dejo las llaves sobre la encimera, el ambiente todavía conserva el rastro cálido de la cena que hemos preparado juntos. Veo los dos vasos limpios sobre el fregadero. La taza de cerámica que usó hace un rato. Y, sobre el brazo del sofá, una pequeña goma del pelo olvidada por descuido.
Me acerco, la cojo entre los dedos y sonrío sin poder evitarlo.
—Genial...
Ahora hasta una simple goma de pelo consigue desestabilizarme y arrancarme una sonrisa tonta. Estoy completamente perdido.
La dejo exactamente en el mismo sitio, como si todavía fuera a regresar dentro de un rato, como si su ausencia fuera solo momentánea. Me dejo caer pesadamente en el sofá y saco el móvil del bolsillo. Nuestra fotografía juntos sigue ocupando toda la pantalla. No puedo evitar quedarme mirándola de nuevo. Ella ni siquiera está mirando a la cámara; me está mirando a mí. Y esa sonrisa tímida que se dibuja en sus labios... sé de sobra que no es la misma que le dedica al resto del mundo. Hace falta muy poco tiempo para conocerla y saber leerla.
Y eso es precisamente lo que más terror me infunde.
Porque Luna me está dejando entrar en un territorio íntimo y frágil donde casi nadie ha conseguido poner un pie antes. Y yo, mientras tanto, sigo guardando un secreto enorme, ocultándole una parte sustancial de mi vida que tarde o temprano estallará en su cara.
Dando un suspiro profundo, pulso el contacto de Theo y llamo. No tarda ni dos tonos en descolgar.
—¡Hombre! ¡El desaparecido! —su voz llega cargada de socarronería.
—Hola a ti también.
—¿Ya se ha ido?
—Sí.
—¿Y?
Una risa floja escapa de mi garganta.
—¿Y qué?
—Adrien... —escucho cómo manipula papeles o mueve algún objeto al otro lado de la línea—. No pienso sacarte las palabras una por una con pinzas. Cuéntame de una vez.
Me paso una mano cansada por la cara.
—Ha venido a buscarme.
Al otro lado se hace un silencio espeso.
—¿Cómo que ha venido?
—Ha aparecido en mi puerta, Theo.
—¿Después de estar una semana entera esfumada?
—Sí.
—¿Y?
—Hemos hablado.
—¿Y?
—Ha cenado aquí conmigo.
Theo suelta un suspiro exagerado, casi teatral.
—¿Y?
—Theo...
—No, no, no me cortes ahora. Sigue. Estoy disfrutando muchísimo de esto.
Bajo la mirada hacia mis zapatillas.
Editado: 13.08.2026