Hasta tocar el cielo

Trece

Luna

Vuelvo a sentirme un poco más ligera.

Los días han recuperado un compás que ya creía perdido, volviendo a tejerse con la complicidad de antes. Nos escribimos todos los días, casi sin darnos cuenta de cómo las horas se deslizan entre pantalla y pantalla. A veces son conversaciones largas que se estiran hasta bien entrada la noche; otras, solo un par de mensajes breves preguntándonos cómo ha ido el día. Cosas sencillas, fragmentos cotidianos que para cualquiera, probablemente, no significarían nada. Pero para mí lo significan todo.

Y, aun así, no consigo quitarme de la cabeza el momento de la otra noche. Cada vez que cierro los ojos vuelvo a sentir su mano rozándome la mejilla, la forma en la que me miraba, la cercanía entre los dos...

Sacudo la cabeza con fuerza. No quiero hacerme ilusiones. Las ilusiones siempre terminan rompiéndose contra las piedras de la realidad.

Estoy sentada junto a mi madre en el sofá. Ella mira la televisión con la atención puesta en cualquier programa insustancial que estén dando. Yo sostengo un libro entre las manos e intento concentrarse en la historia, aunque llevo varios minutos leyendo la misma página una y otra vez sin enterarme de nada.

—¿Cómo te van las clases? —La voz de mi madre rompe el silencio y levanto la vista despacio.

—Bien.

—Casi no pasas tiempo en casa. Estoy deseando que termines ya, así pasaremos más tiempo juntas, como antes.

Le dedico una sonrisa que apenas me sale, una mueca cordial y vacía.

—Ya... Bueno, aún falta. Estoy a tope con los exámenes y los trabajos...

Por dentro, un eco sordo se niega a pensar en el verano. Hugo y Alba siempre se van unos días de vacaciones. Aunque sea poco tiempo, desaparecen de Rupit. Luego vuelven llenos de historias, de fotos y de recuerdos luminosos. Yo nunca tengo nada que contar. Me quedo aquí. Siempre aquí.

Y cuando llegue septiembre ellos empezarán una vida nueva. Universidades. Ciudades. Gente nueva. Mientras yo seguiré encerrada entre estas cuatro paredes que ya me asfixian.

Empiezo a sentir cómo la angustia me oprime el pecho con fuerza y cierro el libro despacio.

—Voy a repasar para el examen de mañana.

—Bueno, también puedes estudiar aquí en el salón, así no estás tan aislada.

Bajo la mirada, sintiendo una pesadez sorda en los hombros.

—Voy al piso de arriba, mamá...

Ella me observa en silencio mientras me levanto. Solo nos separa un techo de hormigón. Ni siquiera estoy realmente lejos. Pero para ella es como si fuera a marcharme al otro lado del mundo. A veces me agobia que dependa tanto de mí. Y después me siento culpable por pensar eso, una culpa lacerante. Porque es mi madre.

Y, sin embargo, hay algo dentro de mí que nunca termina de encajar. Nunca me sale abrazarla porque sí, de forma espontánea. Nunca me nace darle un beso al pasar. Ni decirle que la quiero. Y cada vez que intento forzarlo, siento que las palabras se quedan atrapadas en algún sitio inaccesible de la garganta. Porque creo que en el fondo no lo siento...

Al día siguiente llevo unas ojeras horribles por culpa de la noche en vela, pero bordo el examen con una precisión impecable. Cuando salimos de clase, Alba y Hugo llevan unas caras larguísimas de lamento mientras yo no consigo borrar la sonrisa de triunfo.

—Ya, tía, deja de restregárnoslo, ¿vale? —dice Alba con un dramatismo exagerado que me arranca una risa.

Una pequeña risa se me escapa.

—Si hemos estudiado juntas, no entiendo por qué no has sacado la misma nota que yo.

—Lo que no entiendo es que aún no hayas escogido universidad, si podrías ir a la que quisieras con la media perfecta que tienes —dice Hugo caminando a mi lado.

Mi sonrisa desaparece casi al instante, disipándose en el aire. Si supieran que esa decisión ni siquiera depende de mí, que no me pertenece...

—Ya sé —continúa él con una media sonrisa socarronera—. Igual no quieres irte de Rupit. Nos echarías demasiado de menos, ¿a que sí?

Lo miro un instante, sintiendo un vacío extraño.

—Sí... claro...

La sonrisa que intento fingir apenas dura unos segundos en pie. ¿Irme de Rupit? Eso es exactamente lo que más deseo en el mundo.

Salimos los tres del instituto hablando de cualquier tontería, aunque yo apenas los escucho, perdida en mis pensamientos. Entonces oigo varios cuchicheos a unos metros. Algunas chicas miran todas hacia el mismo sitio con los ojos muy abiertos.

Alba se detiene de golpe en seco.

—¡Ay, por Dios!

—¿Qué pasa? —pregunto desconcertada.

Ella sonríe de inmediato con picardía.

—Vaya... —se gira hacia mí—. Tu príncipe azul te espera.

Hace un gesto con la barbilla y sigo la dirección de su mirada. Entonces lo veo. Adrien.

Está apoyado contra su Audi negro con esa tranquilidad tan suya, las gafas de sol puestas y una chaqueta de cuero que parece hecha a su medida. Tiene una mano metida en el bolsillo mientras con la otra sostiene el móvil con elegancia. Parece sacado de una película de cine. No me extraña que todas las chicas lo estén mirando.




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