Luna
Estoy sentada frente al ordenador, con las piernas encogidas bajo la silla y la pantalla reflejando el parpadeo constante del cursor. La habitación está sumida en un silencio denso, tan solo roto por el zumbido constante de la torre y el tic-tac acompasado del viejo reloj de la pared. En el centro del monitor aparece abierta mi solicitud de admisión.
He rellenado cada uno de los campos con una pulcritud obsesiva. Mi matrícula. Las calificaciones de todo el curso. El impreso de la beca con sus mil anexos. Los certificados del instituto. Las fotografías reglamentarias. Incluso una carta de presentación que he redactado, tachado y reescrito tantas veces que ya casi podría recitarla de memoria.
Ya no queda nada más por hacer. Solo un último trámite. Un único botón rectangular al final de la página.
Enviar.
Empiezo a mover la pierna de manera rítmica y nerviosa sin darme cuenta. Me muerdo una uña. Y luego otra, con ansiedad. Si Adrien estuviera aquí ahora mismo, cruzado de brazos, ya me estaría mirando con esa expresión de fingida desaprobación que pone cada vez que pillo ese mal hábito. La sola idea consigue arrancarme una pequeña sonrisa en medio de la tensión.
Respiro hondo, llenando los pulmones de aire frío. No puedo seguir dando vueltas a lo mismo, estirando el momento de la cobardía. Si me lo pienso un día más, el pánico acabará por convencerme, cerraré la pestaña del navegador y no volveré a abrirla jamás.
Así que, antes de que el miedo pueda paralizarme por completo, muevo el ratón y pulso el botón.
Durante unos segundos eternos, la pantalla se queda congelada, con un círculo girando en bucle. El corazón me golpea con tanta fuerza contra las costillas que me duele el pecho. Hasta que, por fin, el texto cambia y aparece una notificación limpia.
Solicitud enviada correctamente.
Me quedo petrificada, observando las letras sin atreverme a parpadear. Ya está. Ya no hay marcha atrás posible. Acabo de enviar oficialmente mi solicitud para la Universidad Sorbonne Nouvelle de París.
Todavía no sé si me aceptarán. Tampoco sé si lograré la beca que me permita pagarlo. Ni siquiera quiero imaginar cómo reaccionará mi padre el día que una carta oficial confirme que lo he intentado a sus espaldas. Pero, por primera vez en mucho tiempo... he hecho algo pensando única y exclusivamente en mí.
El móvil vibra con fuerza sobre el escritorio de madera. Sonrío al instante en cuanto la pantalla ilumina mi nombre y veo aparecer el suyo.
Adrien.
—¿Estabas muy ocupada? —su voz grave resuelta al otro lado de la línea.
Bloqueo el ordenador de un golpe seco y me dejo caer de espaldas sobre la cama, mirando hacia el techo.
—No... solo terminaba unas cosas de clase.
No deja de ser una mentira a medias, una verdad a la fuerza.
—Bien. Entonces supongo que no estás demasiado liada.
No puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios.
—¿Por qué lo dices?
—Porque quiero llevarte a un sitio esta noche.
Mi sonrisa se congela y palidece un poco.
—Adrien... sabes que...
Él suspira con pesadez al otro lado de la línea.
—Lo sé. Tu padre.
Guardamos silencio unos segundos, un vacío pesado que pesa como una losa.
—Solo... intenta convencerlo para que te deje salir hoy, por favor —pide en un tono más suave, casi vulnerable.
Hay algo en su voz, una mezcla de súplica y cercanía, que hace que me resulte físicamente imposible decirle que no.
—Está bien... —miro fijamente el techo de la habitación—. Lo intentaré.
—Con eso me conformo.
Cuando cuelgo, dejo el teléfono sobre el colchón y cierro los ojos con fuerza, frotándome las sienes. Sé perfectamente que pedírselo yo misma a mi padre es una causa perdida; conozco la respuesta antes siquiera de abrir la boca. Así que no me queda más remedio que recurrir a la única persona capaz de interceder y hacer entrar en razón a mi padre de vez en cuando.
Busco en la agenda y marco el número de Marcos.
—¿Qué pasa, Luna? —Contesta al segundo tono, con su habitual tono despreocupado.
—Necesito un favor enorme... —trago saliva con dificultad.
—Dime, te escucho.
—Necesito que me ayudes a convencer a papá para que me deje salir esta noche.
Al otro lado se hace un silencio espeso, de los que anuncian problemas.
—Estoy sacando muy buenas notas… me porto bien, apenas salgo con mis amigos y hoy de verdad me apetece mucho —aprieto el aparato contra la oreja, sintiendo cómo las manos me tiemblan—. Por favor...
Escucho cómo suspira con resignación.
—Está bien.
Mi corazón da un vuelco esperanzador.
—¿De verdad?
—Veré qué puedo hacer, no te prometo milagros.
Editado: 13.08.2026