Hasta tocar el cielo

Quince

Adrien

No consigo conciliar el sueño. Llevo más de una hora dando vueltas en la cama, atrapado entre las sábanas revueltas. Cada vez que cierro los ojos, la imagen regresa con una nitidez abrumadora: su sonrisa deslumbrante en medio del concierto; su expresión de asombro absoluto cuando descubrió las entradas; el reflejo de las luciérnagas titilando en la oscuridad; el murmullo constante de la cascada; y aquel instante suspendido en el tiempo antes de despedirnos, con el roce suave de aquel beso en su mejilla.

Me incorporo de golpe sobre el colchón, pasándome las manos con fuerza por la cara para intentar despejar la mente.

—Mierda...

No. Ya no puedo seguir engañándome a mí mismo. El autoengaño se ha acabado. Esto no es un simple cariño pasajero. No se trata de que me caiga simpática, ni de que disfrute compartiendo momentos con ella. La verdad cae sobre mí con el peso de una losa: estoy enamorado.

La palabra resuena dentro de mi cabeza una y otra vez, ineludible. Enamorado. De una chica a la que apenas conocía de nada hace unas semanas. De una persona que todavía ignora quién soy en realidad, más allá de la superficie.

Y, mientras tanto... sigo teniendo pareja.

Aprieto los labios con dureza. No. Eso sí que no. Podré haber cometido muchos errores a lo largo de mi vida, pero jamás he sido de los que juegan con los sentimientos de los demás. Camille no se merece algo así.

Nuestra relación llevaba meses fracturándose con lentitud, pudriéndose desde dentro. Ya casi no hablábamos; las llamadas se habían reducido a un intercambio de horarios, agendas de promoción, fechas de estrenos y entrevistas programadas. Ni siquiera discutíamos. Y tal vez eso fuera lo más triste de todo. Porque cuando una pareja deja incluso de discutir, significa que hace ya mucho tiempo que se dio por vencida y dejó de luchar.

Aun así... sigue siendo mi pareja oficial ante el mundo. Y eso implica una responsabilidad.

Cojo el teléfono móvil de la mesita de noche. Solo hay una persona en el mundo con la que puedo hablar a estas horas sin filtros.

Theo.

Ni siquiera son las ocho de la mañana, pero marco el número de inmediato.

—Más te vale que esto sea una emergencia de vida o muerte... —contesta con voz ronca al otro lado.

—Lo es.

Un silencio breve al otro lado de la línea.

—Vale.

Se oyen ruidos de sábanas.

—Ahora sí estoy despierto. ¿Qué ha pasado?

Me levanto de la cama en silencio y salgo a la terraza. El aire de la mañana me golpea fresco en el rostro.

—Estoy enamorado.

Al otro lado solo se escucha una carcajada corta y seca.

—Vaya, qué novedad tan sorprendente.

Pongo los ojos en blanco en la oscuridad.

—Lo digo completamente en serio.

—Y yo también, tío. Adrien, llevo semanas diciéndotelo a gritos.

—No quería verlo.

—Ya. Pero ahora supongo que ya no puedes mirar hacia otro lado.

Apoyo los antebrazos con firmeza sobre la fría barandilla de hierro de la terraza.

—No puedo seguir así.

—No. Claramente no puedes.

—Voy a hablar con Camille hoy mismo.

Theo guarda silencio durante unos largos segundos, procesando mis palabras.

—¿Estás completamente seguro de esto?

En ese preciso instante, mi mente viaja hacia Luna. Pienso en su forma de mirarme. En cómo se le ilumina la cara cuando consigue sacudirse el miedo durante un rato. Y, sobre todo... pienso en que ella jamás debe convertirse en la "otra" de nadie.

—Sí. Estoy muy seguro.

Theo suspira con resignación.

—Entonces hazlo bien. Como siempre has intentado hacer las cosas importantes. No le mientas, no intentes buscar culpes donde no las hay, y sobre todo, no conviertas a Luna en el detonante de esto. Porque ella no lo es.

Tiene toda la razón del mundo. Luna no ha roto nada; lo nuestro ya estaba hecho añicos mucho antes de que ella apareciera en mi vida.

—Gracias, Theo.

—Llámame luego. Quiero saber cómo acaba todo esto.

—De acuerdo.

Cuelgo la llamada. Durante unos minutos me quedo mirando la pantalla oscura del teléfono, sintiendo el peso del momento. Nunca una llamada me había costado tanto esfuerzo. Busco su contacto en la agenda.

Camille.

Pulso el botón de llamada. Tarda apenas unos segundos en responder. Su rostro aparece en la pantalla: está en un camerino, todavía con restos de maquillaje del rodaje nocturno. Al verme, sus labios se curvan en una sonrisa cansada.

—Bonjour.

—Bonjour.

—¿Qué pasa? —pregunta de inmediato.

Su tono, la forma en que lo dice, hace que comprenda al instante que ya sabe que algo va mal. Nos conocemos demasiado bien después de tantos años.




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