Hasta tocar el cielo

Dieciséis

Luna

Desde la noche del concierto, hay algo sutil y nuevo instalado dentro de mí, un eco que no sabría definir con palabras exactas. Es una sensación cálida, un latido tibio que despierta cada vez que mi mente regresa a Adrien. Cada vez que mis recuerdos reviven la forma en que me miraba mientras cantaba entre la marea humana, su sonrisa cómplice al verme disfrutar sin complejos, o aquel instante suspendido en el tiempo, justo antes de despedirnos, cuando sus labios rozaron con extrema suavidad mi mejilla.

Todavía hoy soy capaz de sentir el rastro de ese roce sobre la piel. Y, de un modo extraño, eso me asusta un poco. Porque jamás en mi vida había experimentado algo ni remotamente parecido por nadie.

Estoy sentada en el borde de la cama, con el teléfono móvil frío entre las manos. Desbloqueo la pantalla y abro nuestra conversación. Hay decenas de mensajes acumulados. Fotos. Audios de voz. Algún que otro vídeo absurdo y rápido que me manda cada vez que descubre algún rincón pintoresco o curioso por las calles de Vic.

No puedo evitar sonreír al recordarlo. Él siempre está inventando pequeños detalles, moviendo hilos, haciendo cosas por mí.

Y yo... yo jamás he hecho nada por él.

Frunzo el ceño con una repentina mezcla de inquietud y determinación. Lo cierto es que nunca he preparado una sorpresa para nadie. Ni un regalo pensado. Ni siquiera un simple dibujo que no fuera una obligación para las clases de arte.

Me muerdo distraídamente la piel del dedo pulgar. No. Esta vez quiero ser yo quien dé el paso. Quiero hacer algo genuino, algo capaz de arrancarle esa sonrisa sincera que él siempre consigue sacar de mí, aunque se trate de una soberana tontería.

Durante toda la mañana siguiente no consigo apartar el pensamiento de la cabeza. Mi padre me da algo de dinero en efectivo para que compre un par de recados antes de regresar a casa. No es una gran cantidad; lo justo y necesario.

Mientras camino por las calles adoquinadas de Vic, voy mirando los escaparates de las tiendas sin tener demasiado claro qué es lo que busco exactamente. Hasta que mis ojos se detienen tras el cristal de un pequeño establecimiento de recuerdos.

Me quedo parada delante de la puerta y entro.

El local es pequeño, abarrotado de postales de colores, imanes para la nevera y chucherías para turistas. Empiezo a rebuscar entre los expositores sin mucha inspiración. Hasta que, de repente, lo veo.

Un llavero sencillo. Lleva grabada la silueta inconfundible de Barcelona. Es simple, pero bonito. Lo cojo con los dedos. Y, justo unos centímetros más allá, colgado en el mismo panel, descubro otro. La Torre Eiffel. París.

Me quedo observando ambos objetos durante unos segundos largos. Barcelona. París. Él. Yo. Una pequeña chispa de complicidad se enciende en mi interior y no puedo evitar sonreír.

Me acerco al mostrador y le pregunto a la dependienta, señalando los dos pequeños metales:

—Disculpe... ¿se pueden unir?

Ella sonríe con amabilidad.

—Claro que sí.

Busca entre una bandeja una pequeña anilla metálica y une ambos llaveros con destreza. Ahora cuelgan juntos, entrelazados. Los sostengo firmemente entre las palmas de las manos. Me parecen perfectos. No son costosos, ni ostentosos, pero de algún modo lo dicen todo. Los compro. Y al salir a la calle, guardándolos en el bolsillo, no puedo evitar sonreír una y otra vez. Ojalá le gusten.

En cuanto llego a casa, saco con cuidado mi cuaderno de dibujo de la mochila. Paso las hojas una a una hasta dar con una página completamente en blanco. Cojo un lápiz negro, dispuesta a empezar, pero me quedo completamente inmóvil con la punta a milímetros del papel.

¿Qué se supone que debo dibujar?

Trazo una línea rápida. La borro al instante. Intento otra forma. También la desecho. Soltar un suspiro frustrado. Nunca me pongo nerviosa dibujando; el papel siempre ha sido mi refugio seguro. Pero hoy las manos me tiemblan. Porque no es un encargo cualquiera. Es para él.

Vuelvo a respirar hondo y empiezo de nuevo. Esta vez dejo que la mano se mueva sola, guiada por la memoria. Primero emergen los contornos de las montañas lejanas. Después, el cauce del agua. La cascada cayendo con fuerza. Las rocas húmedas. Y, sentados en el borde frente al paisaje... dos siluetas.

Decido no dibujar nuestras caras. Solo las formas. Porque no hace falta detallar nada más; yo sé perfectamente quiénes somos en ese papel. Y él también lo sabrá en cuanto lo vea.

Cuando termino, escribo con letra muy pequeña, casi escondida en el margen inferior de la página:

“Gracias por enseñarme que también existen los días bonitos.”

Leo la frase varias veces en silencio. ¿Será demasiado? ¿Quizá parezca cursi? Tal vez sí, tal vez no. Al final, decido dejarlo tal cual.

Doblo la hoja de dibujo con muchísimo cuidado para no estropear el trazo y la guardo dentro de un sobre blanco. Deslizo también los dos llaveros en su interior y sello la solapa. Mi corazón late con tanta fuerza contra las costillas que parece querer salirse del pecho. Jamás había preparado una sorpresa para nadie en toda mi vida. Nunca.




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