Hasta tocar el cielo

Diecisiete

Luna

El sábado por la mañana, decido acompañar a Bela a hacer unas cuantas gestiones pendientes para la casa. Mi padre se encuentra trabajando y mi madre ha preferido quedarse descansando en su habitación, de modo que caminamos las dos juntas por las calles empedradas de Rupit, cargando con varias bolsas de tela.

Hace un día magnífico. La gente pasea con absoluta tranquilidad; algunas familias salen de las panaderías tradicionales con bolsas de papel cargadas de pan recién hecho, mientras un grupo de niños corretea y grita alegremente por la plaza principal. Todo parece tan cotidiano, tan normal, que casi resulta extraño en contraste con mi propio interior.

Bela va hablando de cualquier cosa que se le cruza por la cabeza. Del trabajo. De una compañera nueva que ha entrado esta semana. De una oferta que ha visto en el escaparate de una tienda.

Yo apenas la escucho; asiento de vez en cuando, emitiendo algún sonido afirmativo y fingiendo un interés que no tengo, mientras mi cabeza se encuentra a kilómetros de distancia de allí.

Está con Adrien.

En el recuerdo del picnic.

En el dibujo que le regalé con tanto temor.

En la forma en la que sus ojos se ensancharon y me miró cuando abrió el sobre.

Todavía noto un cosquilleo cálido y eléctrico en el pecho cada vez que mi mente regresa a ese instante.

—Estás muy rara últimamente.

Su voz me arranca de golpe de mis pensamientos, devolviéndome a la realidad.

La miro, parpadeando.

—¿Yo?

—Sí, tú.

Me dedica una sonrisa de lado, escrutadora.

—Tienes otra cara. No sé explicarlo.

Bajo la vista rápidamente hacia las bolsas que sostengo en las manos.

—Será el estrés de las clases.

—No sé yo...

Me observa unos segundos más, deteniendo el paso en mitad de la acera.

—¿Tienes algún novio por ahí escondido?

Levanto la cabeza de golpe, sintiendo que el aire se me corta en la garganta.

—No...

Bela arquea una ceja, incrédula.

—¿Segura? ¿Y el chico con el que siempre andas de un lado para otro?

Durante un instante me quedo completamente inmóvil, con el cuerpo en tensión. ¿Nos ha visto alguien? ¿Lo sabe mi padre? El corazón empieza a desbocarse en mi pecho, golpeando con fuerza contra mis costillas.

—Hugo es solo un amigo.

—Bueno... pues entonces dime la verdad.

Vuelve a sonreír con una mezcla de picardía y genuina curiosidad familiar.

—¿Te gusta alguien? ¿Hay alguien especial?

Niego con la cabeza demasiado deprisa, un poco a la defensiva.

—No.

Bela deja escapar una risa suave, comprensiva.

—Oye, Luna... somos hermanas. Puedes confiar en mí para estas cosas. Contarme lo que te pasa.

Las palabras se quedan suspendidas en el aire frío entre las dos.

Puedes confiar en mí.

Las he oído tantas veces a lo largo de mi vida... Y, sin embargo, jamás han significado lo mismo para las dos. Porque cada vez que, en el pasado, he intentado abrirme y explicar cómo me siento por dentro, la conversación siempre termina exactamente igual.

Papá solo quiere protegerte.

Mamá te necesita más ahora.

No exageres tanto las cosas.

Hay chicas que están muchísimo peor que tú.

Tienes una familia que te quiere en casa. Eres una privilegiada.

Aprieto con más fuerza las asas de plástico de las bolsas, sintiendo cómo se me clavan en los dedos. Si de verdad soy tan privilegiada... ¿por qué ella pudo independizarse y marcharse de casa? ¿Por qué yo sigo atrapada sin poder hacerlo?

Me obligo a tragarme todas esas preguntas amargas antes de que salgan a la superficie. Sé perfectamente que no serviría de nada decirlas en voz alta.

—Después de comer iré un rato a casa de Alba —digo, cambiando de tema de forma brusca para cortar la conversación antes de que siga interrogándome.

Bela frunce ligeramente el ceño, recelosa.

—¿Y qué pasa con mamá?

La miro con un cansancio profundo que pesa toneladas en mis hombros. Muy cansada.

—Mamá puede quedarse sola en casa perfectamente durante unas horas.

Ella suspira, cruzándose de brazos.

—Ya sabes de sobra que a papá no le gusta nada dejarla sola mucho tiempo.

—Ya...

Vuelvo a bajar la mirada hacia el suelo empedrado.

—Lo sé.

Seguimos caminando. Ninguna de las dos vuelve a abrir la boca. Solo se escucha el ruido monótono de las bolsas golpeando rítmicamente contra nuestras piernas mientras avanzamos de regreso a casa. Y, aunque físicamente caminamos por la misma calle, tengo la agobiante sensación de que hace muchísimo tiempo que mi hermana y yo dejamos de caminar hacia el mismo lugar en la vida.




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