Hasta tocar el cielo

Dieciocho

Luna

¿Alguna vez te has preguntado en qué momento alguien deja de ser una persona cualquiera para convertirse en la primera en la que piensas al despertar?

Yo sí. Y llevo días haciéndomelo. No sé cuándo ocurre. No hay una fecha que puedas marcar en el calendario ni un instante exacto en el que todo cambia. Simplemente pasa. Un día te descubres buscándolo con la mirada entre la multitud. Sonríes al leer su nombre en la pantalla del móvil. Una canción deja de hablar de ti para empezar a hablar de los dos. Y cualquier cosa que te ocurre, por pequeña que sea, despierta el impulso de querer contársela. Empiezas a memorizar el color de sus ojos cuando el sol se refleja en ellos. La forma en la que se ríe. Las palabras que más repite. Empiezas a notar su ausencia incluso cuando solo lleva unos minutos sin estar a tu lado. Y entonces aparece esa pregunta que llevas demasiado tiempo evitando. ¿Estoy enamorada? Quiero convencerme de que no. Me digo que solo disfruto de su compañía. Que cualquiera sentiría este cosquilleo cuando él sonríe o cuando pronuncia mi nombre. Pero ya no puedo seguir engañándome. Porque esto ya no son solo mariposas en el estómago. Es la calma que encuentro cuando está cerca. Es el ruido del mundo apagándose en cuanto nuestras miradas se cruzan. Es querer contarle cualquier tontería que me ocurra durante el día y sentir que cualquier lugar mejora un poco si él está allí. Es descubrir que sus alegrías me hacen sonreír como si fueran mías. Es imaginar el futuro sin proponérmelo y encontrarlo siempre en algún rincón de esos pensamientos. No sé en qué momento pasó. No sé cuándo dejó de ser un desconocido para convertirse en mi persona favorita. Solo sé que ahora entiendo por qué dicen que el amor no llega haciendo ruido. Llega despacio. Se cuela entre las conversaciones, entre las miradas robadas y las sonrisas involuntarias. Se instala sin pedir permiso, hasta que un día abres los ojos y descubres que alguien ya vive en todos tus pensamientos. Y entonces lo entiendes. Estás enamorada.

Sonrío para mí misma. Me cuesta reconocerlo incluso en silencio, como si al ponerle nombre pudiera romperse. Bajo la vista hacia el cuaderno abierto sobre mis rodillas. La punta del bolígrafo sigue inmóvil entre mis dedos mientras una sonrisa completamente involuntaria aparece en mis labios. Estoy enamorada. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa idea no me da miedo.

—Eh, chica en la luna, ¿vas a ayudarme?

Levanto la mirada todavía absorta en mis pensamientos y me encuentro a Alba de brazos cruzados mirándome con una media sonrisa y una ceja alzada.

—¿Qué?

Cierro el cuaderno y sonrío nerviosa.

—El viaje a Mallorca no se va a pagar solo, ¿recuerdas?

Dejo el cuaderno junto al resto de mis cosas y me levanto. Me acerco a la pequeña mesa improvisada en medio de la plaza donde mini figuritas artesanales de varias cosas esperan a que alguien las compre. Y pueda pagarnos el viaje de fin de curso.

—Lo siento.

Una vecina del barrio se acerca y escoge un par de ellas.

—¿Cómo está tu madre, cielo?

La sonrisa se me borra un poco de la cara, pero intento recuperar la compostura.

—Está bien, gracias, señora García. Aquí tiene —le entrego las figuras que ha escogido en un paquetito y recojo el billete que me ofrece— que tenga un buen día.

Cuando se va, suspiro y me giro para intentar contener la emoción que empieza a aflorar en mis ojos.

—¿Estás bien? Alba me mira preocupada.

—Sí, sí. Ella se acerca con una sonrisa pícara en los labios.

—Y bueno… ¿cómo va tu historia de amor? —Me clava los dedos en las costillas.

—¡Ay! Para… —me río— no sé para qué te cuento nada.

Sonrío al recordar la otra tarde y me muerdo el interior de la mejilla. El simple recuerdo hace que mis labios hormigueen otra vez. Casi puedo notar el roce de los suyos, la forma tan delicada en la que me sujetó la cara y el calor de su pecho cuando me abrazó después. Es increíble que un solo beso sea capaz de quedarse viviendo en la memoria de esta manera. No hemos parado de escribirnos, todo el rato, a cada minuto del día. Sólo cuento las horas para poder volver a verlo. Siento una felicidad que no había sentido hace tiempo, siento como si el resto del mundo y todos los problemas pudieran desaparecer por un instante.

—¿Y bien?

Miro a Alba y noto cómo empiezo a ponerme roja.

—Bien, hablamos todos los días y… no sé, es que no sé cómo explicarlo… —me tapo la cara avergonzada.

—Oh, me encanta —me abraza—, me encanta verte así. ¿Cuándo vas a verlo otra vez?

—Pues… En realidad, no lo sé.

Sólo pienso en mil excusas que inventar para poder escaparme de casa y correr a verlo. Y cómo seguir ocultando algo que definitivamente en algún momento saldrá a la luz.

—Tengo una idea… —a Alba se le iluminan los ojos— salgamos esta noche y llama a tu príncipe francés.

—Alba, yo… es que no puedo.

—Venga, Lu… nunca sales conmigo y tienes que divertirte, salir, pasarlo bien; ahora tienes novio, disfrútalo.

Pienso en mis padres. En qué diría mi padre. En la mirada de mi madre. En los reproches de mi hermana. Y por una vez siento que quiero dejar de pensar. Quiero que dejen de condicionar mi vida y de tomar decisiones por mí. Quiero vivir, pero no la vida de otros, quiero vivir mi vida y tomar malas decisiones y dejarme llevar por impulsos, aunque acaben en una discusión.




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