Hasta tocar el cielo

Veinte

Luna

Abro los ojos despacio. Los primeros rayos de sol se cuelan entre las cortinas e iluminan el techo de mi habitación. Permanezco unos segundos inmóvil, intentando reunir fuerzas para levantarme, hasta que recuerdo qué día es hoy.

Hoy cumplo dieciocho años.

La mayoría de la gente espera este cumpleaños con ilusión. La mayoría imagina una fiesta, una tarta llena de velas o una habitación decorada con globos. Algunos cuentan los días que faltan para sentirse un poco más mayores.

Yo llevo semanas deseando que pase cuanto antes.

Porque sé exactamente cómo va a ser.

Un día igual que cualquier otro.

Mi vida no va a cambiar por cumplir un año más. Ni mi futuro.

Mi móvil vibra sobre la mesilla.

Lo cojo casi por inercia y, en cuanto veo su nombre en la pantalla, una sonrisa aparece sin pedir permiso.

Adrien: "Intenta escaparte esta noche. Bueno... intenta escaparte todo el fin de semana."

Leo el mensaje dos veces. Después una tercera. Mi sonrisa se va apagando poco a poco. Todo el fin de semana… Ojalá. Ni siquiera soy capaz de imaginar algo así. Tecleo una respuesta.

Luna: "Me encantaría."

La borro. Escribo otra.

Luna: "No puedo."

También la borro. Al final dejo el móvil otra vez sobre la mesilla sin contestar. No quiero romperle la ilusión. Pero tampoco quiero mentirle. Respiro hondo y me visto con lo primero que encuentro en el armario antes de bajar a la cocina.

—Buenos días.

—Buenos días, cielo —responde mi madre con una sonrisa cansada.

Mi padre levanta la vista del periódico apenas un segundo.

—Empieza a poner la mesa. Tus hermanos no tardarán en llegar.

Asiento en silencio. Ni una felicitación. Ni un "feliz cumpleaños". Ni siquiera una mirada diferente. Solo otro sábado más. Mientras saco los platos del armario, no puedo evitar preguntarme si todos los cumpleaños terminarán sintiéndose así.

Como un día cualquiera.

O peor.

Porque un día cualquiera no te recuerda constantemente todo lo que esperabas cuando eras pequeña.

Hoy sí.

Paso la mañana entre cazuelas, cubiertos y el olor de la comida llenando la cocina.

Poco después llaman al timbre.

—Ya estarán aquí —dice mi madre.

Marcos entra primero y me envuelve en un abrazo nada más verme.

—Felicidades, peque.

Cierro los ojos un instante.

—Gracias.

Es la primera felicitación del día. Y, por alguna razón, eso hace que me escuezan un poco los ojos.

Bela entra detrás de él.

—Felicidades.

Sonríe con educación antes de darle un beso a mamá y empezar a hablar con mi padre como si nada más importara. La comida transcurre igual que siempre. Hablan del trabajo. De las facturas. De los médicos. Mi padre se queja del calor. Bela encuentra un motivo para discutirle.

Y yo me limito a escuchar mientras juego distraída con el tenedor.

Nadie vuelve a mencionar mi cumpleaños.

Cuando terminamos, todos se marchan al salón y yo empiezo a recoger la mesa. El agua cayendo sobre los platos hace mucho más fácil dejar de pensar. Escucho unos pasos detrás de mí.

—¿Necesitas ayuda?

Levanto la vista.

Marcos ya se ha remangado la camisa.

—No hace falta.

Hace caso omiso a mi respuesta y coge un paño para empezar a secar los platos. Durante unos minutos ninguno dice nada. Hasta que rompe el silencio.

—Siento que el día esté siendo así.

Dejo de fregar.

—¿Así cómo?

Me mira de reojo.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

Bajo la vista hacia el fregadero.

—Estoy acostumbrada.

Marcos niega despacio con la cabeza.

—Eso no significa que esté bien.

Una sonrisa triste se escapa de mis labios.

—No sabía qué comprarte —dice después de unos segundos—. Pensé que, si te apetecía, podíamos acercarnos luego a la tienda y elegir algo juntos.

Lo miro. Siempre intenta arreglar las cosas. Aunque no pueda.

—Gracias... pero no hace falta.

Él deja el plato que estaba secando y me observa unos segundos.

—Estás pensando en pedirme algo.

No es una pregunta. Es una afirmación. Suelto una risa nerviosa.

—¿Se nota tanto?




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