Hasta tocar el cielo

Veintiuno

Luna

El trayecto se me pasa mucho más rápido que el de ida. Voy mirando las luces por la ventanilla mientras el sueño empieza a pesarme un poco encima. Cuando el coche se detiene, miro alrededor. No reconozco el sitio. Frente a nosotros se alza un hotel mucho más bonito de lo que habría imaginado. Las luces de la entrada iluminan la fachada y varias plantas de flores decoran el acceso. Miro a Adrien. Luego al hotel. Después vuelvo a mirarlo a él. Él sale del coche y rodea el capó hasta abrirme la puerta.

—Ven.

Bajo despacio. Los nervios empiezan a instalarse en mi estómago sin que pueda evitarlo. Entramos en el hotel y todo me parece demasiado elegante. Nunca he estado en un sitio así. Me da miedo incluso pisar demasiado fuerte.

Adrien habla un momento con la recepcionista mientras yo observo el enorme vestíbulo. Unos minutos después volvemos a caminar, esta vez hacia el ascensor.

El silencio empieza a ponerme todavía más nerviosa.

Subimos varias plantas y, cuando las puertas se abren, lo sigo por un pasillo cubierto de moqueta.

Se detiene frente a una puerta.

Introduce una tarjeta.

La puerta se abre.

Entro detrás de él.

La habitación es preciosa.

Hay una cama enorme junto al ventanal, una pequeña zona con un sofá y una terraza desde la que se adivinan las luces de la ciudad.

Me quedo completamente quieta.

—Adrien...

Él deja las llaves sobre una mesa.

—¿Te gusta?

Asiento sin dejar de mirar alrededor.

—Es increíble.

Él se acerca a una bolsa que han dejado sobre la cama y la coge entre las manos.

—Todavía queda una sorpresa más.

Lo miro con curiosidad.

—¿Otra?

—La última.

Me entrega la bolsa. La abro despacio. Dentro encuentro dos albornoces blancos perfectamente doblados.

Los saco con cuidado.

—¿Qué...?

—Debajo del hotel hay un spa.

Levanto la cabeza.

—¿Un spa?

—He pensado que, después de todo lo que haces por los demás, te vendría bien una noche en la que simplemente pudieras relajarte.

Bajo la vista hacia la bolsa. Entonces lo recuerdo. El bikini.

Noto cómo toda la seguridad que había reunido durante la cena desaparece de golpe.

Me quedo completamente quieta.

—¿Luna?

Aprieto la tela del albornoz entre los dedos.

—Tengo que... ponerme el bikini.

Él tarda apenas un segundo en comprender por qué lo digo. Su expresión cambia por completo. Da un paso hacia mí.

—¿Eso te incomoda?

No soy capaz de mirarlo. Asiento muy despacio.

—Mucho.

Durante unos segundos no dice nada. Solo espera. Y cuando habla, lo hace con una calma que consigue que el nudo de mi garganta se afloje un poco.

—Entonces no bajamos.

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Nos quedamos aquí.

Se encoge ligeramente de hombros.

—Pedimos algo al servicio de habitaciones, vemos una película o nos sentamos en la terraza hasta que amanezca.

Me dedica una sonrisa tranquila.

—El spa era una idea. Tú nunca eres una obligación.

Lo miro en silencio. Y, por alguna razón, esas palabras consiguen que los nervios dejen de pesar tanto. Respiro hondo. Vuelvo a mirar la bolsa. Después lo miro a él.

—No...

Él espera.

—Quiero intentarlo.

Trago saliva.

—Solo... dame cinco minutos.

Adrien sonríe con una dulzura que me desarma.

—Tómate diez si hace falta. O toda la noche. Yo voy a seguir aquí cuando salgas.

Asiento una última vez antes de entrar en el baño con la bolsa entre las manos. Cierro la puerta despacio y apoyo la espalda contra ella. Respiro hondo.

¿Por qué estoy tan nerviosa?

Abro la mochila y saco el bikini rosa empolvado que Alba insistió en que me llevara. Lo observo unos segundos antes de empezar a cambiarme.

Intento no mirarme demasiado en el espejo.

Siempre encuentro algo que cambiar.

Algo que esconder.

Algo que no me gusta.

Me recojo el pelo en una coleta alta y, por encima del bikini, me pongo el albornoz. Me lo ato con tanta fuerza a la cintura que casi me cuesta respirar.




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