Hasta tocar el cielo

Veintidós

Adrien

Me despierto antes que ella.

Durante unos segundos permanezco completamente inmóvil, observándola dormir a mi lado. La primera luz de la mañana se cuela entre las cortinas y dibuja reflejos dorados sobre su pelo. Tiene una mano escondida bajo la almohada y la otra descansa muy cerca de la mía, como si incluso dormida necesitara asegurarse de que sigo aquí.

Sonrío sin darme cuenta.

Nunca había entendido por qué la gente decía que podía pasarse horas mirando dormir a la persona que quería. Ahora sí. Porque podría quedarme así toda la mañana. Aparto con cuidado un mechón que le cae sobre la cara. Ella arruga ligeramente la nariz antes de abrir los ojos despacio. Durante un instante parece desorientada. Después me mira. Y sonríe. Una sonrisa pequeña. De esas que solo existen cuando eres feliz de verdad.

—Buenos días... —susurra.

—Buenos días, ma Lune.

Su voz todavía suena adormilada.

—¿Llevas mucho despierto?

Niego con la cabeza.

—Lo justo para descubrir que tienes muy mala cara por las mañanas.

Abre mucho los ojos.

—¡Oye!

Me río antes de que me dé un pequeño golpe con la almohada.

—Era broma.

—Más te vale.

Vuelve a esconderse un instante entre las sábanas mientras yo no puedo dejar de sonreír. Hay algo distinto en ella. No sabría explicarlo. No es solo la tranquilidad con la que me mira. Es la confianza. La forma en que busca mi mano sin pensar. Como si anoche hubiera derribado el último muro que todavía quedaba entre nosotros. Y eso me llena el pecho de una felicidad tan inmensa que casi asusta.

Después de desayunar en el hotel emprendemos el camino de vuelta. Luna va mirando el paisaje por la ventanilla mientras juega distraídamente con mis dedos entrelazados con los suyos. De vez en cuando gira la cabeza para sonreírme. Y cada vez que lo hace siento la absurda necesidad de devolverle la sonrisa.

—¿Qué? —pregunta al descubrirme mirándola otra vez.

—Nada.

Se ríe.

—Tú también mientes fatal.

—Es culpa tuya.

—¿Mía?

—No puedo dejar de mirarte.

Niega con la cabeza, avergonzada, y vuelve la vista hacia la carretera. Pero sigue sonriendo. Y eso basta para alegrarme el día entero.

Cuando las primeras casas de Rupit aparecen a lo lejos, noto cómo la realidad empieza a abrirse paso. Ojalá pudiera detener el tiempo unas horas más. Aparco donde siempre. Ese rincón desde el que nadie puede vernos llegar.

Apago el motor.

Ninguno de los dos parece tener demasiada prisa por despedirse. Luna juega con el cinturón de seguridad. Yo tamborileo los dedos sobre el volante.

—Supongo que...

Ella suspira.

—Sí.

Me inclino para dejar un beso sobre su frente. Después otro en su nariz. Y otro muy corto en los labios. Ella se ríe.

—Así nunca voy a bajar del coche.

—Ese era un poco el objetivo.

Niega con la cabeza mientras me acaricia la mejilla.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por regalarme el mejor cumpleaños de mi vida.

Durante un instante soy incapaz de responder. Solo puedo besarla otra vez.

—Gracias a ti por dejarme formar parte de él.

Ella abre la puerta. Antes de bajar vuelve a girarse.

—Nos escribimos.

—Todo el día.

—Todo el día.

Sale del coche y echa a andar unos pasos. Antes de desaparecer calle arriba vuelve a girarse para dedicarme una última sonrisa. Levanta la mano. Yo hago lo mismo.

Y no arranco hasta que deja de estar a la vista. Entonces apoyo la cabeza unos segundos sobre el respaldo del asiento. Nunca había sido tan feliz. Nunca. Ni los estrenos. Ni los premios. Ni las portadas. Nada. Todo eso pierde cualquier sentido cuando lo comparo con una sola noche junto a ella. Porque anoche no compartí únicamente una habitación. Compartí algo mucho más importante. Su confianza. Y pienso cuidarla toda la vida.

El trayecto hasta mi piso se me pasa casi sin darme cuenta. Voy sonriendo como un idiota cada vez que recuerdo cualquier detalle de la noche anterior. Su risa. Su manera de abrazarme. La ilusión con la que sopló aquella vela. La forma en que pronunciaba mi nombre.

Aparco frente al edificio. Cojo las llaves y subo los pocos escalones del portal. Pero me detengo en seco.

Alguien está sentado junto a la puerta. Levanta la cabeza al escuchar mis pasos. Y el corazón se me cae de golpe al suelo.

—Bonjour, Adrien.

Camille.

Se incorpora lentamente mientras se cruza de brazos. Su expresión no refleja enfado. Eso casi me preocupa más. Porque conozco demasiado bien esa mirada. Y sé que esta conversación no va a ser nada fácil.




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