Luna
Han pasado cinco días.
Cinco días desde que cerré la puerta delante de Adrien. Cinco días ignorando cada uno de sus mensajes. Cinco días intentando convencerme de que he hecho lo correcto.
Y, aun así...
Sigo buscándolo sin querer entre la gente. Me descubro mirando hacia el banco donde solíamos sentarnos. Hacia la cafetería donde desayunamos por primera vez. Hacia el puente desde el que me enseñó aquel rincón del río. Todo en este pueblo me habla de él.
Aprieto con más fuerza la bolsa de la compra mientras camino por las calles empedradas de Rupit. Mi madre me ha pedido que compre pan y un par de cosas más para la cena. Una excusa perfecta para salir de casa un rato. Necesitaba respirar. Necesitaba dejar de pensar.
Doblo una esquina dispuesta a volver cuando una voz femenina pronuncia mi nombre.
—¿Luna?
Me quedo completamente inmóvil. Frunzo el ceño. No conozco esa voz.
Me giro despacio. Y el aire desaparece de mis pulmones.
Es ella. La reconocería en cualquier parte.
Camille.
Va vestida de manera sencilla, con unos vaqueros claros y una camisa blanca. Lleva el pelo recogido y unas gafas de sol sujetas sobre la cabeza. Si no supiera quién es, parecería una turista más paseando por Rupit.
Miro alrededor por puro instinto. La plaza está llena de vecinos. Una pareja mayor sale de la panadería, dos niños cruzan corriendo detrás de un balón y la señora Mercè charla con otra mujer a pocos metros de nosotras.
No puedo quedarme aquí. Como alguien me vea hablando con una desconocida, tardarán menos de una hora en contárselo a mis padres.
Intento seguir caminando.
—Solo necesito cinco minutos —dice con calma.
Me detengo sin querer. No porque quiera escucharla. Sino porque ha pronunciado mi nombre con una naturalidad que me descoloca.
—No creo que tengamos nada que decirnos.
—Probablemente no.
Asiente despacio.
—Pero sí hay cosas que tú deberías saber.
Aprieto con fuerza las asas de la bolsa.
—No quiero escuchar ninguna explicación de Adrien.
—No he venido a darte la suya.
La miro por primera vez con atención. No parece enfadada. Ni siquiera triste. Solo... cansada.
—He venido a darte la mía.
Frunzo el ceño.
—¿La tuya?
—Sí.
Hace una pequeña pausa antes de continuar.
—Porque creo que, sin quererlo, también he formado parte del daño que te ha hecho.
No entiendo nada.
—No sé qué pretendes...
—Nada.
Me interrumpe con suavidad.
—No he venido a convencerte de que vuelvas con él. Ni siquiera si deberías hacerlo. Eso solo puedes decidirlo tú.
Respiro hondo.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Camille baja la mirada un instante.
—Porque hace unos días vi la cara con la que Adrien volvió a casa. La forma en que pronunciaba tu nombre. Y entendí que estaba viviendo exactamente lo mismo que yo viví cuando dejó de mirarme como antes.
Levanto la vista hacia ella.
—Adrien terminó nuestra relación el día antes de besarte por primera vez.
Las palabras me golpean de lleno.
—¿Qué...?
—No sabía quién eras. No conocía tu nombre. No sabía dónde vivías. Solo sabía que había conocido a alguien que le había hecho sentir cosas que ya no sentía conmigo. Y fue sincero. Podría haber esperado meses. Podría haber seguido conmigo mientras intentaba aclararse. Pero no lo hizo. Prefirió romper conmigo antes de empezar algo contigo.
El silencio cae entre las dos.
—¿Y tú... lo aceptaste?
Camille sonríe con una tristeza serena.
—¿Qué otra cosa podía hacer? No puedes obligar a alguien a seguir queriéndote.
Me quedo mirándola sin saber qué decir. Todo lo que creía tener claro hace apenas unos minutos vuelve a desordenarse dentro de mi cabeza.
—¿Por qué me estás contando todo esto?
Camille tarda unos segundos en responder.
—Porque sé lo que se siente cuando alguien toma una decisión por ti.
Frunzo el ceño. Ella suspira antes de continuar.
—Adrien decidió ocultarte quién era. Y al hacerlo, también decidió por ti cuándo debías conocer esa parte de su vida. Se equivocó.
Asiente despacio, como si no le costara admitirlo.
—Muchísimo.
Bajo la mirada hacia las bolsas que llevo en las manos.
Editado: 13.08.2026