Luna
Me despierto antes de que el pitido de la alarma llegue a rasgar el silencio. Durante unos segundos, el mundo carece de coordenadas y no sé exactamente en qué lugar del mapa me encuentro. Tan solo percibo el calor sutil de un cuerpo apoyado a mi espalda, un brazo fuerte que me sujeta la cintura con firmeza protectora y el compás acompasado de una respiración muy cerca de mi nuca. Entonces, los párpados se abren y la memoria encaja de golpe todas las piezas.
Adrien.
La noche anterior.
La discusión con mi padre.
El nudo en el estómago por el miedo de volver a casa.
Y, después de todo aquello, él.
Una sonrisa se me escapa sin que pueda evitarlo. Me giro con extremo cuidado, despacio, para no romper el hechizo, y lo encuentro sumido en un sueño profundo, con el pelo alborotado sobre la almohada y una expresión apacible, libre de las sombras que suelen surcar su rostro cuando está despierto. Me quedo contemplándolo durante unos instantes, tratando de grabar cada detalle en mi memoria como si fuera una fotografía que temo perder.
No quiero moverme de aquí.
Pero tengo clases.
Y exámenes finales esperando.
Y, llego a casa demasiado tarde, la paciencia de mi padre se agotará y el ambiente se pondrá todavía más tenso.
Con sumo cuidado, retiro su brazo de mi cintura y me incorporo sobre el colchón. Adrien se estremece levemente, buscando el calor, pero no llega a despertar. Recojo mi ropa del suelo y me visto en absoluto silencio antes de dar un paso atrás y acercarme de nuevo al borde de la cama.
Dudo un segundo sobre si debo marcharme sin más o dejar un aviso. Al final, me inclino con suavidad y le dejo un beso tibio en la mejilla.
—Buenos días —murmura él con voz ronca, sin abrir los ojos.
Me quedo inmóvil, sorprendida.
—Pensaba que estabas dormido.
—Lo estaba.
Sonrío, sintiendo un vuelco en el pecho.
—Tengo que irme.
Él abre los ojos con lentitud, parpadeando para despejarse, y me clava la mirada.
—¿Ya?
—Tengo clase, y exámenes.
—Odio los exámenes.
—Yo también.
Doy un paso para acercarme un poco más, pero sus dedos se cierran con firmeza alrededor de mi muñeca antes de que pueda apartarme.
—Escríbeme en cuanto llegues.
—Lo haré.
—Y suerte.
—Gracias.
Me inclino una vez más para dejarle un beso corto y tierno en los labios.
—Intenta dormir un poco más.
—Lo intentaré.
Salgo de su piso cargando en el pecho con una sonrisa terca que soy incapaz de borrar en todo el camino de vuelta.
Al cruzar la puerta de casa, mis pisadas se vuelven felinas; intento hacer el menor ruido posible para no despertar a mis padres. Subo directamente a mi cuarto, dejo caer la mochila sobre la silla del escritorio y me cambio de ropa con rapidez. Todavía dispongo de unos minutos antes de salir hacia el instituto, así que me recojo el pelo en una coleta alta, reviso los apuntes por si acaso y compruebo una y otra vez que no me dejo nada indispensable.
Estoy a punto de cerrar la cremallera de la mochila cuando una voz corta el aire desde la planta de abajo.
—Luna.
Me congelo en el sitio, con los dedos aún aferrados al asa.
—Sí.
—Ven un momento.
Respiro hondo, llenando los pulmones de aire antes de dar la vuelta y salir de la habitación. Mi padre me espera en el centro del salón. Afortunadamente, no muestra los mismos restos de ira que ayer, ni parece dispuesto a entablar otra guerra abierta; se limita a mirarme con esa seriedad pétrea que, de un tiempo a esta parte, se ha instalado como la única norma en nuestra convivencia.
—¿Qué pasa? —pregunto con cautela.
—Quiero hablar contigo antes de que te vayas al instituto.
Asiento despacio, quedándome de pie a una distancia prudencial frente a él.
—No tengo intención de discutir contigo otra vez por lo mismo —comienza diciendo, con tono medido—. Pero necesito que entiendas una cosa de una vez por todas.
Bajo ligeramente la barbilla, esquivando su intensidad.
—¿El qué?
—Si no se te quita de la cabeza esa tontería de París, vete despidiendo de la excursión a Mallorca.
Levanto la cabeza de golpe, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Mallorca?
—Eso he dicho.
—Pero...
—Luna, ya te lo he advertido con claridad. No voy a permitir que sigas tomando decisiones precipitadas como si tuvieras absoluta libertad para hacer lo que te plazca sin medir las consecuencias.
Los dedos se me crispan, apretando con fuerza la correa de la mochila.
—No es ninguna tontería.
Su mandíbula se tensa y su expresión se endurece todavía más.
—Para mí sí lo es.
Ardo en deseos de replicarle. De gritarle que no entiende absolutamente nada, que París representa algo inmenso para mí, que mis intenciones son limpias. Pero la amarga experiencia me dice que las palabras caerán en saco roto.
—Está bien —contesto con un hilo de voz.
—¿Está bien qué?
—Que te he entendido.
Mi padre me sostiene la mirada durante unos segundos interminables, evaluándome.
—Bien.
No añade nada más. Yo tampoco. Doy media vuelta sobre mis talones y regreso a la habitación solo para coger la mochila que había dejado preparada. Al cruzar de nuevo la puerta de la calle, siento un bloque de hielo instalado en la boca del estómago.
Mallorca.
Hasta hace escasos minutos, ese viaje era mi tabla de salvación, la ilusión que me mantenía a flote. Ahora, en cambio, ni siquiera sé si podré subirme a ese autobús.
El instituto es un hervidero caótico de nervios ante la inminencia de los exámenes finales. Los pasillos están abarrotados de corrillos improvisados, grupos de alumnos repasando esquemas a toda prisa y profesores que deambulan como fantasmas impacientes preguntando por trabajos que nadie recuerda haber tenido que entregar.
Me esfuerzo por concentrarme. De verdad que lo intento con todas mis fuerzas. Pero las palabras de mi padre siguen rebotando una y otra vez dentro de mi cabeza, como un eco molesto.
Editado: 13.08.2026