Hasta tocar el cielo

Veintiséis

Luna

Alba lleva una hora intentando esculpir un peinado imposible sobre mi cabeza y, aun así, asegura con total seriedad que mi pelo sigue sin estar a la altura de la ocasión.

—Quédate quieta de una vez —me ordena, interrumpiendo mis pensamientos mientras trata de acomodar un mechón rebelde detrás de mi oreja con pinzas y horquillas.

—Si ya estoy quieta.

—No, te estás moviendo todo el rato.

—Porque me estás arrancando media melena con cada tirón.

—Pues porque no paras de agitarte.

La observo a través del reflejo del espejo y no puedo evitar soltar una risa que disipa un poco la tensión acumulada. Alba me fulmina con la mirada, fingiendo enfado, antes de volver a concentrarse en la tarea con aire profesional.

Su habitación es ahora mismo el retrato fiel del caos absoluto. Hay prendas de ropa esparcidas por toda la superficie de la cama, botes de maquillaje destapados sobre la madera del escritorio, dos pares de zapatos tirados en el suelo y una plancha para el pelo que lleva enchufada y al rojo vivo demasiado tiempo. Sobre la silla descansan mi bolso de mano y, colgado con delicadeza junto a él, el vestido que he escogido para el gran día

Me vuelvo a mirar en el espejo.

Por primera vez desde que crucé la puerta de mi casa esta misma mañana, noto cómo los pulmones se me expanden y consigo dar una bocanada de aire real.

Hoy nos graduamos.

Debería tener la mente centrada única y exclusivamente en eso. En que hemos logrado cruzar la meta de estos años de instituto. En que, a partir de este preciso instante, por fin somos libres de trazar nuestro propio mapa y decidir qué queremos hacer con nuestras vidas. O eso debería pensar, eso es justo lo que debería pasar. Pero al final, solo será un día más, el día en que mis amigos pueden decidir su camino pero yo seguiré anclada a este pueblo.

Mi cabeza es un bumerán que siempre regresa al mismo punto.

A la bronca con mi padre.

A París.

A Mallorca.

A todas esas incógnitas que amenazan con dinamitar mis planes antes siquiera de empezar.

—Estás pensando demasiado otra vez —señala Alba de repente, sin dejar de cepillar.

—¿Cómo adivinas siempre lo que pasa por mi cabeza?

—Porque llevas cinco minutos clavada mirando tu propio reflejo con los ojos perdidos en el vacío.

Aparto la vista, incómoda.

—No me pasa nada, estoy bien.

Alba deja el cepillo sobre la mesa auxiliar con un suspiro, se gira y se sienta en el borde del colchón, justo a mi lado.

—Luna.

Me vuelvo hacia ella, encontrándome con sus ojos fijos en mí.

—¿Qué?

—Sé perfectamente que en tu casa se cuece algo grave.

Mi cuerpo se contrae por instinto.

—Te aseguro que no pasa nada.

—Sí que pasa, y lo sabes.

—Alba, por favor...

—Mira, no te voy a obligar a contarme detalles si no te apetece, pero no intentes convencerme de que aquí no ocurre nada.

Me quedo en silencio, con los labios sellados, sintiendo el peso de la mirada de mi amiga. Ella baja la barbilla y empieza a juguetear nerviosa con los dedos de sus manos.

—Escuché a mi madre hablando por teléfono con la tuya —suelta en un susurro.

El corazón da un vuelco violento en mi pecho.

—¿Cuándo?

—Hace un par de semanas.

—¿Y qué...?

—Hablaban de ti —continúa con cautela—. Y tu madre...

Se detiene un segundo, tragando saliva.

—¿Qué decía?

Alba toma aire profundamente antes de atreverse a mirarme.

—Tu madre le decía que no lograba entender cómo podías ser tan ingrata como para querer marcharte. Que después de todo lo que se había sacrificado por ti, ahora le pagabas con el abandono. Que le aterraba pensar qué iba a ser de su vida el día que te largaras.

Bajo la mirada hacia mis propias manos, sintiendo un calor amargo en las mejillas.

—Siempre recurre a lo mismo.

—¿Siempre?

Asiento despacio.

—Cada vez que asoma la posibilidad de estudiar fuera. Cada vez que menciono la idea de alquilar un piso sola. Incluso cuando simplemente sugiero la idea de pasar un fin de semana fuera de casa.

—¿Y qué te responde exactamente?

—Que ella me necesita para respirar —la voz se me quiebra y sale casi como un hilo de aire—. Que no tiene ni idea de quién va a estar pendiente de sus cosas si yo no estoy. Que soy su único bastón de confianza. Que es incapaz de imaginarse un solo día de su vida sin mí al lado.

Alba me mira con una mezcla profunda de dolor y rabia contenida.

—Eso no es justo, Luna. Es manipulación pura.

—Ya lo sé.

—No parece que te lo creas de verdad.

Dibujo una sonrisa triste, carente de humor.

—Porque cuando llevas toda la existencia oyendo la misma cantinela, terminas por asumir que, a lo mejor, tiene razón y eres tú la egoísta.

El silencio vuelve a instalarse en la habitación de forma densa.

—A veces me asalta el pensamiento de que si me voy a París estoy cometiendo una crueldad —confieso al fin, abriendo mi canal más hondo—. Como si estuviera eligiendo mi propio camino a sabiendas de que ella se queda atrás hundiéndose.

—Pero tú también tienes derecho a construir tu propio futuro, a tener tu propia vida.

—Lo sé, lógicamente.

—¿De verdad lo sabes?

La miro fijamente, incapaz de articular una sola respuesta que suene convincente.

—Quiero irme de aquí —digo de pronto, dejando escapar el anhelo de golpe—. Con todas mis fuerzas.

Las palabras fluyen ahora sin freno, rompiendo los diques que llevaba meses levantando.

—Quiero estudiar allí, perderme en sus calles. Quiero saber qué se siente al vivir sola, al despertar una mañana y comprobar que nadie va a vetar mis decisiones. Quiero la certeza de que mi vida me pertenece, aunque sea solo un poco.

Alba alarga el brazo y me coge de la mano con fuerza, brindándome un anclaje firme.

—Entonces no estás exigiendo nada disparatado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.