Hasta tocar el cielo

Veintiocho

Luna

El piso de Adrien no se parece exactamente a lo que había imaginado.

Quizá porque durante las últimas semanas me he acostumbrado a construirlo en mi cabeza. Pensaba en cómo sería su habitación, en dónde dejaría las cosas, en qué aspecto tendría el lugar al que volvía después de tantos meses lejos de París. Ahora estoy aquí, dentro de esa parte de su vida que hasta hace unas horas solo existía en mi imaginación, y la realidad resulta mucho más sencilla de lo que esperaba.

Dejo la maleta junto a la entrada mientras Adrien cierra la puerta detrás de nosotros.

Durante unos segundos me quedo quieta, observándolo todo.

Hay libros apilados sobre una mesa baja, algunas fotografías enmarcadas, un par de discos junto al equipo de música y una chaqueta abandonada sobre el respaldo del sofá. Nada parece colocado para impresionar a nadie. De hecho, hay algo casi reconfortante en el desorden.

Es suyo.

Y quizá por eso me gusta tanto.

—Hace semanas que no estaba aquí —dice Adrien mientras deja las llaves sobre un mueble.

Lo miro.

—¿Te resulta raro volver?

Se encoge ligeramente de hombros.

—Un poco.

No hace falta que diga más. Sé que marcharse de París no fue una decisión sencilla para él. Necesitaba alejarse durante un tiempo, desaparecer un poco de todo lo que había dejado de soportar, y Vic terminó convirtiéndose en ese lugar donde podía respirar sin sentir que todo el mundo estaba pendiente de sus movimientos.

Ahora vuelve.

Y no solo vuelve a París.

Vuelve a su vida.

Me acerco hasta una de las fotografías que hay sobre una estantería. La observo unos segundos antes de sonreír.

Adrien se acerca por detrás.

—Me gusta.

—¿La foto o el piso?

Me giro hacia él.

—Las dos cosas.

Sonríe.

—Entonces supongo que no ha sido tan mala idea que hayas venido.

—¿Supones?

—Todavía estoy evaluándolo.

Le doy un pequeño empujón en el brazo.

—Idiota.

Se ríe y me rodea la cintura por detrás. Durante un instante nos quedamos así, simplemente mirando el salón. Me gusta estar aquí. No solo porque sea París. Porque es una parte de Adrien que todavía no conocía. Una parte que no pertenece a los focos, ni a las entrevistas, ni a las fotografías que aparecen en revistas.

Esta es su casa.

Su espacio.

El lugar al que vuelve cuando nadie está mirando.

Y ahora estoy dentro.

—Tengo que hacer algunas cosas antes de esta noche —dice finalmente.

Me giro entre sus brazos.

—¿Con Émile?

Asiente.

—Tenemos una reunión. Hay un par de temas de trabajo que tengo que solucionar ahora que he vuelto.

—¿Cosas de actor?

—Entre otras.

Asiento.

Sé que su vuelta no es simplemente unas vacaciones. Tiene trabajo pendiente, compromisos que no puede seguir aplazando y una reunión con Émile que, por cómo lo menciona, probablemente sea bastante más larga de lo que le gustaría.

—Entonces ve —digo.

Me mira.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo me voy a dar una vuelta.

Su expresión cambia inmediatamente.

—¿Una vuelta por dónde?

Sonrío.

—Por París.

—Luna...

—No voy a perderme.

—Eso no lo sabes.

—Tú tampoco lo sabes.

Me mira con esa mezcla de preocupación y resignación que últimamente empiezo a reconocer demasiado bien.

—No me gusta la idea.

—Ya.

—Nada.

—También lo sé.

Se separa de mí y se pasa una mano por el pelo.

—No es por controlarte.

—Ya sé que no.

—Es que acabas de llegar. No conoces la ciudad y yo voy a estar ocupado durante varias horas.

—Precisamente por eso quiero aprovechar.

Me acerco a la ventana y miro hacia fuera. París se extiende delante de mí. La ciudad que tantas veces he imaginado. La que durante años parecía estar demasiado lejos, y ahora está ahí. Al otro lado del cristal.

—Quiero caminar —digo—. Quiero verlo todo.

Adrien se acerca hasta quedarse a mi lado.

—¿Sola?

Asiento.

—Sola.

Me mira durante unos segundos.

—No me hace ninguna gracia.

—Lo sé.

—Podrías esperar a que termine.

—Podría.

Lo miro.

—Pero entonces me pasaré toda la tarde esperando.

—No sería tan terrible.

—Para ti quizá no.

Sonríe.

—Eres imposible.

—Y tú estás demasiado acostumbrado a que todo el mundo haga lo que dices.

—Eso no es verdad.

—¿No?

—No contigo.

La forma en la que lo dice consigue que sonría. Se queda callado unos segundos y finalmente suspira.

—Vale.

—¿Vale?

—Puedes ir.

—¿De verdad?

—Sí.

Me señala con un dedo.

—Pero me escribes.

—Sí.

—Y me dices dónde estás.

—Sí.

—Y si necesitas cualquier cosa, me llamas.

—Adrien...

—Luna.

Lo miro.

—Voy a tener cuidado.

Su expresión se suaviza.

—Eso es lo único que quiero.

Me acerco y rodeo su cuello con los brazos.

—Volveré.

—Eso espero.

—Y te escribiré.

—Cada poco.

Sonrío.

—Cada poco.

Me pongo de puntillas y lo beso.

Es un beso breve, pero cuando me separo él me retiene un segundo más por la cintura.

—No tardes demasiado.

—¿Me vas a echar de menos?

—Ya te estoy echando de menos.

La sonrisa aparece en mi rostro antes de que pueda evitarlo.

—Entonces será mejor que me vaya.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo sé.

Le doy otro beso rápido y cojo mi bolso.

Antes de abrir la puerta, vuelvo a mirarlo.

Adrien está apoyado contra el mueble, observándome con una sonrisa que no consigue ocultar del todo su preocupación.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirándome raro.

—Solo estoy pensando que quizá dejar que recorras la ciudad entera sola no ha sido mi mejor decisión.

—Demasiado tarde.




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