Hasta tocar el cielo

Veintinueve

Adrien

Me despierto antes que ella. Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy. Después siento su respiración tranquila a mi lado y todo vuelve de golpe: París, Luna, mi piso.

Giro la cabeza y la miro. Está dormida de lado, con el pelo desordenado sobre la almohada y una de las manos escondida debajo de la mejilla. Tiene una expresión tranquila que rara vez consigo ver cuando está en casa. Sonrío. Ayer apareció en París sin avisarme; todavía no termino de creerlo. He pasado semanas pensando en volver aquí, en hacer mi trabajo y regresar cuanto antes. Ahora ella está en mi cama y, por primera vez desde que llegué, no tengo ninguna prisa por marcharme.

Me acerco un poco y aparto con cuidado un mechón de su cara. Luna se mueve.

—Mmm...

—Buenos días.

Abre los ojos despacio. Durante unos segundos me mira sin decir nada. Después sonríe.

—Buenos días.

—¿Has dormido bien?

—Mucho.

Se acerca y apoya la cabeza contra mi pecho.

—¿Y tú?

—Ahora sí.

La estrecha contra mi y le empiezo a enredar mis dedos en su pelo.

—Tenemos que irnos.

—¿Adónde?

—Es una sorpresa.

—No me gustan tus sorpresas.

—Mentira.

—Depende de la sorpresa.

Me río y aparto un mechón de pelo de su cara.

—Venga.

—Adrien...

—Confía en mí.

Me mira unos segundos, todavía medio dormida, hasta que finalmente suspira y se incorpora.

—Como esto sea levantarse temprano para ver una iglesia...

—No es una iglesia.

—¿Un museo?

—Tampoco.

—¿Entonces?

—Si sigues preguntando voy a tener que callarte.

Sonríe.

—Eso ha sonado sospechosamente bien.

No le digo dónde vamos. Ni siquiera cuando salimos del coche. Solo espero a que levante la mirada y entonces se queda quieta. Delante de nosotros está el edificio de la Sorbonne Nouvelle.

Luna no dice nada.

Simplemente lo mira.

Sé lo que significa para ella.

He escuchado su nombre tantas veces durante los últimos días que casi siento que conozco esta universidad antes de haberla pisado.

París siempre aparece cuando Luna habla de su futuro.

Su carrera.

Sus planes.

La beca que ha conseguido.

La universidad a la que ha sido aceptada.

Durante mucho tiempo todo eso ha parecido estar al otro lado de una puerta que no sabía si podría abrir.

Y ahora está delante de ella.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunta finalmente.

Sonrío.

—Quería enseñártela.

Vuelve a mirar el edificio.

—¿La Sorbonne Nouvelle?

Asiento.

—Tu universidad.

La forma en la que me mira hace que se me cierre un poco el pecho.

—Adrien...

—Sé que ya estás aceptada. Sé que no necesitas que nadie te convenza.

Hago una pausa.

—Pero quería que la vieras.

Sus ojos vuelven a recorrer la fachada.

—¿Podemos entrar?

—He hablado con ellos.

La sorpresa en su rostro aumenta.

—¿Has hecho todo esto?

—Solo he pedido permiso para enseñártela.

—No tenías que hacerlo.

—Ya lo sé.

Sonrío.

—Quería hacerlo.

Entramos.

Y entonces dejo de hablar.

No porque no tenga nada que decir, sino porque quiero verla.

Luna camina despacio por los pasillos, mirando cada detalle como si intentara memorizarlo. Se detiene frente a los tablones llenos de anuncios, mira hacia las aulas, observa a los estudiantes que pasan a nuestro lado y vuelve la cabeza cada pocos pasos.

Tiene esa expresión que conozco bien.

La misma que pone cuando encuentra algo que realmente le importa.

—Es preciosa —murmura.

—Lo sabía.

Me mira.

—¿Cómo sabías que me iba a gustar?

—Porque llevo días escuchándote hablar de ella.




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