Hasta tocar el cielo

Treinta

Luna

Me despierto de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas y la desorientación absoluta de no saber dónde estoy. La habitación está sumida en una oscuridad densa, y durante unos segundos el pánico se apodera de mí: algo no va bien. Me falta el aire. Intento forzar una respiración pausada, pero es inútil; cuanto más me esfuerzo, más rápido y superficial se vuelve el ritmo.

Me incorporo de un salto, negando con la cabeza, intentando rechazar el miedo que me inunda. No, no, no, repito para mis adentros mientras me llevo una mano al pecho. El hormigueo empieza a recorrer mis manos, una señal inequívoca de lo que viene después. Mi mente se convierte en un torbellino donde se atropellan las imágenes: París, la universidad, la biblioteca, la beca, mis padres... La sola idea de todo eso comprimiéndose en mi realidad hace que el aire se me corte del todo.

Necesito salir, necesito espacio. Me levanto de la cama con torpeza, pero las piernas me tiemblan tanto que me veo obligada a buscar apoyo en la pared para no caer.

—¿Luna?

Me giro. Adrien se ha despertado y me observa con preocupación.

—¿Qué pasa?

Intento contestar, pero mi voz se ha quedado atrapada en ese nudo que tengo en la garganta. Solo puedo negar con la cabeza. Él se levanta inmediatamente, ágil, y se acerca a mí, deteniéndose justo antes de tocarme, como si esperara mi permiso.

—¿Puedo acercarme?

Asiento débilmente. Él se coloca frente a mí, manteniendo una calma que empieza a transmitirme.

—Estoy aquí.

Intento inhalar, pero mis pulmones se resisten.

—Mírame —insiste, con voz firme y serena—. Eso es. No tienes que solucionar nada ahora.

Cierro los ojos, tratando de aferrarme a esa orden.

—Respira conmigo.

Adrien inspira despacio y yo intento imitarlo. La primera vez me cuesta un mundo, pero él no me quita la mirada de encima, anclándome al presente. Una vez, otra... Poco a poco, el oxígeno vuelve a llegar a mis pulmones. Mis manos siguen temblando, pero él no se rinde.

—No puedo... —susurro, sintiéndome derrotada.

—Sí puedes.

—No.

—Ahora mismo no tienes que poder con todo —dice, suavizando el tono—. Solo tienes que respirar.

Lo intento una vez más, y luego otra, hasta que la presión asfixiante de mi pecho comienza a ceder. No se ha ido, pero puedo volver a respirar. Adrien se queda a mi lado en silencio, esperando, hasta que dejo de temblar lo suficiente como para sentarme en el borde de la cama, ocultando el rostro entre las manos, consumida por la vergüenza.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte —responde él al instante.

—Te he despertado.

—Me da igual.

Se sienta a mi lado y el silencio vuelve a reinar, pero esta vez es un silencio paciente. Cuando finalmente levanto la cabeza, sé que estoy lista para poner palabras a este caos.

—No voy a poder estudiar aquí —sentencio con amargura.

Adrien me mira, confundido.

—¿Qué?

—París —trago saliva, sintiendo que las lágrimas vuelven a picar en mis ojos—. La universidad... tengo la beca, Adrien. Sé que puedo entrar, sé que tengo todo lo necesario...

—Entonces...

—Mis padres —lo interrumpo, sintiendo cómo la culpa empieza a aparecer—. No van a dejarme. Mi padre ya me lo ha dicho, no quiere que me vaya. Y mi madre... —hago una pausa larga, derrotada— mi madre siempre consigue que me sienta culpable cuando intento hacer algo que ella no quiere.

Bajo la mirada, sintiéndome pequeña y atrapada.

—No puedo simplemente decirles que me voy. No sé qué pasaría. Y tengo miedo.

—¿De qué? —pregunta él, incisivo.

—De irme.

—¿Aunque sea lo que quieres?

Asiento con un hilo de voz. Me quedo mirando mis manos, recordando lo feliz que me sentía hace solo unas horas.

—Hoy estaba tan feliz —confieso—. Cuando he visto la universidad... —sonrío con amargura— por un momento he pensado que podría ser mi vida. Y luego he recordado que no puedo.

—Sí puedes.

—No sabes eso —le digo con frustración.

—Sí lo sé.

—Mis padres no van a dejarme.

—Entonces tendremos que pensar qué quieres hacer tú.

Nos quedamos en silencio hasta que él toma aire, con una resolución nueva.

—Hay una posibilidad.

—¿Cuál? —levanto la vista, expectante.

—Puedes quedarte conmigo.

Parpadeo, procesando la frase.

—¿Qué?

—Si quieres estudiar aquí, puedes vivir conmigo.

Me quedo helada, sin saber qué decir. Adrien se apresura a añadir, sin dejarme interrumpir:




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