Luna
Volver a Rupit debería hacerme sentir como si estuviera regresando a casa, pero no es así. Desde que bajo del coche tengo la extraña sensación de estar entrando en un lugar que conozco a la perfección y que, al mismo tiempo, me resulta ajeno. Quizá sea porque yo ya no soy la misma. París sigue martilleando mi cabeza: la universidad, la biblioteca, las calles que recorrí sola, la Torre Eiffel iluminada... y, sobre todo, Adrien. No dejo de pensar en aquella conversación en mitad de la noche: Puedes quedarte conmigo.
Cuando llego a casa dejo la maleta junto a la entrada y cierro la puerta con cuidado. El silencio de la casa me resulta extraño después de los últimos días. Después de París. Después de despertar junto a Adrien, caminar por sus calles, entrar en la universidad que podría convertirse en mi futuro y volver a su piso sabiendo que, por primera vez, existe una posibilidad real de que mi vida sea exactamente como yo quiero.
O al menos se parezca.
—¿Luna?
La voz de Bela llega desde el salón.
Me quedo quieta.
—Sí.
Aparece unos segundos después.
—Pensaba que llegabas más tarde.
—Yo también.
Sus ojos bajan hasta mi maleta.
—¿Qué tal Mallorca?
La pregunta me obliga a apartar la mirada.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
No quiero mentirle. Pero tampoco quiero contarle la verdad. No todavía.
Bela me observa durante unos segundos y parece darse cuenta de que hay algo raro en mí, aunque no insiste.
—Mamá está arriba —dice—. Voy a terminar de hablar con ella y me voy.
Asiento.
—Vale.
Cojo la maleta para subirla a mi habitación.
—¿Quieres que te ayude?
—No hace falta.
Subo las escaleras sin mirar atrás. Necesito estar sola. Necesito cerrar la puerta y respirar. Necesito volver a ser yo después de unos días en los que, por primera vez, he sentido que podía serlo sin pedir permiso.
Cuando entro en mi habitación, dejo la maleta junto al armario.
Entonces veo que el cuaderno no está donde lo dejé.
Mi corazón da un vuelco. Lo encuentro sobre el escritorio, abierto.
La nota de Adrien está fuera pero no recuerdo haberla dejado así.
La cojo rápidamente.
—Luna.
Me giro. Bela está en la puerta. No parece enfadada, al menos no todavía.
Su mirada va directamente a la nota que tengo entre los dedos.
—¿Quién es Adrien?
No respondo. Guardo la nota dentro del cuaderno.
—Nadie.
Bela arquea una ceja.
—No parece que un «nadie» te haya dejado su número de teléfono.
—Es un chico que conozco.
—¿Qué chico?
—Bela...
—¿Desde cuándo?
Dejo el cuaderno sobre la mesa.
—No quiero hablar de esto.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
Ella entra en la habitación.
—¿Es por eso por lo que estás tan rara?
—No estoy rara.
—Sí lo estás.
Me cruzo de brazos.
—Estoy cansada.
—He visto el número de teléfono escondido en un cuaderno.
—No estaba escondido.
—Entonces, ¿por qué no me lo habías contado?
La miro. No se lo conté porque no quería, porque sabía que iba a pasar exactamente esto.
—Porque es mi vida.
La frase sale más seca de lo que pretendía. Bela se queda callada un instante.
—¿Cómo se llama?
No contesto.
—Luna.
—Adrien.
El nombre termina escapándose de mis labios.
Bela lo repite mentalmente.
—¿Y desde cuándo conoces a ese Adrien?
—Desde hace un tiempo.
—¿Dónde lo conociste?
—No importa.
—Claro que importa.
—¿Por qué?
—Porque eres mi hermana.
—Y eso no te da derecho a saber absolutamente todo.
Su expresión cambia. No le gusta que le hable así, lo sé porque la conozco.
—¿Es él quien te está metiendo todas esas ideas en la cabeza?
Editado: 13.08.2026