Luna
Apenas duermo. Tras la discusión con Bela, me quedo sentada en el suelo de mi habitación durante horas, con la espalda apoyada contra el borde de la cama y el móvil atenazado entre las manos. La conversación con Adrien sigue abierta en la pantalla:
Luna: Quiero vivir contigo.
Él no ha respondido todavía, seguramente porque está durmiendo, pero no puedo evitar mirar el dispositivo, esperando una señal, hasta que finalmente aparece su nombre.
Adrien: Entonces encontraremos la manera.
Sonrío. No me pregunta si estoy segura, no me exige que haga las maletas en ese instante, ni me hace promesas vacías. Solo dice que encontraremos la manera. Y, por primera vez, eso es suficiente.
A la mañana siguiente, el ritual de hacer la maleta se siente como un acto de liberación. Doblo la ropa despacio, seleccionando solo lo esencial: algunas prendas, mis libros, el neceser, el portátil, la cámara; las cosas que realmente siento mías. Me detengo a observar mi habitación —las paredes, la cama, el escritorio, las fotografías—; todo lo que durante años ha sido mi espacio. Por primera vez, no siento que esté abandonando mi hogar, sino que estoy empezando algo nuevo.
Cuando bajo las escaleras con la maleta, sé que ya lo saben.
No necesito preguntar.
Los cuatro están en el salón.
Mi madre permanece de pie junto a la ventana. Bela está sentada en uno de los sillones, con los brazos cruzados sobre el pecho. Mi padre está junto a la mesa, serio, inmóvil.
Y Marcos está apoyado contra la pared.
Es el único que, cuando me ve aparecer, no mira primero la maleta.
Me mira a mí.
Durante unos segundos nadie dice nada.
El sonido de las ruedas al rozar el suelo parece demasiado fuerte en medio de aquel silencio.
Aprieto el asa con fuerza.
—Entonces es verdad —dice mi madre.
No sé si es una pregunta.
—Sí.
Su mirada baja hasta la maleta.
—Te vas.
Asiento.
—Sí.
Bela aparta la mirada.
Mi padre respira profundamente.
—¿A París?
—Sí.
—¿Con Adrien? —pregunta Bela.
Trago saliva.
—Voy a vivir con él.
El silencio que sigue pesa todavía más. Mi madre niega lentamente con la cabeza.
—No puedo creer que hayas tomado esta decisión.
No respondo, porque ya hemos tenido esta conversación, porque sé lo que piensan, y porque esta vez no he venido a convencerlos. He venido a despedirme.
—No estamos de acuerdo —dice mi padre.
—Lo sé.
—No sabemos nada de ese chico.
—Lo sé.
—Y aun así vas a irte.
—Sí.
Bela me mira.
—¿Y qué esperas que hagamos? ¿Que te digamos que nos parece bien?
Niego con la cabeza.
—No espero eso.
—Entonces, ¿qué?
Miro a los cuatro.
—Nada.
La palabra parece sorprenderlos.
—Solo quería despedirme.
Bela baja la mirada. Mi madre se cruza de brazos.
—Podrías quedarte.
—No quiero.
—Aquí también tienes una vida.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué necesitas irte tan lejos.
Respiro hondo.
—Porque quiero estudiar allí.
—Puedes estudiar aquí.
—Pero quiero hacerlo allí.
—¿Y él?
Cierro los ojos un instante.
—Adrien no es la razón por la que quiero París.
—Pero sí es la razón por la que ahora te vas.
No puedo negarlo. Él forma parte de mi decisión, pero no es toda mi decisión.
—Es una parte de mi vida —digo finalmente—. Pero París ya era una parte de la mía antes de que él apareciera.
Mi madre guarda silencio. Bela parece a punto de responder, pero Marcos se adelanta.
—Déjala.
Todos lo miramos, él se separa de la pared.
—Ya ha tomado la decisión.
Mi padre lo mira con desaprobación.
—No significa que tengamos que aceptarla.
—No he dicho eso.
Marcos me mira otra vez.
—Solo digo que no sirve de nada seguir intentando convencerla ahora.
Editado: 13.08.2026