Hasta tocar el cielo

Epílogo

Luna

Han pasado ya varios meses desde aquella noche en la que hice las maletas, y a veces todavía me cuesta creer que estoy aquí. París se ha convertido en mi rutina; ya no necesito mirar un mapa para llegar a la universidad. Ahora sé exactamente qué cafetería queda más cerca de la biblioteca, qué calles prefiero para caminar cuando necesito despejarme y a qué hora empieza a llenarse demasiado el centro.

Vivo rodeada de libros por todas partes, con apuntes esparcidos sobre la mesa, ropa que todavía no he terminado de guardar y una taza de café que probablemente lleva demasiado tiempo enfriándose. Es mi vida. Nuestra vida. Esa que durante tanto tiempo pensé que nunca podría tener.

Estoy sentada en uno de los bancos de la universidad cuando recibo un mensaje.

—¿Dónde estás? —pregunta Adrien.

Sonrío.

—En la universidad —respondo.

—Eso ya lo sé —dice él al instante.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

—Porque quería saber dónde encontrar a la chica más guapa de París.

Niego con la cabeza, riendo.

—Qué exagerado.

—Te recojo en veinte minutos.

Guardo el móvil y, cuando salgo del campus, él ya está allí, esperándome apoyado contra el coche. En cuanto me ve, una sonrisa ilumina su rostro.

—Hola —dice cuando me acerco y me besa.

—Hola.

—¿Qué tal el día?

—Bien.

—¿Solo bien? —insiste con curiosidad.

—Muy bien.

—Eso me gusta más.

Me abre la puerta y, durante el trayecto, le cuento algunas anécdotas de las clases. Él me escucha con atención, haciendo alguna pregunta de vez en cuando, aunque sé perfectamente que no entiende la mitad de lo que estoy contando. Terminamos caminando juntos por una de mis zonas favoritas hasta que llegamos a nuestro destino: la Torre Eiffel.

—¿Otra vez aquí? —pregunto.

—¿Por qué no? —responde él con una sonrisa.

Nos acercamos a la barandilla. La ciudad se extiende delante de nosotros, vibrante y eterna. Mi París. Me apoyo contra Adrien, sintiendo su calor.

—¿Te acuerdas de la primera vez que me trajiste? —le pregunto.

—Claro que me acuerdo.

—Yo estaba convencida de que aquello iba a ser lo más cerca que estaría de esta ciudad.

Adrien baja la mirada hacia mí, con una expresión cargada de ternura.

—Y ahora vives aquí.

—Sí —sonrío,

—Todavía parece un sueño.

—No lo es.

—Ya lo sé.

Miro las luces de la ciudad y, por un instante, pienso en aquella chica que llegó al aeropuerto sin saber si estaba haciendo lo correcto. Aquella chica que tenía miedo de elegir, de irse, de decepcionar a sus padres, de equivocarse. Me gustaría poder volver atrás y decirle que no pasa nada por tener miedo, que no tiene que esperar a que todo el mundo esté de acuerdo con ella. Me gustaría explicarle que, a veces, elegir tu propia vida significa aceptar que algunas personas no van a entender tus decisiones, y que eso no significa que sean equivocadas.

—¿En qué piensas? —me pregunta Adrien.

—En todo.

—Eso es muy poco concreto —se ríe él.

—En lo mucho que ha cambiado mi vida.

Él me rodea la cintura, estrechándome contra sí.

—¿Te arrepientes? —pregunta, mirándome a los ojos.

—No —niego inmediatamente.

—¿Ni un poquito?

—Ni un poquito. Aunque tuviera que volver a hacerlo todo, volvería a elegir París.

—¿Y a mí? —insiste.

Lo miro durante unos segundos, con todo el amor que me cabe en el pecho.

—A ti también.

—Bien.

—Pero no te emociones —le digo, bromeando.

—Demasiado tarde.

Me río y vuelvo a mirar la ciudad, donde las luces parecen llegar hasta el horizonte. Pienso en todo lo que quería cuando era niña, en todo lo que me dijeron que no podía hacer y en todas las veces que tuve miedo de querer demasiado. Ahora estoy aquí. No porque alguien me haya llevado ni porque alguien haya decidido por mí, sino porque un día tuve el valor de elegir.

Adrien entrelaza sus dedos con los míos.

—¿Sabes qué pienso? —pregunta, mirando hacia la Torre Eiffel.

—¿Qué?

—Que al final lo conseguiste.

—¿El qué?

—Llegar hasta donde querías —me mira, y niego con la cabeza.

—No. Llegué más lejos.

Apoyo la cabeza contra su hombro. Porque quizá ese era el verdadero sueño: no solo París, no solo la universidad, no solo la vida que había imaginado, sino poder mirar hacia atrás y reconocerme en la persona que había tomado aquella decisión. La que había tenido miedo, la que había llorado y dudado, pero también la que, finalmente, había elegido por sí misma.




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