Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 1

Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 1

Septiembre, Londres 2026

Septiembre en Londres siempre llegaba envuelto en una belleza melancólica difícil de ignorar. No era el frío crudo del invierno ni el calor vibrante del verano; era una estación de transición, un suspiro entre dos mundos.

El verano comenzaba a despedirse con elegancia. Las mañanas se volvían más frescas, con un aire húmedo que acariciaba la piel y obligaba a sacar abrigos ligeros y bufandas delgadas que, hasta hace poco, dormían olvidadas en los armarios. El cielo londinense, a ratos gris y a ratos sorprendentemente azul, parecía moverse con una calma reflexiva, como si también se preparara para el cambio.

Los parques, aún verdes, empezaban a teñirse de tonos dorados y rojizos. Las hojas caían lentamente sobre las veredas húmedas, formando un tapiz crujiente bajo los pasos apresurados de los transeúntes. El aroma del café caliente se mezclaba con el de la lluvia reciente, creando esa atmósfera inconfundible que solo Londres sabía ofrecer al inicio del otoño.

A Valeria le encantaba caminar hacia su trabajo en medio de ese escenario. Aunque muchas veces tomaba el metro para no llegar tarde, siempre que podía prefería recorrer las calles a pie. Disfrutaba la frescura del aire, el murmullo constante de la ciudad y esos pequeños detalles que hacían de Londres un lugar distinto cada día de septiembre.

Esa mañana no fue diferente.

Entró al gran edificio de oficinas y tomó el ascensor hasta la planta diez, donde se encontraba la redacción del periódico Página Abierta. Llegó puntual, como de costumbre. Valeria trabajaba allí como escritora y editora, aunque su cargo abarcaba mucho más de lo que decía su contrato.

Además de redactar artículos y columnas, pasaba horas corrigiendo textos de otros periodistas: errores de ortografía, incoherencias, párrafos mal estructurados y notas escritas a última hora. Su trabajo duplicaba al de muchos, pero su jefe rara vez lo reconocía. Aun así, ella cumplía en silencio. Era parte de su rutina: hacerlo bien, sin esperar aplausos.

Apenas dejó su bolso en el escritorio, se dirigió a la sala de reuniones. Todo el personal del periódico había sido citado temprano para un encuentro de último momento.

En el corazón del distrito editorial, la sala de reuniones de Página Abierta estaba impregnada de un aire denso. La calefacción suave combatía el fresco exterior, mientras el olor del café recién hecho, la tinta de los papeles impresos y el zumbido constante de los computadores llenaban el espacio de una familiaridad casi reconfortante.

A través de los amplios ventanales, la calle ofrecía su propio espectáculo. La gente caminaba rápido bajo abrigos ligeros; algunos sostenían paraguas cerrados en la mano, preparados para la lluvia impredecible. Un autobús rojo de dos pisos pasaba lentamente, reflejándose en el vidrio ligeramente empañado por la diferencia de temperatura.

La sala estaba casi llena.
Y nadie parecía dispuesto a irse pronto.

No había sillas suficientes para todos. Algunos se apoyaban contra la pared con tazas de café en la mano; otros sostenían cuadernos sobre las piernas, revisando notas con mirada ausente. Más de uno miraba el celular sin verdadera atención. Afuera, la ciudad continuaba su ritmo incesante: motores, pasos, murmullos en distintos idiomas… completamente ajena a la tensión que comenzaba a formarse dentro de esa habitación.

Valeria Fuentes se sentó junto al equipo de edición, como siempre. Su cuaderno descansaba sobre sus piernas y sus manos, ligeramente frías pese al calor interior, jugaban con el borde de las hojas. Escuchaba el murmullo bajo de sus compañeros, el roce de las sillas al moverse, el leve golpeteo de un lápiz contra la mesa.

Algo estaba por ocurrir.
Y todos lo sabían.

Había cansancio en el ambiente.
Pero también expectativa.

La puerta se abrió de golpe.

Carlos Santivañez, el editor en jefe, entró con paso rápido y seguro. Su reputación lo precedía: carácter difícil, estándares imposibles y una obsesión casi feroz por mantener a Página Abierta entre los periódicos más influyentes de Londres. Tenía favoritos, sí, y tampoco toleraba errores.

Vestía, como siempre, con impecable elegancia. Un traje oscuro perfectamente ajustado, corbata sobria y zapatos brillantes que resonaron suavemente contra el suelo al avanzar. Dejó su portafolio a un costado de la sala y recorrió a todos con la mirada antes de aclararse la garganta.

El murmullo cesó de inmediato.
Algo importante estaba por comenzar.

—Antes de que septiembre se nos vaya y entremos de lleno a octubre —comenzó—, necesitamos ordenar varias cosas.

Su voz era firme, entrenada por años de cierres de edición, crisis editoriales y noches interminables bajo las luces frías de la redacción londinense. Había vivido suficientes temporadas en aquel periódico como para reconocer cuándo un ciclo comenzaba a cerrarse… y otro estaba a punto de abrirse.

Afuera, una ráfaga de viento otoñal sacudió suavemente las hojas de los árboles en la vereda. Algunas se desprendieron y cayeron girando sobre el pavimento húmedo. Septiembre estaba llegando a su fin, y Londres ya se preparaba para el corazón del otoño.

—No todo ha sido malo este año —continuó Carlos—. Hemos tenido buenos números, reportajes sólidos y un crecimiento que no es menor en un escenario tan competitivo como este.

Abrió su laptop y encendió la presentación digital. La luz del proyector iluminó la sala con un resplandor tenue mientras las diapositivas comenzaban a sucederse una tras otra: titulares destacados, cifras al alza, gráficos optimistas, portadas que habían logrado posicionar a Página Abierta entre los periódicos más comentados de la ciudad.

Carlos fue nombrando uno a uno a los periodistas responsables, a los fotógrafos, a los diseñadores que habían dado forma a cada historia. Cada nombre resonaba con un eco de orgullo compartido.




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