Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 2

Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 2

A través del ventanal, las hojas doradas comenzaban a adherirse al pavimento húmedo. Septiembre se despedía lentamente de la ciudad, arrastrando consigo los últimos restos del verano. El otoño londinense se instalaba con su elegancia silenciosa.

—Justamente por eso —continuó Carlos— quiero que seamos los primeros en hablar con él.

Apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose levemente hacia adelante.

—Necesito ideas. Formas reales de contactarlo. Y sí… necesito que nos conceda esa maldita entrevista.

Las miradas se cruzaron con inquietud. Las propuestas comenzaron a surgir, pero ninguna parecía lo suficientemente sólida: cartas formales, intermediarios financieros, contactos indirectos… intentos que otros medios internacionales ya habían probado sin éxito.

Cada sugerencia se desvanecía antes de tomar forma.

La reunión terminó sin respuestas claras. Pero, de una forma extraña, Valeria seguía nerviosa, aunque sin prestar demasiada atención a esas sensaciones que no lograba explicar. Se puso de pie junto al resto de sus compañeros y acomodó su cuaderno contra el pecho.

Buscó a Andrea con la mirada. La vio conversando con algunos colegas cerca de la puerta, así que decidió adelantarse.

Uno a uno, los periodistas comenzaron a salir de la sala. El murmullo regresó lentamente, mezclándose con el sonido de la lluvia que ahora caía con mayor decisión sobre Londres. Un aroma tenue a café recién hecho volvió a sentirse en el aire, como si la rutina retomara su lugar tras la tensión de la reunión.

De vuelta en su escritorio, Valeria se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo de la silla. Encendió el computador mientras acomodaba su cuaderno y su taza aún tibia.

En su cabeza seguían resonando las palabras de Carlos. El nombre no dejaba de girar en su mente, insistente.

Sin poder evitarlo, abrió el buscador y escribió: Vladimir Barislav.

Los resultados fueron escasos. Mejor dicho… no había nada. Datos financieros. Artículos impersonales. Cifras frías que parecían escritas por máquinas y no por personas. Nada que revelara carácter, historia o humanidad.

Las imágenes eran aún más inquietantes: un hombre alto, siempre de espaldas, con trajes oscuros impecables y, en algunas tomas, un sombrero que ocultaba cualquier posibilidad de identificarlo. Ningún rostro. Ninguna emoción. Ninguna prueba real de su existencia más allá de su sombra.

Buscó un par de videos en YouTube. En ellos aparecían algunos periodistas intentando acercarse. Siempre era lo mismo, la figura de un hombre de espaldas avanzando con calma, mientras sus guardaespaldas, educados pero firmes, repetían una y otra vez.

—El señor Barislav no da entrevistas.

Luego, con rapidez y precisión, lo escoltaban hasta un vehículo o un edificio sin permitir más preguntas. Ninguna respuesta. Ninguna declaración. Solo silencio.

Ese misterio comenzó a despertarle una intriga difícil de explicar.

¿Por qué?

Sentía una extraña necesidad de saber más sobre él, de entender quién era realmente ese hombre del que casi no existía información. Pero no lograba explicarse el motivo de aquella curiosidad persistente.

Valeria observó una de las imágenes por unos segundos más.

—Es como si no existiera… —murmuró.

—O como si no quisiera existir —añadió Andrea, apoyada en el respaldo de su silla con un café humeante entre las manos.

Valeria levantó la vista.

La redacción estaba sumida en ese ritmo constante de teclados, llamadas y pasos apurados que nunca desaparecía del todo. Afuera, la llovizna se había transformado en una lluvia suave que humedecía las calles y oscurecía el pavimento.

El otoño londinense se instalaba sin pedir permiso.

—No entiendo por qué Carlos quiere esa entrevista —dijo Valeria, con un hilo de incredulidad en la voz.

—Amiga —respondió Andrea, dándole un sorbo a su café—, la competencia tiene un inédito de Taylor Swift.

Valeria soltó un suspiro largo.

—Ah… cierto.

—¿Lista para Halloween? —preguntó Andrea de pronto.

Valeria alzó una ceja.

—¿Tan pronto? —repitió, esbozando una sonrisa cansada.

Andrea rodó los ojos con dramatismo exagerado.

—Siempre son buenas las fiestas… y tú siempre te las pierdes —dijo, apoyándose mejor en la silla—. Es como una tradición tuya desaparecer justo cuando todos se relajan.

Valeria se encogió de hombros.

—No sé… no me llaman mucho la atención.

—Deberías ir este año —insistió Andrea, con un brillo entusiasta en los ojos—. En serio.

Valeria dudó apenas un segundo.

—Mmm… lo pensaré —respondió, sin demasiada convicción.

Andrea entrecerró los ojos.

—Amiga, llevas cinco años en esta empresa y nunca has ido. Ni una sola vez. Deberías hacerlo aunque sea por mí… así no me dejas sola.

Hizo un pequeño puchero exagerado, lo suficientemente ridículo como para arrancarle una risa a Valeria.

—Los disfraces, la decoración… todo eso a ti sí te motiva —dijo Valeria, señalándola con el lápiz—, aunque no lo quieras admitir.

Andrea levantó las manos en señal de rendición.

Valeria volvió a mirar la pantalla. A esa figura de espaldas que seguía allí, inmóvil, como si observarla demasiado pudiera revelar algo que aún no comprendía. Dio un pequeño suspiro y, casi sin darse cuenta, añadió:

—Quizás iré…

—¿Ves? —sonrió Andrea, triunfante—. No duele tanto decirlo.

Luego su expresión cambió. La alegría se suavizó y su voz bajó un poco.

—Además… te haría bien. Sobre todo después de lo nefasto que te pasó con esa cita con el idiota de Mark.

Valeria apretó los labios.

Mark. El nombre le provocó una incomodidad inmediata.

Él la había cortejado durante meses, insistente y aparentemente paciente. Al final, Valeria había aceptado salir con él, convencida de que tal vez estaba dejando pasar algo. Que quizá solo necesitaba darse una oportunidad.




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