Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 3

Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 3

Septiembre, 2025 — Vitanova

El día estaba frío. El otoño comenzaba a insinuarse en la ciudad, tímido, casi imperceptible, pero a Vladimir Barislav eso no le importaba. Para él, los días no se medían por estaciones. Todos eran iguales. Fríos. Oscuros. Eternos.

Sentado en la cabecera de la mesa de reuniones, en su silla de cuero negro, observaba con atención los documentos que sostenía entre las manos mientras escuchaba la presentación. Su postura era recta, impecable. Nada en él transmitía cansancio ni distracción.

La sala de juntas de Vitanova estaba bañada por una luz tenue, cuidadosamente calculada. No había sol directo entrando por los ventanales de piso a techo, reforzados con vidrio oscuro que filtraba la claridad del exterior sin permitir que esta invadiera el espacio. No había cortinas. Nunca las había habido. Como si el edificio mismo respetara la naturaleza de su dueño.

Afuera, la ciudad se extendía imponente, viva, lejana.

Adentro, el mundo se reducía a cifras.

En la pantalla se proyectaban gráficos firmes, líneas ascendentes, porcentajes en verde que no dejaban lugar a dudas.

—Como pueden ver —dijo uno de los ejecutivos, intentando mantener un tono seguro—, este trimestre superamos las proyecciones en un doce por ciento. Asia y Sudamérica han respondido mejor de lo esperado.

Un murmullo contenido recorrió la mesa. En Vitanova, sorprenderse no era habitual. La excelencia no era un logro, era una obligación. Aun así, los números hablaban con una contundencia imposible de ignorar.

Vladimir Barislav permanecía inmóvil en la cabecera.

Elegante. Impenetrable.

Las manos entrelazadas sobre la superficie de vidrio oscuro, el traje negro perfectamente ajustado, como si hubiera sido hecho para él… o él para el traje. No tomaba notas. No asentía. No interrumpía. Solo observaba. Escuchaba. Evaluaba. Observaba.

—Respecto a la situación en Alemania —continuó el mismo ejecutivo—, la franquicia de Hamburgo presentó una falla en la cadena de distribución que afectó temporalmente la producción.

El silencio se instaló de inmediato en la sala.

—Sin embargo —añadió apresuradamente—, el problema ya fue completamente solucionado. Se cambió al proveedor, se reforzaron los protocolos y no habrá impacto a largo plazo.

Vladimir alzó la mirada.

El gesto fue lento. Medido. Suficiente para tensar el ambiente.

Por primera vez en toda la reunión, habló.

—¿Por qué ocurrió?

La pregunta cayó como un golpe seco.

Varias cabezas se giraron al mismo tiempo. El ejecutivo que estaba exponiendo parpadeó, sorprendido, y tragó saliva con dificultad. Vladimir no solía preguntar. Escuchaba. Decidía. Muy pocas veces, en años de reuniones, había pronunciado más de un par de palabras.

—S-señor… —respondió el ejecutivo, con la voz apenas firme—. Fue una negligencia en los controles internos. Confiamos en informes que no fueron verificados como correspondía.

Vladimir sostuvo su mirada durante un largo segundo.

Sus ojos oscuros no revelaban ira. Pero tampoco indulgencia. Eran profundos. Antiguos. Imposibles de leer.

—Que no vuelva a ocurrir.

No fue una amenaza.
Fue una sentencia.

—No ocurrirá, señor —respondió el ejecutivo de inmediato.

El silencio volvió a apoderarse de la sala.

Entonces, Vladimir se puso de pie.

El movimiento fue simple, pero bastó para que todos se enderezaran en sus asientos.

—Buen trabajo —dijo finalmente—. Los resultados hablan por sí solos.

No sonrió. No alzó la voz.
Pero el reconocimiento, viniendo de él, tenía más peso que cualquier aplauso.

Sin añadir nada más, salió de la sala.
Cuando la puerta se cerró tras él, el ejecutivo se llevó una mano al pecho y exhaló con fuerza. Recién entonces los demás se permitieron respirar. Sabían que aquel año les estaba yendo mejor que muchos otros. Gracias a Vladimir, los sueldos y las bonificaciones eran generosas. Por eso daban más del cien por ciento. Por eso nadie fallaba dos veces.

El sonido de la puerta marcó el final de la reunión.

Vladimir avanzó por los pasillos amplios y silenciosos del edificio central. A su paso, varios trabajadores bajaban la mirada. Nadie lo detenía. Nadie lo llamaba. Rara vez alguien se atrevía siquiera a saludarlo.

Era un hombre serio. Jamás sonreía. Siempre imponente. Elegante. Oscuro. Pero era un jefe justo con sus trabajadores; nunca nadie había hablado mal de él. Cuando alguien tenía un problema, Vladimir se mostraba benevolente con quien realmente lo necesitara y encontraba una solución. En ese aspecto todos le agradecían en la empresa por su generosidad: a más de alguno había ayudado cuando más lo requería.

Cruzó el pasillo principal en silencio hasta llegar a su despacho. Dos puertas anchas de madera oscura se alzaban frente a él como las de una fortaleza. A cada lado, inmóviles como estatuas, estaban sus dos hombres de confianza. Al verlo acercarse, enderezaron aún más la postura. No intercambiaron palabras; no era necesario. Bastó una leve inclinación de cabeza para reconocer su presencia.

Uno de ellos tomó la manilla izquierda, el otro la derecha. Con un movimiento sincronizado y preciso, empujaron las pesadas puertas que se abrieron lentamente, dejando escapar el aroma tenue de madera antigua y cuero. Permanecieron a los lados, firmes, respetuosos, sosteniendo las puertas hasta que Vladimir cruzó el umbral sin detenerse ni mirar atrás. Solo cuando él estuvo dentro, cerraron con suavidad, sellando el espacio tras su jefe como si el mundo exterior quedara al otro lado.

Al cerrarse las puertas detrás de él, Vladimir caminó hasta su escritorio. El espacio era sobrio, dominado por madera oscura, estanterías repletas de libros antiguos y un escritorio que parecía más un altar que un mueble de trabajo.




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