Hasta volver a encontrarte
CAPÍTULO 4
Las horas avanzaban con una lentitud desesperante en las oficinas de Página Abierta. El ambiente estaba cargado de urgencia: teclados golpeando sin descanso, llamadas breves, editores caminando de un lado a otro con papeles en la mano. Todo debía quedar listo ese mismo día. El periódico debía salir a la mañana siguiente con las primicias más relevantes, impecable, sin margen de error.
Valeria llevaba horas frente al computador.
No era periodista. Era escritora. Y aunque muchos de los textos que salían publicados pasaban por sus manos, su nombre no siempre aparecía donde debía. Más bien en ninguno de ellos. Siempre estaba a la sombra.
Había corregido redacciones torpes, reescrito párrafos confusos, dado forma y ritmo a artículos que, sin su intervención, habrían pasado inadvertidos. Ajustaba palabras, afinaba ideas, pensaba frases para que el lector no solo entendiera la noticia, sino que quisiera seguir leyendo. Sin embargo, los elogios solían dirigirse a otros. A quienes firmaban los artículos. A quienes levantaban la voz en las reuniones. Pero a ella, jamás.
Carlos Santivañez, el editor en jefe, rara vez reconocía su trabajo. A veces incluso lo minimizaba, como si el talento de Valeria fuera algo secundario, prescindible. Y aun así, ella seguía ahí. Corrigiendo. Mejorando. Sosteniendo silenciosamente la calidad del diario. Después de todo, necesitaba el trabajo. Tenía cuentas que pagar, una vida que sostener.
La única que realmente valoraba su esfuerzo era Andrea.
Siempre que podía, Andrea incluía su nombre como colaboradora. Insistía. Defendía su aporte. Decía, sin titubeos, delante de sus compañeros e incluso delante de Carlos, que Valeria había hecho un trabajo impecable, muchas veces superior al del resto. A Carlos no le agradaba, pero no le quedaba más remedio que aceptarlo y, a regañadientes, colocar su nombre al pie de la página.
Valeria había llegado a Página Abierta con apenas veintitrés años, reemplazando a una compañera que había enfermado. Su desempeño fue tan evidente que decidieron dejarla de forma permanente. Y allí se quedó.
Cinco años habían pasado desde entonces.
Cinco años de esfuerzo constante.
Cinco años demostrando, una y otra vez, que merecía estar ahí.
Aunque no siempre se lo hicieran sentir, ella sabía lo que valía.
Y sabía que, de algún modo, su lugar estaba entre las palabras.
El reloj marcó las tres de la tarde en punto.
Andrea se estiró en su silla y dejó escapar un suspiro exagerado. Levantó los brazos por encima de la cabeza, el estómago protestándole con un ruido traicionero, y miró a Valeria, que seguía absorta frente a la pantalla, como si el mundo alrededor hubiera dejado de existir.
—Si vuelvo a tomar otro café más, voy a terminar odiando el café para siempre —dijo Andrea, girándose hacia ella—. ¿Salimos?
Valeria levantó la vista lentamente. Sus ojos estaban cansados, irritados por tantas horas frente al computador. Había pasado la mañana revisando documentos, corrigiendo estilos, acomodando textos ajenos para que tuvieran coherencia y fluidez. Para que al público le gustara lo que estaba leyendo.
Se quitó las gafas que usaba para el computador y se frotó el puente de la nariz. Le dolían los ojos. Le dolía la cabeza. Le dolía el cuerpo entero. Se recostó en el respaldo de su silla y se estiró con suavidad, dejando escapar un suspiro largo. Lo necesitaba.
Luego, con una leve sonrisa, asintió.
—Sí… salgamos —respondió tras unos segundos—. Lo necesito demasiado. Además, tengo hambre.
Andrea ya estaba tomando su bolso.
—¿Al mismo de siempre?
Valeria dudó apenas un instante. Sabía que tendrían que caminar varias cuadras y que el tiempo no les sobraba, pero pensó en ese lugar al que hacía tiempo no iban. En el cambio de aire que tanto necesitaba.
—Vamos al Oak & Clover —decidió—. El restaurante de la esquina… el de las mesas de madera.
Andrea sonrió, satisfecha.
—Sabía que dirías eso.
Valeria tomó su abrigo, hacía frío afuera, tomó su bolso y juntas caminaron hasta el elevador.
Al salir del edificio, el aire de septiembre en Londres las envolvió de inmediato. Era ese frío suave y húmedo que anunciaba el comienzo del otoño. Las hojas empezaban a tornarse doradas en algunos árboles, y una brisa ligera arrastraba el olor a lluvia reciente por las calles.
Avanzaron por la vereda a paso lento. La ciudad seguía su ritmo constante: el murmullo de la gente, el sonido lejano de los buses rojos, el cielo gris que parecía no decidirse entre la luz y la lluvia.
Valeria alzó apenas el rostro, dejando que el aire fresco rozara sus mejillas.
Caminaron unos cinco minutos tomadas del brazo, entre risas suaves que contrastaban con el frío de la tarde, hasta llegar al Oak & Clover.
El restaurante las recibió con el sonido delicado de cubiertos chocando suavemente contra la loza y conversaciones en voz baja que creaban una atmósfera cálida, casi íntima. Era un lugar pequeño y acogedor, iluminado por lámparas de luz dorada que caían sobre las mesas de madera oscura. El aroma a pan recién horneado y a salsas especiadas envolvía el ambiente, ofreciendo un refugio perfecto frente al ritmo acelerado del periódico.
Se sentaron junto a la ventana, como solían hacerlo. Desde ahí podían ver la calle húmeda, los transeúntes pasando con prisa y las hojas amarillentas que el viento arrastraba con suavidad.
Ambas sonreían, aliviadas por ese pequeño respiro, cuando el mesero se acercó con los menús. El hambre comenzaba a hacerse notar y la idea de probar la pasta del lugar les devolvió el ánimo.
Pero lo que no imaginaban…
era que en uno de los rincones del restaurante alguien las observaba.
Desde una mesa discreta, apenas iluminada por la sombra de una lámpara colgante, una figura permanecía en silencio. Una taza de café reposaba entre sus manos. No había prisa en sus movimientos. No había gestos innecesarios.