Hasta volver a encontrarte
Capítulo 5
Cuando las chicas salieron, el murmullo contenido del restaurante estalló en susurros.
Varias miradas se clavaron en Mark, ya no con admiración ni respeto, sino con un desprecio abierto, incómodo. Algunos comensales fingían continuar con sus platos, moviendo los cubiertos sin realmente comer. Otros negaban con la cabeza en silencio; algunos murmuraban entre sí, pero sus ojos se desviaban sin disimulo hacia él.
Unos cuantos ni siquiera intentaban aparentar normalidad: hablaban en voz baja, con un desdén apenas velado, observándolo como si de pronto se hubiera convertido en algo desagradable que nadie quería cerca.
La escena había sido demasiado evidente, demasiado incómoda, demasiado desagradable para ignorarla.
Mark permaneció de pie unos segundos, rígido, sintiendo el peso de cada mirada sobre su espalda antes de sentarse nuevamente, como si nada hubiera ocurrido.
En cambio, desde el extremo opuesto del salón, un hombre había presenciado todo en silencio.
Apoyado con tranquilidad en un rincón del restaurante, conversaba con un viejo conocido, pero su atención jamás abandonó la escena. Conocía aquel lugar desde hacía años; había visto cambiar el mobiliario, el menú, incluso a los hijos del dueño crecer entre mesas y platos. Para todos allí, él era parte del paisaje. Un cliente habitual. Uno más de la casa.
No le habría dado mayor importancia a la discusión de no ser por el tono.
La soberbia del sujeto lo incomodó desde el inicio. La forma en que hablaba. Cómo minimizaba a la joven. Cómo su voz se cargaba de desprecio cuando ella se atrevió a poner límites.
Lo peor vino después. Cuando el hombre, ya herido en su orgullo, comenzó a insultarla en voz baja ante su acompañante, utilizando palabras que ninguna mujer merecía oír.
Aquello le tensó la mandíbula. Pero no fue eso lo que lo dejó sin aliento. Fue verla.
Cuando la joven se levantó y pasó junto a él para salir del restaurante, el tiempo pareció ralentizarse. La observó con mayor claridad: la firmeza de su postura, la serenidad forzada en su rostro, esa manera de sostener la cabeza incluso después de una escena así.
Y entonces algo en su pecho se contrajo.
No era sorpresa. Era reconocimiento. Una sensación antigua, precisa. Demasiado conocida.
El hombre frunció apenas el ceño, sin apartar la mirada mientras ella cruzaba la puerta del restaurante.
Habían pasado años. Más de los que podía contar con facilidad.
Aun así, la habría reconocido en cualquier parte.
De forma casi instintiva, llevó la mano al bolsillo interior de su abrigo y sacó el teléfono. Dudó un segundo, como si abrir aquella carpeta significara volver a un tiempo que prefería mantener cerrado.
Finalmente lo hizo.
Entre archivos ordenados con una meticulosidad casi obsesiva, encontró lo que buscaba. Fotografías antiguas. Informes guardados. Recuerdos de una etapa que había creído terminada.
Amplió una de las imágenes. La pantalla iluminó su rostro por un instante. El parecido no dejaba espacio para la duda. Exhaló lentamente, guardando el teléfono otra vez.
Así que había regresado. O quizá pensó con una inquietud inesperada nunca había dejado de estar en el centro de todo.
Sintió cómo el frío le recorrió el cuerpo, ese vacío familiar que desde hacía años ocupaba el lugar donde antes latía la sangre. Se llevó una mano al pecho por pura costumbre. No había pulso que acelerar, y aun así la urgencia lo atravesó como una descarga. Alzó la vista de golpe y corrió hacia la puerta del restaurante, mirando a ambos lados de la calle con desesperación.
Demasiado tarde.
Ella ya se había ido.
No lo pensó más. Pagó lo primero que encontró sobre la mesa, murmuró una disculpa apresurada y salió casi corriendo. Subió a su auto con el corazón golpeándole el pecho.
La había reconocido. No había duda. Años atrás había trabajado para ella, respondiendo a cada una de sus órdenes sin cuestionarlas, observando desde la distancia una vida que no le pertenecía. Nunca imaginó volver a verla así, de improviso, en medio de un restaurante cualquiera de Londres.
Sabía lo que debía hacer. Y sabía a quién debía avisar.
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En Vitanova, Mihail estaba en su oficina, como casi siempre.
El silencio era interrumpido solo por el sonido suave del teclado y el murmullo lejano de la ciudad filtrándose por los ventanales. Respondía correos con meticulosidad, revisaba correspondencia y organizaba la agenda de su señor. A un costado, varias canastas de regalo aguardaban apiladas con cuidado: vinos, frutas exóticas, dulces caros. Atenciones que Vladimir jamás tocaría.
Mihail ya había decidido a quiénes irían destinadas.
Observó el computador con una mezcla de resignación y costumbre. Recordaba perfectamente la llegada de aquellos aparatos al mundo; cómo le parecieron innecesarios, casi absurdos. Aprender no fue fácil. Nada lo era cuando uno había vivido siglos. Pero con el tiempo, incluso la tecnología terminaba cediendo.
Estaba escribiendo un correo cuando la puerta se abrió de golpe.
Mihail dio un respingo involuntario y alzó la vista, sorprendido.
El hombre que entró estaba agitado, el abrigo mal acomodado, los ojos brillantes de una urgencia que no podía ocultar. Su presencia llenó la habitación de inmediato, cargada de una tensión que no pertenecía al mundo cotidiano.
—Perdón la intromisión —dijo, cerrando la puerta tras de sí con cuidado—. Pero no podía esperar.
Mihail se puso de pie de inmediato. El gesto no era solo cortesía: algo en el tono del hombre había encendido una alarma antigua en su interior, un presentimiento que no se había equivocado en siglos.
—¿Qué sucede, Alekséi? —preguntó con gravedad, sosteniéndole la mirada.