Hasta volver a encontrarte

CAPÍTULO 6

Hasta volver a encontrarte

CAPITULO 6

Después de aquel altercado, y cuando Valeria logró calmarse por completo, caminaron hasta un pequeño puesto cercano a su trabajo y terminaron almorzando una ensalada rápida. No era un lugar elegante, pero sí familiar: mesas altas, olor a comida caliente y ese ruido constante que, de alguna manera, ayudaba a silenciar los pensamientos incómodos. Era justo lo que Valeria necesitaba para aquietar el estómago… y el ánimo, después del mal rato vivido con Mark.

Comieron casi en silencio al principio. Luego, poco a poco, Andrea logró arrancarle una sonrisa con algún comentario trivial. Siempre había sido así: espontánea, divertida, capaz de aligerar incluso los momentos más tensos. Comprendía a su amiga sin necesidad de preguntas, sabiendo que lo que Valeria necesitaba era distracción, no insistencia. Y Valeria, en silencio, se lo agradeció. Como si ambas entendieran que no hacía falta hablar de lo ocurrido para saber que ya había quedado atrás.

Después de casi una hora, regresaron juntas al periódico. El ritmo de la tarde volvió a tragárselas sin piedad: correcciones de último minuto, textos que ajustar, titulares que pulir. Valeria se sumergió otra vez en su mundo de palabras, concentrada en dejar cada frase en su lugar, como siempre.

A las ocho en punto, la redacción comenzó a vaciarse. Las luces se apagaban de a poco y las despedidas se repetían con voces cansadas. Andrea pasó por su escritorio, le dio un beso en la mejilla y un abrazo sincero.

—Escríbeme cuando llegues —le dijo con suavidad—. Y, por favor, no te quedes pensando en ese idiota. No vale ni un segundo más de tu vida.

Valeria esbozó una pequeña sonrisa.
—Lo sé. Gracias por hoy.

Andrea tomó su bolso, se despidió con un gesto de mano y desapareció por el pasillo, junto al resto de los últimos periodistas que abandonaban el edificio.

Envió su último escrito del día y, por primera vez en horas, se permitió estirarse en la silla. Sentía el cuerpo rígido, pero una pequeña satisfacción la recorrió al cerrar ese archivo final. Guardó sus cosas con el gesto automático de la costumbre, apagó el computador y guardó las gafas dentro del bolso.

Necesitaba llegar a casa. Descansar.

Bajó en el ascensor y salió a la calle, donde la noche londinense ya se había instalado por completo. El aire de septiembre era frío, pero agradable; ese frío suave que anunciaba el cambio de estación sin volverse hostil. Ajustó su abrigo y comenzó a caminar hacia la estación de metro más cercana.

Las veredas estaban húmedas y brillaban bajo la luz amarillenta de los faroles. Algunas personas avanzaban con prisa, otras conversaban en voz baja mientras esperaban el semáforo. Valeria caminó en silencio, dejando que el murmullo lejano de la ciudad la envolviera.

Al llegar a la estación, descendió por las escaleras mecánicas. El sonido del tren acercándose retumbó en los túneles, familiar, casi reconfortante. Pasó su tarjeta, cruzó los torniquetes y esperó en el andén con el bolso colgado del hombro.

El metro llegó pocos minutos después. Subió y encontró un asiento junto a la ventana. El vagón avanzó con ese traqueteo constante que, de algún modo, siempre lograba calmarla. Apoyó la cabeza contra el vidrio frío y observó su reflejo difuso mezclado con la oscuridad del túnel.

Varias estaciones después, descendió y salió nuevamente a la superficie. Su edificio quedaba a solo una cuadra. Caminó despacio, con esa tranquilidad silenciosa de quien por fin se acerca al final del día.

Entró al edificio, saludó al conserje nocturno con una leve sonrisa y se dirigió al ascensor. Piso ocho. El sonido familiar de las puertas al abrirse.

Cuando finalmente abrió la puerta de su departamento, soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo.

Había llegado sana y salva a casa. Cerró con cuidado, pasando uno a uno los seguros que siempre colocaba por precaución. Vivía sola… bueno, no del todo.

No siempre había sido así. Años atrás, ese mismo departamento había tenido otra presencia. Un hombre que llegó con promesas suaves y sonrisas fáciles, ocupando poco a poco los espacios de su vida. Al principio todo fue simple, casi perfecto en apariencia: cenas improvisadas, conversaciones nocturnas y esa sensación tibia de no estar sola al final del día.

Pero la calma duró poco. Demasiado poco.

Con el tiempo, algo empezó a quebrarse de manera silenciosa. No hubo grandes discusiones al principio, sino detalles pequeños que se repetían hasta volverse insoportables. Mentiras innecesarias. Respuestas evasivas. Comentarios que parecían inofensivos, pero que dejaban una marca incómoda.

Nunca logró sentirse realmente valorada a su lado. Nunca se sintió hermosa.

Él tenía una forma sutil de disminuirla: comparaciones disfrazadas de bromas, silencios incómodos cuando ella hablaba de sus sueños, esa costumbre de mirarla sin verla realmente. Y aunque Valeria intentó convencerse de que eran solo momentos, que todo mejoraría con el tiempo, en el fondo sabía que algo no encajaba.

No sentía esa chispa que siempre creyó que debía existir. Esa certeza tranquila de estar con la persona correcta. En cambio, sentía duda. Soledad incluso estando acompañada.

La verdad apareció de golpe, sin sutilezas. Un mensaje descubierto por accidente. Una conversación que no dejaba espacio a interpretaciones. Otra mujer. Mentiras sostenidas durante meses. Cuando lo enfrentó, las explicaciones fueron torpes, defensivas, casi molestas… como si el error hubiese sido de ella por descubrirlo.

Y en ese instante lo comprendió todo.

No solo le había sido infiel. Nunca la había amado como ella merecía.

La ruptura fue breve, casi seca. Sin gritos. Sin escenas dramáticas. Solo una certeza fría instalándose en el pecho: no iba a quedarse donde no la valoraban. No iba a suplicar atención, ni cariño, ni respeto.




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