Hasta volver a ti

Capítulo 1

El atardecer siempre había sido nuestro lugar favorito.

Sentados sobre el viejo muelle de la isla, con los pies balanceándose sobre el agua y el sol escondiéndose poco a poco detrás del horizonte, era donde hablábamos de nuestros sueños, de nuestros miedos y del futuro que tanto imaginábamos.

—Logan... aún no lo sé. Mis padres, mi hermano... mi vida entera está en esta isla.

Respondí sin apartar la vista del mar. Aquel chico con el que había crecido, el mismo del que me había enamorado años atrás, me observaba con una mezcla de ilusión y desesperación.

—Lessa... aquí no nos espera nada. Esta isla nunca nos dará la oportunidad de ser quienes queremos ser. Vámonos a Nueva York. Tú estudias Medicina, yo Arquitectura. Nos graduamos, construimos nuestras carreras y luego regresamos. Quiero una vida contigo, Alessia. Quiero casarme contigo, formar una familia y cumplir todos los sueños que hemos imaginado desde niños.

Escucharlo hablar de nuestro futuro siempre lograba hacerme sonreír. Logan era mi hogar, incluso cuando insistía en abandonar el suyo. Yo también soñaba con una vida a su lado, pero la idea de dejar atrás todo lo que conocía hacía que un nudo se formara en mi garganta.

—Lo pensaré... Te amo. Debo volver a casa.

Me levanté despacio, pero antes de dar un paso, su voz volvió a detenerme.

—Alessia... si tú decides quedarte, yo me iré de todas formas. Siempre has sabido que odio este lugar. Aquí siento que no hay futuro para mí.

Sus palabras dolieron más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Porque, por primera vez, entendí que el día en que Logan se marchara... tendría que elegir entre el lugar que amaba y la persona que más amaba en el mundo.

Esa noche casi no pude dormir. Pasé horas mirando el techo de mi habitación, imaginando cómo sería nuestra vida lejos de la isla. Tenía miedo, mucho miedo, pero también tenía claro algo: si mi futuro estaba junto a Logan, entonces valía la pena dejar atrás todo lo que conocía.

A la mañana siguiente tomé una decisión.

Iba a irme con él.

Dos semanas después, ya no quedaba nada por empacar.

Mi habitación estaba vacía, las despedidas dolían más de lo que había imaginado y el aeropuerto de la isla se convirtió en el escenario de los abrazos más difíciles de mi vida.

Mi mamá no dejó de llorar ni un segundo.

Mi papá me abrazó tan fuerte que por un instante pensé en decirle que me quedaría.

Mi hermano solo sonrió y me dijo:

—Ve a cumplir tus sueños, Ale. La isla siempre estará aquí esperándote.

Respiré hondo, tomé la mano de Logan y subimos al avión.

Mientras la isla se hacía cada vez más pequeña desde la ventanilla, sentí que una parte de mí se quedaba allí.

Pero la otra... viajaba junto al hombre que amaba.

Nueva York era exactamente como la imaginaba.

Inmensa.

Ruidosa.

Llena de personas que caminaban deprisa, como si el tiempo nunca fuera suficiente.

Los edificios parecían tocar el cielo y las luces hacían que la ciudad nunca durmiera.

Yo estaba asustada.

Logan estaba fascinado.

—¿Lo ves, Lessa? —dijo mientras observaba los enormes rascacielos—. Algún día voy a diseñar uno de esos.

Sonreí.

Porque nunca dudé de él.

Nunca dudé de nosotros.

Alquilamos un pequeño apartamento cerca de la universidad. Era viejo, el techo tenía goteras cuando llovía y apenas cabíamos los dos en la cocina, pero era nuestro.

No teníamos lujos.

A veces cenábamos pasta durante toda la semana porque era lo único que podíamos pagar.

Otras veces estudiábamos hasta quedarnos dormidos sobre los apuntes.

Y, aun así...

Nunca había sido tan feliz.

Porque tenía a Logan.

Y, mientras lo tuviera a él, estaba convencida de que podía enfrentar cualquier cosa.

///////////

Los meses comenzaron a correr con una rapidez que, en aquel entonces, me parecía imposible. Antes de darme cuenta, Nueva York había dejado de sentirse como una ciudad extraña para convertirse en nuestro hogar. Ya conocíamos las calles por las que caminábamos cada mañana, la pequeña cafetería donde siempre comprábamos café antes de entrar a la universidad y el banco del parque donde nos sentábamos cuando necesitábamos un respiro entre clases.

Nuestra vida era sencilla.

No teníamos dinero de sobra, ni un apartamento elegante, ni cenas en restaurantes costosos. Teníamos un sofá desgastado, una nevera casi vacía la mayoría de las semanas y demasiados libros ocupando cada rincón de la sala.

Y, aun así, nunca me sentí más rica.

Éramos felices de una forma que solo entienden las personas que están construyendo una vida desde cero.

Las noches se resumían en apuntes desordenados, tazas de café frío y discusiones absurdas sobre quién había olvidado comprar pan o quién había dejado la ropa en la lavadora durante dos días. Después terminábamos riendo como si ninguno de los dos pudiera enfadarse demasiado con el otro.

A veces me sorprendía observándolo mientras dormía sobre el escritorio, con la cabeza apoyada entre planos y dibujos que yo apenas entendía. Siempre pensé que había algo hermoso en la manera en que hablaba de la arquitectura. Sus ojos brillaban cada vez que imaginaba un edificio nuevo, como si pudiera verlo terminado mucho antes de dibujarlo.

Yo lo escuchaba durante horas.

Porque cuando amas a alguien, también aprendes a enamorarte de aquello que hace latir su corazón.

Con el paso del tiempo llego el título por el que tanto se esforzo, las fotografías con toga y birrete, los abrazos llenos de orgullo y las promesas de que todo el esfuerzo había valido la pena.

Recuerdo haber pensado que lo más difícil ya había pasado.

Qué equivocada estaba.

Porque la vida no empezó a cambiarnos cuando terminamos la universidad.

Empezó el día en que Logan cruzó por primera vez las puertas de la empresa donde siempre había soñado trabajar.




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