Hasta volver a ti

Capítulo 3

El reloj marcaba las siete de la mañana cuando crucé las puertas del hospital.

El aroma a café recién hecho se mezclaba con el característico olor a desinfectante que impregnaba cada pasillo. Después de tantos años, aquel lugar había dejado de parecerme frío. Había aprendido a sentirme en casa incluso entre monitores, batas blancas y salas de urgencias.

—Buenos días, doctora.

—Buenos días.

Respondí el saludo sin dejar de revisar las historias clínicas que llevaba entre las manos.

Antes de llegar a mi consultorio, unas voces llamaron mi atención.

Dos enfermeras conversaban animadamente junto al puesto de enfermería.

—¿Ya escuchaste el chisme?

—¿Lo del hotel?

—Sí. Dicen que un empresario de Nueva York compró el terreno de don Ernesto, el que queda frente a la playa.

—¿En serio? Pero si ese terreno llevaba años abandonado.

—Los hijos de don Ernesto se lo llevaron a vivir con ellos hace unos meses. Ya estaba muy mayor para quedarse solo y decidieron vender todo. Al parecer quieren construir un hotel enorme. Dicen que va a cambiar por completo la isla.

—¿Tú te imaginas? Turistas por todas partes.

—Y trabajo para medio mundo.

Sonreí apenas un instante.

La isla siempre había sido un lugar tranquilo, casi olvidado por el resto del mundo. Resultaba extraño imaginarla llena de visitantes.

Aunque, si aquello traía oportunidades para la gente del pueblo, quizá no era una mala idea.

No le di más vueltas al asunto.

Tenía pacientes esperando.

Apenas entré al consultorio, una auxiliar abrió la puerta con evidente preocupación.

—Doctora Alessia, necesitamos que venga a urgencias. Acaba de ingresar un paciente con un posible infarto agudo.

Dejé la carpeta sobre el escritorio y salí de inmediato.

Al cruzar las puertas de urgencias, mi corazón se detuvo por un segundo.

—¿Doña Rosa…?

Su rostro estaba pálido.

La misma mujer que había pasado toda su vida frente al mar o en su casa horneando galletas,

La que conocía cada rincón de la isla mejor que nadie.

La que, cuando yo era apenas una niña, insistía en regalarme un dulce o galletas cada vez que me veía pasar camino al colegio.

—Doctora, está entrando en paro.

Respiré hondo.

No era momento de recordar.

Era momento de actuar.

—Comiencen maniobras. Adrenalina. Preparen el desfibrilador.

El resto del mundo desapareció.

Solo existía el sonido constante del monitor, las instrucciones que iban y venían entre el equipo médico y el cuerpo inmóvil de doña Rosa sobre la camilla.

—Compresiones continuas.

—Adrenalina, un miligramo.

—Cargando a doscientos.

Retrocedí un paso mientras el desfibrilador descargaba la energía sobre su pecho.

Todos dirigimos la mirada al monitor.

Nada.

—Continuamos.

Las compresiones volvieron de inmediato.

El reloj parecía avanzar demasiado rápido, mientras cada segundo se sentía como una eternidad.

—Otra dosis de adrenalina.

—Lista.

—Seguimos.

No podía rendirme.

No con ella.

Doña Rosa había formado parte de mi infancia desde que tenía memoria. Todas las mañanas, antes de ir a la escuela, recorría la playa con mi mochila colgando de un solo hombro. Ella ya estaba despierta, horneando aquellas galletas de mantequilla cuyo aroma podía sentirse desde la otra esquina de la calle.

Siempre salía a la puerta con una sonrisa.

—Ven, pequeña Alessia.

Y, aunque fingía que era un secreto, terminaba regalándome una galleta todavía caliente.

—Pero no le digas a tu mamá o después me regaña porque te malcrío.

Nunca la delaté.

Jamás.

Aquellas pequeñas galletas habían acompañado gran parte de mi infancia.

Y ahora era yo quien luchaba por regalarle unos minutos más de vida.

—Doctora…

La voz de la enfermera me devolvió al presente.

Miré nuevamente el monitor.

La línea seguía siendo completamente recta.

Apreté la mandíbula.

—Una descarga más.

El impacto recorrió su cuerpo.

Esperé.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Nada.

El silencio empezó a llenar la sala poco a poco.

Las manos dejaron de moverse.

Las miradas comenzaron a bajar.

Habíamos hecho todo.

Absolutamente todo.

Respiré profundamente antes de mirar el reloj.

—Hora del fallecimiento… diez cuarenta y siete de la mañana.

Nadie dijo una palabra.

Solo escuché cómo una de las enfermeras colocaba lentamente la sábana blanca sobre su cuerpo.

Me quité los guantes despacio.

Había aprendido que los médicos no podíamos permitirnos llorar en cada pérdida.

Pero nadie nos enseñaba qué hacer cuando el paciente no era solo un paciente.

Cuando detrás de aquella historia clínica había una parte de tu propia historia.

Salí de la sala intentando mantener la compostura.

No fue hasta que las puertas se cerraron detrás de mí que sentí el peso del cansancio caer sobre mis hombros.

El resto del turno transcurrió entre consultas, medicamentos y pacientes que necesitaban algo de mí.

La vida tenía esa extraña costumbre de no detenerse, incluso cuando uno sentía que el mundo acababa de hacerlo.

Al terminar mi jornada, salí por la puerta trasera del hospital con un café entre las manos.

Siempre iba allí cuando necesitaba pensar.

Desde aquella banca podía verse el mar golpeando suavemente contra el muelle.

El mismo mar que me había visto crecer.

El mismo que me había visto regresar ocho años atrás con una maleta, un corazón roto y una vida completamente distinta a la que había imaginado.

Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de mi madre.

Contestó casi de inmediato.

—Hola, hija.

Solo escuchar su voz consiguió aliviar un poco el día.

—¿Cómo están?




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