Hay preguntas que, aunque dejan de pronunciarse, nunca abandonan el lugar donde fueron hechas.
Las de Elian y Eira me acompañaron durante toda la semana.
Las escuchaba mientras recorría los pasillos del hospital, mientras conducía de regreso a casa e incluso cuando intentaba dormir. Eran preguntas inocentes, nacidas de la curiosidad de dos niños que empezaban a descubrir que su familia no era igual a la de la mayoría de sus compañeros.
¿Por qué papá nunca viene a visitarnos?
¿Por qué nunca nos llama?
Habían pasado ocho años desde la última vez que escuché la voz de Logan.
Y, por primera vez desde que regresé a la isla, empecé a preguntarme si el silencio había sido realmente la mejor decisión.
Los días transcurrieron con la rapidez de siempre.
El hospital no entendía de tristezas ni de nostalgias. Cada turno traía nuevos pacientes, nuevas historias y nuevas razones para seguir adelante. Cuando terminaba de trabajar, corría a recoger a Elian y a Eira, ayudaba con las tareas del colegio, preparaba la cena, revisaba uniformes, escuchaba las aventuras del día y, cuando por fin la casa quedaba en silencio, era yo quien ya no encontraba la manera de descansar.
El viernes llegó antes de que pudiera prepararme para él.
El Día de la Familia.
Eira llevaba despierta desde antes de que sonara el despertador.
Entró corriendo a mi habitación y se lanzó sobre la cama.
—¡Mamá, levántate! ¡Vamos a llegar tarde!
Abrí un ojo y miré el reloj sobre la mesa de noche.
Faltaba más de una hora para salir.
—Eira… todavía es muy temprano.
—¡Pero hoy es un día importante!
Sonreí sin poder evitarlo.
Tenía la maravillosa capacidad de convertir cualquier momento en una celebración.
A los pocos segundos apareció Elian en la puerta.
A diferencia de su hermana, permanecía de pie con los brazos cruzados y el uniforme impecablemente acomodado.
—Yo le dije que era muy temprano.
—Porque tú eres un aburrido —respondió Eira sacándole la lengua.
—Y tú haces demasiado escándalo.
Negué con la cabeza mientras me levantaba de la cama.
—Cinco minutos. Los dos abajo, ¿entendido?
—¡Sí, capitana! —gritó Eira antes de salir corriendo.
Elian solo sonrió y caminó detrás de ella.
Media hora después, el aroma del café recién hecho inundaba la cocina.
Mientras terminaba de preparar el desayuno, alguien llamó a la puerta.
No hacía falta preguntar quién era.
—¡Tío Noah! —gritaron los dos al mismo tiempo.
Los escuché correr hasta la entrada.
Noah apenas alcanzó a abrir la puerta cuando ya tenía a dos pequeños abrazados a las piernas.
—Buenos días, terremotos.
—¡Llegaste!
—Claro que llegué. Les prometí que hoy iba a acompañarlos, ¿o no?
Entró a la casa con una bolsa de pan recién horneado bajo el brazo y una sonrisa que parecía contagiar a cualquiera.
—Buenos días, hermana.
—Buenos días.
Se acercó a darme un beso en la frente y dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Lista para el gran evento?
Solté una risa.
—Pregúntame cuando termine.
Noah tomó una taza de café y observó a los niños, que discutían frente al espejo de la sala.
—¿Y ustedes qué hacen?
—Eira dice que tienes que peinarte.
—Porque hoy tienes que parecer un papá de verdad —respondió ella con toda la naturalidad del mundo.
Noah soltó una carcajada.
—¿Ah, sí?
—Sí. Los papás van elegantes.
Elian asintió muy serio.
—Y tú eres lo más parecido a un papá que tenemos.
La sonrisa de Noah se desvaneció apenas un instante.
Sus ojos buscaron los míos.
Los dos recordamos la conversación que habíamos tenido apenas unos días atrás.
Él no dijo nada.
Yo tampoco.
Porque había silencios que solo podían entenderse entre hermanos.
El colegio estaba más lleno de lo habitual.
Desde el parqueadero podían escucharse las risas de los niños corriendo de un lado a otro, los saludos entre padres y el bullicio que siempre acompañaba aquel día.
El Día de la Familia.
Elian caminaba tomado de una de mis manos.
Eira sostenía la otra.
Noah iba unos pasos detrás de nosotros, cargando una mochila que, según él, pesaba más que un saco de cemento.
—¿Qué traen aquí? —preguntó riendo.
—Las pinturas.
—Los colores.
—Las tijeras.
—El refrigerio.
—Y un dinosaurio de juguete —añadió Eira con total naturalidad.
Noah abrió la mochila.
—¿Un dinosaurio?
—Nunca se sabe cuándo puede hacer falta.
Los cuatro reímos.
Durante unos segundos olvidé por completo las preguntas de los últimos días.
Apenas cruzamos la entrada del colegio, varios niños comenzaron a saludar a Elian y a Eira.
—¡Llegaron!
—¡Hola!
—¡Miren, ahí está mi papá! —gritó uno de los pequeños mientras corría hacia un hombre alto que acababa de entrar.
Eira observó la escena apenas un instante.
Después tomó la mano de Noah con fuerza.
—Vamos, papá.
Sentí que el corazón se me detenía.
Noah también.
Sin embargo, no corrigió a la niña.
Solo le sonrió y dejó que lo llevara hasta el salón.
—Buenos días, familia —saludó la profesora con una sonrisa.
—Buenos días.
Los niños entraron al aula tomados de la mano de Noah.
Desde la puerta los escuché hablar con sus compañeros.
—Él es mi papá.
—El mío también.
—Es arquitecto… —dijo Eira con una seguridad que me desarmó por completo.
Noah giró apenas el rostro hacia mí.
No hizo falta decir nada.
Sabía que acababan de inventar una historia.
Y también sabía por qué lo habían hecho.
La profesora esperó a que los niños se alejaran antes de acercarse a mí.
—Doctora Alesia… ¿podemos hablar un momento?
Asentí.
Nos alejamos unos pasos del salón.
Ella tardó unos segundos en encontrar las palabras.