Hasta volver a ti

Capítulo 5

El Día de la Familia terminó mejor de lo que imaginaba.
Elian y Eira no dejaron de hablar durante todo el camino. Los dos intentaban contar al mismo tiempo todo lo que había pasado en el colegio, quién había ganado los juegos, quién había hecho el dibujo más bonito y cómo el tío Noah había sido el mejor construyendo una torre de cartón, aunque él insistiera en que solo había seguido instrucciones.
Noah se defendía como podía mientras los dos se reían a carcajadas desde el asiento trasero.
Por un momento, el peso que había sentido durante los últimos días pareció desaparecer.
Solo por un momento.
Como ya era costumbre, decidimos terminar la tarde en casa de mi madre. Desde que los niños nacieron, los viernes se habían convertido en una tradición: cenábamos todos juntos y, casi siempre, los pequeños terminaban quedándose a dormir allí.
Mi madre nos recibió en la puerta con un abrazo.
—Ya estaba pensando que me habían cambiado por otra abuela.
—Eso nunca —respondió Eira antes de abrazarla.
La casa se llenó rápidamente de voces, risas y conversaciones que se cruzaban unas con otras. Noah contaba una versión exagerada de las actividades del colegio mientras Elian y Eira lo interrumpían cada treinta segundos para corregirlo.
—Eso no pasó así.
—¡Claro que sí!
—¡No, porque tú te caíste!
—¡Fue estrategia!
Mi madre y yo nos miramos al mismo tiempo y terminamos riéndonos.
La cena transcurrió entre anécdotas, bromas y las ocurrencias de los niños. Era una de esas noches sencillas que siempre conseguían hacerme olvidar, aunque fuera por unas horas, todo lo que llevaba dentro.
Cuando terminamos de comer, Noah se levantó de la mesa y les revolvió el cabello a los dos.
—¿Qué dicen si vamos por un helado antes de dormir?
Los ojos de Eira brillaron al instante.
—¡Sí!
—Pero solo si Elian deja de decir que el chocolate es mejor que la vainilla.
—Porque lo es.
—No, no lo es.
—Sí.
—No.
Noah soltó una carcajada.
—Está bien, discutimos el sabor del helado por el camino.
Los tres salieron de la casa en medio de aquella absurda discusión que, probablemente, nunca tendría un ganador.
Esperé a que la puerta se cerrara y comencé a recoger los platos de la mesa.
Mi madre hizo lo mismo.
Durante varios minutos ninguna habló.
Solo se escuchaba el agua caer sobre el lavaplatos y el sonido de la loza acomodándose en los muebles de la cocina.
Fue ella quien rompió el silencio.
—¿Qué pasó hoy?
Seguí secando el mismo plato una y otra vez.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque eres mi hija.
Sonrió apenas, sin dejar de lavar un vaso.
—Y porque llevas toda la tarde fingiendo que estás bien.
No respondí.
Ella cerró la llave del agua, dejó el vaso sobre el escurridor y se giró para mirarme.
No había reproches en sus ojos.
Solo preocupación.
—A-L-E-S-S-I-A…
Pronunció mi nombre despacio, como hacía desde que era niña cada vez que sabía que estaba escondiendo algo.
—¿Qué fue lo que pasó realmente hace ocho años?
Sentí que el aire desaparecía de la cocina.
Durante todo ese tiempo nadie me lo había preguntado.
Todos dieron por hecho que Logan me había engañado.
Todos creyeron que esa era la razón por la que regresé a la isla de un día para otro.
Y yo…
Yo nunca tuve el valor de contar lo que había visto aquella noche.
Guardé silencio durante varios segundos.
Tenía la mirada fija en el plato que seguía secando, aunque ya estaba completamente seco.
No sabía por dónde empezar.
¿Cómo se resumían nueve años de amor en unas cuantas palabras?
¿Cómo explicaba una decisión que ni yo misma había logrado entender del todo después de ocho años?
Respiré hondo
—Era nuestro noveno aniversario —dije sin dejar de mirar el plato que tenía entre las manos—. Los dos sabíamos que ese día iba a ser complicado. Él tenía reuniones en la firma y yo un turno larguísimo en el hospital, así que habíamos decidido no salir. Íbamos a cenar en el apartamento.
Respiré hondo antes de continuar.
—Cuando salí del hospital pasé por el restaurante que más nos gustaba y pedí la cena para llevar. Después crucé a la pastelería y compré un cheesecake. Era su favorito. Pensé que, aunque estuviéramos cansados, al menos tendríamos unas horas para nosotros.
Sonreí con tristeza.
—Cuando iba de camino al apartamento vi una relojería. No tenía pensado comprarle otro regalo, pero entré. Había un reloj exactamente del estilo que siempre usaba Logan. Le pedí al vendedor que grabara una frase en la parte de atrás.
Mi madre me miró en silencio.
—¿Qué decía?
No pude evitar sonreír, aunque sentí cómo se me quebraba la voz.
—“El tiempo nunca podrá con nosotros.”
Las palabras quedaron suspendidas entre las dos.
—Llegué al apartamento antes de las seis. Organicé la mesa, puse la cena, dejé el cheesecake en la nevera para que no se dañara y envolví el reloj otra vez. Pensé que iba a entrar por la puerta con alguna excusa por el retraso y que terminaríamos riéndonos de lo ocupados que estábamos.
Tragué saliva.
—Esperé. Miraba el reloj cada cinco minutos. A las seis y media le escribí. No respondió. A las siete intenté llamarlo. Nada. A las ocho volví a marcar. El teléfono sonó hasta que entró al buzón de voz.
Sentí cómo las manos empezaban a temblarme solo de recordarlo.
—A las nueve ya no podía quedarme sentada inventando excusas por él. Agarré las llaves y conduje hasta la firma.
Todavía recuerdo lo vacío que estaba el edificio.
El sonido del ascensor.
Las luces encendidas en el último piso.
Y después…
Cerré los ojos un instante.
—Lo vi. Había una mujer frente a él. Rubia. Muy bonita. Tenían unos planos abiertos sobre el escritorio y hablaban de un proyecto. No estaban besándose. Ni abrazándose. Ni haciendo nada que demostrara una infidelidad.
Negué lentamente con la cabeza.
—Pero él la miraba…La miraba de una forma que llevaba meses sin mirarme a mí. Se reía con ella como antes se reía conmigo. La escuchaba con una atención que hacía mucho tiempo yo ya no recibía.Y en ese momento sentí que yo sobraba en su vida. No entré.No hice un escándalo.No esperé una explicación.Simplemente me di la vuelta. Volví al apartamento, metí mi ropa en una maleta, tomé el reloj… y me fui.
Mi madre permaneció callada unos segundos. No porque no supiera qué decir, sino porque estaba acomodando cada una de mis palabras.
Al final se acercó despacio, apoyó una mano sobre la mía y habló con una calma que me desarmó.
—Hija… entiendo por qué te fuiste. Creo que cualquier mujer con el corazón tan cansado como el tuyo habría sentido lo mismo.
Sentí que un peso se desprendía de mi pecho.
Pero ella continuó.
—Lo que no entiendo es por qué nunca regresaste cuando supiste que estabas embarazada.
Bajé la mirada.
—Porque pensé que ya era tarde.
—¿Y quién decidió eso?
No respondí.
—¿Logan?
Negué.
—¿Tú?
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—Sí.
Mi madre apretó mi mano con suavidad.
—Entonces llevas ocho años cargando sola con una decisión que también le pertenecía a él.
Y, por primera vez desde que regresé a la isla, no tuve fuerzas para convencerme de que había hecho lo correcto. Porque una cosa era marcharme con el corazón roto… y otra muy distinta haberle quitado la oportunidad de elegir si quería quedarse a reconstruirlo conmigo.
Mi madre permaneció en silencio durante unos segundos. No apartó la mirada de mí en ningún momento, como si estuviera intentando encontrar una respuesta que ni yo misma había podido darme en ocho años. Finalmente se acercó, tomó el paño que seguía estrujando entre mis manos y lo dejó sobre el mesón.
—¿Y nunca pensaste en buscarlo?
Solté una risa amarga y negué con la cabeza.
—Hasta hoy.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Respiré hondo antes de responder.
—Lo llamé.
Noté cómo sus ojos se abrían ligeramente por la sorpresa.
—Salí un momento del colegio después de hablar con la profesora. Necesitaba… no sé, necesitaba escuchar su voz, aunque fuera una sola vez. Su número seguía guardado en mi teléfono. Nunca fui capaz de borrarlo.
Mi madre no dijo nada. Solo esperaba.
—El teléfono sonó varias veces y alguien contestó.
Sentí un nudo en la garganta al recordar aquella voz.
—Era una mujer.
La expresión de mi madre cambió por completo.
—¿Estás segura?
Asentí despacio.
—Completamente. Dijo “¿Aló?” dos veces. Yo… yo no fui capaz de responder. Simplemente colgué.
Volví a bajar la mirada.
—Y en ese momento entendí que ya era demasiado tarde.
Mi madre guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Demasiado tarde para qué?
—Para volver a aparecer en su vida.
Mi voz comenzó a quebrarse.
—Han pasado ocho años, mamá. Ocho años. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Que siguiera viviendo exactamente donde lo dejé? ¿Que todavía me estuviera esperando después de desaparecer sin decir una sola palabra? Lo más lógico es que hubiera seguido adelante, que hubiera conocido a alguien, que hubiera formado una familia… y tiene todo el derecho del mundo a hacerlo.
Sentí cómo las lágrimas volvían a caer.
—No puedo llegar ahora con dos niños de siete años a destruir la vida que seguramente construyó. No sería justo.
Mi madre suspiró con suavidad y negó despacio.
—¿Y quién te dijo que esa mujer era su esposa?
La miré sin entender.
—Alesia, cariño… escuchaste una voz. Solo eso. No preguntaste quién era, no esperaste a que él contestara, no le diste tiempo a nada.
Quise responder, pero ella continuó antes de que pudiera hacerlo.
—¿Te das cuenta de que llevas ocho años haciendo exactamente lo mismo?
Fruncí el ceño.
—¿Cómo así?
—Aquella noche llegaste a una oficina, viste una escena desde lejos y decidiste marcharte sin escuchar una explicación. Hoy escuchaste la voz de una mujer al otro lado del teléfono y, otra vez, decidiste el final de la historia antes de conocerla.
Sentí que el pecho se me encogía.
Nunca lo había visto de esa manera.
Mi madre se acercó un poco más y acarició mi cabello como lo hacía cuando era niña.
—No estoy diciendo que estuvieras equivocada por irte, hija. Estoy diciendo que llevas ocho años respondiendo preguntas que nunca hiciste.
Sus palabras se quedaron suspendidas entre las dos.
Y por primera vez desde que abandoné Nueva York, una idea que jamás había permitido entrar en mi cabeza comenzó a abrirse paso lentamente.
¿Y si durante todo este tiempo había estado huyendo de una verdad que nunca me atreví a conocer?
Mi madre no volvió a hablar enseguida. Se acercó a la estufa, apagó el fuego donde aún reposaba una olla con café y sirvió dos tazas. Me entregó una sin decir nada. El aroma llenó la cocina, pero ni siquiera fui capaz de darle un sorbo.
—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto? —preguntó finalmente.
Negué con la cabeza.
—Que llevas ocho años castigándote por una decisión que tomaste en una sola noche.
Bajé la mirada hacia la taza que sostenía entre las manos.
—Si pudiera volver atrás… haría muchas cosas diferentes.
—No, Alessia.
Levanté la vista.
—No puedes vivir preguntándote qué habrías hecho. La verdadera pregunta es qué vas a hacer ahora.
Sentí que una lágrima resbaló por mi mejilla.
—Nada.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Nada?
—Ya es tarde.
—¿Quién decidió eso?
No respondí.
Porque, aunque quisiera negarlo, la respuesta siempre había sido la misma.
Yo.
Mi madre dejó su taza sobre la mesa y tomó asiento frente a mí.
—Escúchame bien, hija. Hay personas que pasan toda una vida preguntándose qué habría sido de ellas si hubieran tenido una segunda oportunidad. Tú todavía no sabes si la tienes o no, porque ni siquiera has dejado que la vida te responda.
Me quedé callada.
—Lo llamaste una sola vez. Contestó una mujer y decidiste que tenía esposa, hijos y una vida perfecta. ¿No te parece que esa historia se parece demasiado a la que te contaste hace ocho años cuando lo viste en aquella oficina?
Las palabras me golpearon con fuerza.
Era exactamente lo mismo.
Otra vez había llenado los vacíos con suposiciones.
Otra vez había escrito el final sin leer el resto de la historia.
Mi madre estiró la mano y la apoyó sobre la mía.
—No sé qué pasó con Logan durante estos ocho años. No sé si rehízo su vida o si sigue solo. No sé si esa mujer era su esposa, una amiga o simplemente alguien que contestó el teléfono. Pero sí sé una cosa.
La miré en silencio.
—Los errores pesan mucho menos cuando uno tiene el valor de enfrentarlos que cuando decide esconderlos para siempre.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tengo miedo.
Mi voz apenas salió.
—¿De qué?
Respiré profundamente antes de contestar.
—De que me perdone demasiado fácil.
Mi madre frunció el ceño, confundida.
—¿Qué?
Solté una risa triste.
—Porque si me perdona… voy a tener que aceptar que fui yo quien nos robó ocho años.
Y esa idea…
Esa idea dolía mucho más que pensar que él había dejado de amarme.
El silencio volvió a instalarse en la cocina. Afuera se escuchaban las risas de Elian, de Eira y de Noah jugando en el jardín. Cerré los ojos por un instante. Ellos eran lo mejor que me había pasado en la vida, pero también eran el recordatorio constante de una verdad que algún día tendría que enfrentar.
Sin saberlo, el pasado había empezado a buscarme.
Y por primera vez… sentí que ya no podría seguir escondiéndome de él.




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