El lunes siempre había tenido una extraña manera de recordarme que el mundo nunca se detenía.
Sin importar lo que hubiera pasado el fin de semana, cuántas preguntas siguieran rondando mi cabeza o cuántas respuestas aún me faltaran por encontrar, el despertador sonaba a las cinco y media de la mañana con la misma puntualidad de siempre, obligándome a levantarme y continuar.
Después de dejar a Elian y Eira en el colegio, conduje hasta el hospital con la ventana un poco abierta. La brisa salada de la isla se mezclaba con el aroma del café que llevaba en el portavasos, el mismo café que probablemente terminaría frío porque, como casi todos los días, nunca encontraba el momento para terminarlo.
El hospital quedaba a pocas cuadras del mar. No era un edificio grande ni moderno; llevaba tantos años formando parte de la isla que era imposible imaginar aquel lugar sin sus paredes blancas ligeramente desgastadas, el pequeño jardín que las enfermeras cuidaban con tanto esmero o el viejo reloj de la recepción que siempre parecía adelantarse un par de minutos.
Apenas crucé la entrada, el señor Ricardo, el vigilante, levantó la vista del periódico que estaba leyendo.
—Buenos días, doctora Alessia.
Le sonreí mientras acomodaba el bolso sobre mi hombro.
—Buenos días, don Ricardo. ¿Cómo sigue su esposa?
Su expresión cambió al instante. Siempre ocurría lo mismo cuando alguien preguntaba por ella.
—Muchísimo mejor, gracias a Dios. Ya volvió a regañarme porque no riego las matas como se debe.
No pude evitar reír.
—Entonces eso significa que ya está completamente recuperada.
—Eso parece. Ahora el enfermo soy yo.
Negué con la cabeza entre risas y seguí caminando por el pasillo principal, saludando a todo aquel que me encontraba. Después de ocho años trabajando allí, el hospital había dejado de sentirse como un lugar de trabajo. Se parecía mucho más a una segunda casa.
—Doctora, buenos días.
—Buenos días, doctor.
—¿Cómo amanecieron los mellizos?
—Con demasiada energía para ser lunes.
Las enfermeras soltaron una pequeña carcajada antes de volver a sus labores.
Mientras caminaba hacia el consultorio, una voz me detuvo.
—No me diga que otra vez vino solo con café.
Me giré y encontré a Clara, una de las enfermeras de urgencias, cruzada de brazos y observándome con esa expresión de quien ya conoce demasiado bien las costumbres de otra persona.
Levanté el vaso como si fuera una prueba de inocencia.
—El café también alimenta.
Clara arqueó una ceja.
—Eso lleva diciendo desde que llegó al hospital hace ocho años.
Sonreí sin intentar defenderme.
—Prometo desayunar.
Ella soltó una risa.
—Eso mismo viene prometiendo años atrás.
La vi alejarse moviendo la cabeza con resignación mientras yo entraba finalmente al consultorio.
Sobre el escritorio ya descansaban varias historias clínicas perfectamente organizadas. Respiré hondo antes de sentarme.
Todavía no eran las ocho de la mañana.
Y la sala de espera ya estaba llena.
Era una de esas jornadas en las que apenas tendría tiempo para mirar el reloj.
La primera historia clínica pertenecía a Amanda Herrera, nueve años.
Dolor abdominal.
Cerré la carpeta, tomé el estetoscopio y salí a la sala de espera.
—¿Amanda?
Una niña de cabello oscuro levantó la cabeza de inmediato. Estaba abrazando un oso de peluche casi tan grande como ella, mientras su madre le acariciaba la espalda intentando tranquilizarla.
—Pueden pasar.
Amanda caminó despacio hasta el consultorio. Se sentó en la camilla sin soltar al oso ni un segundo, observándome con esa mezcla de curiosidad y miedo que tienen casi todos los niños cuando llegan a un hospital.
Me agaché un poco hasta quedar a su altura.
—Antes de empezar necesito saber algo muy importante.
La niña frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Señalé al peluche.
—¿Cómo se llama él?
Amanda bajó la mirada hacia el oso y sonrió por primera vez.
—Bruno.
Asentí con total seriedad.
—Perfecto. Entonces Bruno va a ayudarme a descubrir qué está pasando.
La madre dejó escapar una pequeña risa.
Era increíble cómo un niño podía cambiar por completo cuando sentía que alguien hablaba su mismo idioma.
Mientras le hacía algunas preguntas, Amanda me contó que el dolor había empezado durante la madrugada. Primero creyó que era porque había comido demasiadas gomitas viendo una película con su mamá, pero con el paso de las horas empezó a dolerle tanto que terminó llorando.
Le pedí permiso antes de revisarla.
Siempre lo hacía.
Los niños entendían mucho más de lo que los adultos imaginaban.
—Voy a tocarte la barriga muy despacito. Si algo duele, me avisas, ¿sí?
Ella asintió.
Comencé el examen mientras le preguntaba cuál era su materia favorita del colegio, si Bruno dormía con ella todas las noches y quién ganaba siempre cuando jugaban a las escondidas en la casa.
Cada respuesta venía acompañada de una sonrisa un poco más grande que la anterior.
Hasta que presioné suavemente el lado inferior derecho del abdomen.
Amanda hizo una mueca.
Ahí estaba.
Me incorporé despacio y miré a su madre.
—Quiero hacerle unos exámenes para descartar una apendicitis. No significa que la tenga, pero prefiero estar completamente segura.
La mujer palideció.
—¿Es grave?
Negué inmediatamente.
—No por ahora. Llegaron rápido, y eso siempre juega a favor. Vamos a revisarla con calma.
La tensión en su rostro disminuyó un poco.
Mientras imprimía las órdenes, Amanda me llamó bajito.
—¿Doctora?
Levanté la vista.
—¿Sí?
—¿Bruno puede entrar conmigo si me hacen los exámenes?
No pude evitar sonreír.
—Creo que Bruno es el asistente más importante que tiene este hospital. Así que sí… puede entrar.
La niña abrazó con fuerza al oso.
—Sabía que él servía para algo.
Solté una risa.
—Y hace muy bien su trabajo.
Las vi salir unos segundos después. Amanda ya no caminaba escondiéndose detrás de su madre. Ahora iba hablando con Bruno, como si acabaran de darle una misión importantísima.
Esperé a que la puerta se cerrara antes de mirar la siguiente historia clínica.
Don Manuel.
Sesenta y ocho años.
“Pescador.”
Sonreí para mí misma antes incluso de llamarlo.
Si había alguien capaz de convertir una consulta médica en una conversación de media hora, era él.
—¿Don Manuel?
No tuve que repetirlo.
La puerta se abrió casi de inmediato y apareció el hombre de siempre, con las botas todavía llenas de arena, una gorra descolorida y esa expresión de quien estaba convencido de que los hospitales eran una pérdida de tiempo.
Entró al consultorio sosteniéndose la mano izquierda con una toalla de cocina que ya estaba completamente empapada de sangre.
Lo miré unos segundos antes de negar con la cabeza.
—Déjeme adivinar… ¿la red otra vez?
Don Manuel soltó una risa ronca.
—No, doctora. Esta vez fue un pez.
Le señalé la silla frente al escritorio.
—Claro… porque ahora resulta que los peces andan con cuchillos.
Él se sentó mientras retiraba la toalla de la mano.
La herida atravesaba parte de la palma. No era la primera vez que lo atendía por algo parecido.
Ni sería la última.
Me puse unos guantes y acerqué la lámpara.
—¿Cuánto tiempo lleva sangrando?
—Unos veinte minutos.
—¿Y por qué esperó tanto para venir?
Se encogió de hombros.
—Porque primero tenía que guardar el pescado.
No pude evitar sonreír.
—Su prioridad definitivamente no es conservar las manos.
Mientras limpiaba la herida, él hizo una mueca.
—Despacio, doctora.
—Ah, ahora sí le duele.
—Es que el agua del mar arde menos.
Le lancé una mirada divertida.
—Eso dice siempre.
Preparé el anestésico y levanté la vista.
—Le va a doler un poquito.
—Usted siempre dice “un poquito” y termina siendo un montón.
—¿Prefiere que no le ponga anestesia?
Don Manuel guardó silencio unos segundos.
—No, mejor sí.
Los dos terminamos riéndonos.
Mientras comenzaba a suturar, el consultorio quedó en silencio. Él observaba con atención cada movimiento de mis manos, como si después de tantos años todavía le sorprendiera la facilidad con la que una aguja podía cerrar lo que unas horas antes parecía imposible.
—¿Y los niños? —preguntó de repente.
Sonreí sin levantar la vista.
—Bien. Cada día más grandes.
—Elian ya debe estar jugando fútbol.
—Y rompiendo todos los zapatos que le compro.
Don Manuel soltó una carcajada.
—Eso hacen los niños.
Continué dando los puntos con cuidado.
—¿Y Eira?
Mi sonrisa cambió sin darme cuenta.
—Ella… ella cree que puede curarlo todo con besos.
Él negó con ternura.
—Entonces salió a la mamá.
Sentí un pequeño nudo en el pecho.
Hacía mucho tiempo que los habitantes de la isla habían dejado de verme solo como la doctora del hospital. Conocían a mis hijos, sabían cuándo cumplían años, preguntaban por ellos cada vez que podían y, de alguna forma, también habían cuidado de nosotros durante todos esos años.
Terminé la sutura y comencé a vendarle la mano.
—Listo.
Don Manuel la observó unos segundos antes de mover lentamente los dedos.
—Quedó como nueva.
—No exactamente. Si quiere que siga así, esta vez sí va a hacerme caso.
Él suspiró exageradamente.
—Ya vienen los regaños.
—Durante una semana no va a pescar.
Abrió los ojos como si acabara de darle la peor noticia de su vida.
—¿Una semana?
—Una semana.
—Doctora…
—No.
—Cinco días.
Negué con la cabeza.
—Siete.
Él intentó insistir una vez más.
—Seis.
—Don Manuel…
El hombre levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien… siete.
Le entregué la fórmula y las indicaciones antes de abrirle la puerta.
Cuando estaba a punto de salir, se giró hacia mí.
—Gracias, doctora.
No era un “gracias” cualquiera.
Era de esos que no se dicen por una venda o unos puntos.
Era el agradecimiento tranquilo de alguien que confiaba plenamente en quien acababa de atenderlo.
Le sonreí.
—Nos vemos en el control… y espero que no antes.
Él señaló la venda con resignación.
—Haré el intento.
Lo vi alejarse por el pasillo mientras la siguiente historia clínica ya descansaba sobre mi escritorio.
Apenas eran las diez y cuarto de la mañana.
Y todavía quedaba casi todo el día por delante.
Respiré hondo antes de abrir la siguiente historia clínica.
Valentina Rojas. Veintiséis años. Veintinueve semanas de gestación.
No hizo falta llamarla dos veces. Apenas pronuncié su nombre, una joven se levantó con dificultad de la silla de la sala de espera. Llevaba una mano apoyada sobre la espalda y la otra abrazando con fuerza su vientre. Detrás de ella caminaba un hombre que no debía pasar de los treinta años. No dejaba de mirarla con preocupación, como si quisiera aliviarle cualquier molestia con solo estar a su lado.
—Pueden pasar los dos.
El hombre respiró aliviado y la ayudó a sentarse.
—Buenos días, doctora.
—Buenos días. Cuéntenme, ¿qué pasó?
Valentina desvió la mirada hacia su esposo antes de responder.
—Desde anoche siento que el bebé casi no se mueve.
Aquella frase bastó para que el ambiente cambiara por completo.
Había preocupaciones que todas las madres compartían, sin importar la edad, el lugar o la experiencia. Esa era una de ellas.
Me acerqué con calma.
—¿Es tu primer embarazo?
Asintió.
—Sí.
Sonreí con suavidad.
—Entonces es normal que cualquier cambio te asuste un poco.
Vi cómo sus ojos comenzaban a humedecerse.
—No quiero que le pase nada.
Negué despacio.
—Y precisamente por eso hiciste lo correcto al venir.
Le pedí que se recostara sobre la camilla mientras preparaba el doppler fetal.
Su esposo permanecía de pie a un lado, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos habían perdido el color.
Unté un poco de gel sobre el abdomen de Valentina y apoyé el transductor.
Durante un segundo solo se escuchó el ruido blanco del aparato.
Después…
Tum… tum… tum… tum…
El pequeño corazón comenzó a sonar con fuerza por todo el consultorio.
Valentina rompió en llanto casi al instante.
Su esposo cerró los ojos y dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde que habían entrado.
No pude evitar sonreír.
Había escuchado aquel sonido cientos de veces.
Y aun así…
Nunca dejaba de emocionarme.
—¿Lo escuchan?
Los dos asintieron sin poder hablar.
Moví ligeramente el aparato.
—Además… alguien acaba de dar una patadita.
Valentina soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Siempre hace eso cuando escucha voces.
—Entonces ya está diciendo que quiere conocer a sus papás.
Los dos rieron.
Retiré el gel con una toalla de papel mientras terminaba de explicarle que todo estaba bien, que probablemente el bebé solo había cambiado de posición y que, aun así, debía seguir pendiente de sus movimientos.
Antes de salir, Valentina tomó mi mano.
—Gracias.
Negué con una sonrisa.
—No me las den a mí. Désenlas a ese pequeño, que decidió despertarse justo a tiempo para tranquilizarnos a todos.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, permanecí unos segundos mirando el consultorio vacío.
Había días en los que la medicina significaba luchar contra la muerte.
Y había otros en los que bastaba escuchar un corazón latiendo para recordar por qué había elegido esa profesión.
No tuve mucho tiempo para perderme en ese pensamiento.
Tres golpes suaves sonaron sobre la puerta.
—Doctora, el siguiente paciente ya puede pasar.
Miré el reloj.
Las once y media.
Todavía faltaba más de medio turno.
Y la sala de espera seguía tan llena como cuando había llegado aquella mañana.
Las siguientes horas transcurrieron con esa rapidez engañosa que solo existía dentro de un hospital.
Había días en los que apenas podía sentarme cinco minutos seguidos. Aquella mañana era uno de ellos.
La siguiente paciente fue una adolescente de quince años que llegó acompañada de su padre porque desde hacía semanas sufría unos dolores de cabeza insoportables. Mientras le hacía preguntas, él respondía antes que ella.
—No ha estado durmiendo bien.
—Casi no come.
—Pasa metida en el celular.
La muchacha rodó los ojos con evidente vergüenza.
No pude evitar sonreír.
—Don Carlos, ¿me permite hablar un momento a solas con su hija?
El hombre dudó unos segundos antes de salir del consultorio.
Apenas la puerta se cerró, la expresión de la joven cambió por completo.
—No son dolores de cabeza, ¿verdad?
Negó lentamente.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Estoy muy nerviosa por los exámenes finales… siento que, si no saco buenas notas, voy a decepcionar a mis papás.
Aquella conversación duró casi veinte minutos.
No hablamos únicamente de medicina. Hablamos de presión, de expectativas y de lo difícil que era tener quince años y sentir que el futuro dependía de un examen.
Cuando salió del consultorio, lo hizo sonriendo.
Y, por primera vez desde que había entrado, caminaba con la espalda un poco más recta.
El siguiente en entrar fue un niño de unos cinco años con la nariz llena de tierra y las rodillas completamente raspadas.
Lloraba desconsoladamente.
Su madre intentaba limpiarle la cara sin mucho éxito.
—¿Qué pasó con este campeón?
La mujer suspiró.
—Quiso demostrarle al hermano mayor que podía bajar una loma en bicicleta… sin manos.
Miré al pequeño.
—Esa no fue una muy buena idea.
Negó con la cabeza mientras seguía llorando.
—No.
—Pero sobreviviste para contarlo.
Él hizo un pequeño gesto afirmativo.
Mientras limpiaba las heridas, le conté que cuando era pequeña también me había caído de una bicicleta intentando impresionar a mi hermano.
—¿Y también lloró?
La pregunta me hizo reír.
—Muchísimo menos que yo.
Eso bastó para que se olvidara por unos minutos del escozor del desinfectante.
Cuando terminé de ponerle las curitas con dibujos de dinosaurios que siempre guardaba en un cajón del escritorio, salió del consultorio caminando como si acabara de recibir una medalla.
Después llegó doña Carmen.
No tenía cita.
Tampoco una urgencia.
Simplemente apareció en la puerta del consultorio con una bolsa de tela entre las manos.
—¿Puedo pasar un momentico, doctora?
Miré la sala de espera.
Todavía había pacientes.
Pero también sabía que, cuando doña Carmen decía “un momentico”, casi nunca se refería a una consulta médica.
—Claro.
Se sentó despacio.
Le tomé la presión.
Perfecta.
Escuché su corazón.
Perfecto.
Revisé sus pulmones.
Perfectos.
La miré sonriendo.
—Entonces… ¿qué la trae por aquí de verdad?
La mujer bajó la mirada.
—Hoy mi esposo cumpliría setenta y ocho años.
Sentí que algo se encogía dentro de mí.
Continuó hablando con una serenidad que solo tienen quienes ya aprendieron a convivir con la ausencia.
—Mis hijos viven en la ciudad. Mis nietos casi nunca vienen. Y esta mañana desayuné sola.
Guardé silencio.
No había ningún medicamento capaz de curar eso.
Así que dejé el bolígrafo sobre el escritorio y simplemente la escuché.
Habló de cómo había conocido a su esposo cuando apenas tenía diecisiete años, de las serenatas que él le llevaba frente a la ventana y de las tardes en las que caminaban por aquella misma playa donde ahora comenzaban a levantar estacas para construir un hotel.
Antes de marcharse abrió la bolsa de tela y sacó un pequeño paquete envuelto en papel.
—Le traje pan de coco. Lo hice esta mañana.
La miré sorprendida.
—Doña Carmen…
—Si no me lo recibe, me voy a poner brava.
Reí.
Tomé el paquete entre las manos.
Todavía estaba tibio.
—Muchas gracias.
Ella sonrió con esa dulzura que solo algunas personas conservan después de toda una vida.
—No, doctora. Gracias a usted por hacerme sentir acompañada un ratito.
La vi salir lentamente del consultorio.
Esperé a que desapareciera al final del pasillo antes de abrir el paquete.
El aroma del pan recién horneado inundó la habitación.
Cerré los ojos apenas un segundo.
A veces, pensaba, los hospitales eran mucho más que un lugar donde la gente iba a curar enfermedades.
A veces eran el único lugar donde alguien encontraba a otra persona dispuesta a escuchar.
Me quedé observando el paquete unos segundos más antes de arrancar un pequeño pedazo de pan.
Estaba delicioso.
Doña Carmen siempre había tenido el extraño talento de cocinar como si cada receta llevara un poco de cariño mezclado entre los ingredientes.
Sonreí para mí misma mientras volvía a guardar el paquete.
Probablemente no llegaría entero a casa.
Entre enfermeras, médicos y auxiliares, cualquier cosa que apareciera en la sala de descanso desaparecía en cuestión de minutos.
El reloj marcaba la una y diez de la tarde.
Por primera vez desde que había llegado aquella mañana, el pasillo parecía un poco más tranquilo.
Aproveché para estirar las piernas y salir del consultorio.
Apenas crucé la puerta, Clara me señaló desde el mostrador de enfermería.
—Milagro.
—¿Qué hice ahora?
—Nada. Justamente eso es lo raro.
Fruncí el ceño.
Ella señaló el reloj.
—Llevas más de seis horas trabajando y todavía no has comido.
Bajé la mirada.
Tenía razón.
—No tengo hambre.
—Mentira.
—Un poquito.
—Mentira otra vez.
No pude evitar reír.
Clara abrió uno de los cajones y sacó una manzana.
—Cómasela.
—¿Me está regañando?
—Alguien tiene que hacerlo. —Tomé la manzana.
—Gracias, mamá.
—De nada, hija.
Las dos terminamos riéndonos.
Aquellas pequeñas conversaciones eran las que hacían llevaderos los días más pesados.
Porque trabajar en un hospital significaba convivir constantemente con el dolor, pero también aprender a encontrar pequeños momentos de normalidad entre una consulta y otra.
Mientras terminaba la manzana apoyada contra el mostrador, observé el movimiento del lugar.
Una enfermera corría hacia urgencias.
Dos auxiliares organizaban medicamentos.
Un médico revisaba exámenes en silencio.
Una madre intentaba convencer a su hijo de que no necesitaba esconderse debajo de las sillas para evitar una vacuna.
La vida seguía ocurriendo en cada rincón.
Y yo llevaba tanto tiempo allí que podía reconocer prácticamente a todo el mundo.
—Doctora Alessia.
Levanté la vista.
Era una de las auxiliares.
—La buscan en la habitación siete.
Asentí.
—Ya voy.
Dejé el corazón de la manzana en el bote de basura y caminé por el pasillo.
La habitación siete estaba ocupada por un pescador que había ingresado la noche anterior con una neumonía complicada.
Cuando entré, encontré a su esposa sentada junto a la cama sosteniéndole la mano.
Los dos levantaron la vista al verme.
—¿Cómo se siente hoy?
El hombre sonrió débilmente.
—Con ganas de salir corriendo de aquí.
—Eso significa que está mejorando.
La mujer soltó una pequeña carcajada.
—Lleva diciendo eso desde las seis de la mañana.
Revisé sus signos vitales.
Mucho mejores que el día anterior.
Escuché sus pulmones.
Todavía había trabajo por hacer, pero iba por buen camino.
Cuando terminé, la esposa me acompañó hasta la puerta.
—Gracias por todo lo que ha hecho por él.
Negué suavemente.
—Todavía no me agradezca. Espere a que lo saque de aquí.
Ella sonrió.
—Lo haré.
Salí de la habitación con una sensación extraña.
A veces olvidaba la cantidad de vidas que terminaban cruzándose con la mía.
Personas que probablemente jamás volvería a ver después de darles el alta, pero que durante unos días me permitían acompañarlas en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas.
Y quizá eso era lo más bonito de la medicina.
No salvar a todos.
No siempre era posible.
Sino estar ahí cuando más te necesitaban.
Cuando regresé al consultorio, la tarde continuó exactamente igual que la mañana.
Consultas.
Historias clínicas.
Exámenes.
Recetas.
Consejos que algunos pacientes seguían y otros ignoraban por completo.
Nada extraordinario.
Nada diferente.
La misma rutina que había construido durante años.
La misma rutina que conocía de memoria.
La misma rutina que, hasta ese momento, creía que nunca cambiaría.
Cuando el reloj finalmente marcó las cinco de la tarde, apoyé el bolígrafo sobre el escritorio y dejé escapar un suspiro que llevaba conteniendo desde hacía varias horas.
Había terminado.
O, al menos, eso esperaba.
Revisé por última vez las historias clínicas del día, firmé las últimas órdenes médicas y acomodé el escritorio con esa costumbre casi obsesiva que había adquirido desde que empecé a trabajar allí. No soportaba dejar papeles desordenados para el turno siguiente; siempre imaginaba a otro médico llegando apresurado y agradeciendo, aunque nunca lo dijera, encontrar todo en su sitio.
Me quité el estetoscopio del cuello y lo guardé cuidadosamente en el bolso. Después doblé la bata, la dejé sobre el respaldo de la silla y me até el cabello nuevamente en una coleta alta.
—¿Ya se va, doctora? —preguntó Clara asomándose por la puerta.
—Si nadie decide fracturarse un brazo en los próximos treinta segundos… sí.
Clara soltó una risa.
—No lo diga muy duro, que aquí lo oyen.
Las dos miramos instintivamente hacia urgencias.
Silencio.
Por primera vez en todo el día, el pasillo estaba tranquilo.
—Parece que hoy tuvimos suerte.
—La acaba de salar.
Negué entre risas.
—Hasta mañana, Clara.
—Hasta mañana, doctora.
Salí del consultorio saludando a quienes aún seguían de turno. Algunas enfermeras organizaban medicamentos, un interno revisaba unos resultados de laboratorio con cara de no entender absolutamente nada y don Ricardo, desde la recepción, levantó una mano al verme pasar.
—¿Ahora sí va para la casa?
—Eso espero.
—Los niños deben estar esperándola.
Sonreí.
—Como todos los días.
Apenas crucé la puerta principal, una brisa tibia me golpeó el rostro.
Respiré profundamente.
Era curioso. Después de pasar tantas horas respirando el olor característico de un hospital, el aire salado de la isla siempre conseguía hacerme sentir que el día realmente había terminado.
Podía haber regresado por la avenida principal. Era el camino más corto.
Pero hacía años que prefería caminar unos minutos junto a la playa antes de volver a casa.
No era por ahorrar gasolina.
Era porque el mar tenía una extraña capacidad de ordenar los pensamientos que yo misma no sabía cómo acomodar.
Avancé despacio, dejando que el sonido de las olas reemplazara el de los monitores cardíacos que había escuchado durante toda la jornada.
A esa hora, la playa todavía conservaba su calma de siempre.
Un par de niños perseguían cangrejos cerca de la orilla mientras dos pescadores desenredaban sus redes bajo la sombra de una palma. Más adelante, una pareja de ancianos caminaba tomada de la mano, con la tranquilidad de quienes ya no tenían prisa por llegar a ninguna parte.
Sonreí sin darme cuenta.
Aquella isla tenía algo especial.
No era el lugar más moderno.
Ni el más grande.
Mucho menos el más famoso.
Pero tenía la capacidad de hacer que el tiempo pareciera avanzar un poco más despacio.
Y quizá por eso nunca había querido volver a marcharme.
Sin embargo, unos metros más adelante, aquella paz se interrumpió.
El sonido de motores reemplazó al de las olas.
Varias camionetas blancas estaban estacionadas junto al viejo terreno que durante años había permanecido abandonado. Hombres con cascos caminaban de un lado a otro cargando planos, mientras otros clavaban estacas en la arena y tomaban medidas con equipos de topografía.
Me detuve unos instantes.
Así que los rumores eran ciertos.
La obra había comenzado.
Observé el terreno durante unos segundos.
Recordaba perfectamente cuando, siendo niña, Noah y yo corríamos por allí inventando que aquel lugar era una isla desierta dentro de otra isla. Incluso llegué a esconderme entre esos mismos árboles cuando jugábamos a las escondidas.
Ahora todo aquello desaparecería.
No sentí tristeza.
Tampoco alegría.
Solo esa extraña sensación que aparece cuando uno entiende que las cosas cambian, aunque nadie les haya pedido permiso para hacerlo.
Bajé la mirada y continué caminando.
Pensé que, probablemente, dentro de unos años ese lugar estaría lleno de turistas, música y luces. Tal vez la isla crecería, habría más trabajo para muchas familias y los niños tendrían oportunidades que nosotros nunca tuvimos.
Quizá no era un cambio tan malo.
Solo era… diferente.
Y mientras seguía mi camino, completamente ajena a todo lo que estaba ocurriendo detrás de aquellas estacas y aquellos planos, nunca imaginé que ese terreno no solo estaba marcando el inicio de una construcción.
También estaba marcando el principio del fin de la vida tranquila que había construido durante ocho años.
Continué caminando hasta dejar atrás el movimiento de las máquinas. Poco a poco, el sonido de los motores volvió a desaparecer y el mar recuperó el protagonismo que siempre había tenido en la isla.
Miré la hora en el celular.
Cinco y cuarenta y siete.
Fruncí el ceño.
A esa hora, Elian y Eira ya debían haber salido del colegio hacía bastante rato.
Sonreí para mí misma.
Seguramente mi madre los habría recogido. Desde que los dos empezaron la primaria insistía en hacerlo al menos tres veces por semana. Decía que era la excusa perfecta para consentir a sus nietos y, aunque yo fingía protestar, en el fondo agradecía saber que siempre había alguien esperándolos cuando mis turnos se alargaban más de la cuenta.
Guardé el teléfono en el bolsillo y seguí caminando.
La isla era pequeña.
Tan pequeña que prácticamente todos se conocían por su nombre.
No habían pasado ni dos minutos cuando una mujer que regaba las plantas de su jardín levantó la mano al verme.
—¡Buenas tardes, doctora Alessia!
—Buenas tardes, doña Teresa.
—Gracias por lo de mi nieto. Ya no le duele el oído.
—Me alegra mucho. Cuídelo de los baños en el mar por unos días.
La mujer sonrió y siguió con su manguera.
Un poco más adelante, un grupo de niños jugaba fútbol descalzo en la calle. Uno de ellos me reconoció enseguida.
—¡Doctora!
Levanté la mano para saludarlo.
—¿Cómo sigue esa rodilla?
El pequeño hizo una mueca orgullosa mientras levantaba el pulgar.
—¡Ya puedo correr otra vez!
—Pero despacio.
Él respondió con una sonrisa traviesa que dejaba claro que no pensaba hacerme caso.
Negué divertida y continué mi camino.
Era curioso.
Había personas que soñaban con vivir en ciudades donde nadie supiera quiénes eran.
A mí, en cambio, me gustaba aquello.
Me gustaba caminar por las calles y encontrar rostros conocidos.
Que la señora de la panadería supiera cómo me gustaba el café.
Que el pescador de la esquina me saludara todas las mañanas.
Que los niños me llamaran “la doctora” antes incluso de aprender mi apellido.
Después de tantos años, aquella isla había dejado de ser simplemente el lugar donde nací.
Era mi hogar.
El lugar donde estaba criando a mis hijos.
El lugar donde había aprendido a reconstruirme cuando pensé que ya no quedaba nada de mí.
Y, aunque nunca lo decía en voz alta, también era el único lugar donde había conseguido que los recuerdos dejaran de doler todos los días.
Al doblar la última esquina, la casa de mi madre apareció frente a mí.
Desde afuera ya podían escucharse las risas de Elian y Eira.
Sonreí sin darme cuenta.
Había días difíciles.
Había días interminables.
Y luego estaban esos pequeños instantes en los que bastaba escuchar las voces de mis hijos para recordar que, pese a todo, la vida también había sido inmensamente buena conmigo.