Logan
Entré a Morgan & Hayes Architects con la misma rutina de todas las mañanas. Saludé al vigilante de la recepción, crucé el vestíbulo mientras varias personas ya caminaban con planos bajo el brazo y esperé el ascensor revisando distraídamente algunos correos en el teléfono. Desde que la empresa había crecido hasta ocupar tres pisos completos del edificio, era raro encontrar un momento de verdadero silencio. Siempre había alguien entrando a una reunión, un cliente esperando en recepción o algún arquitecto corriendo porque una entrega se había adelantado.
Las puertas del ascensor se abrieron en el último piso y avancé por el pasillo con la tranquilidad de quien conoce cada rincón de aquel lugar. A mi derecha estaban las salas de juntas; al fondo, el área de diseño; al otro lado, las oficinas privadas. Todo seguía exactamente igual que el día anterior.
O eso pensé.
—Buenos días, Logan.
Levanté la vista hacia el escritorio de Emily y le sonreí apenas.
—Buenos días.
Dejé el portafolio sobre el mostrador mientras aflojaba un poco el nudo de la corbata.
—¿Podrías hacerme un favor? Hoy salí de casa sin desayunar. Tráeme un doble espresso y cualquier cosa de comer antes de que empiece la primera reunión.
Emily ni siquiera tomó nota. Después de tantos años trabajando juntos, ya conocía de memoria mis mañanas.
—Ya lo iba a pedir.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Cómo sabías?
Una sonrisa divertida apareció en su rostro.
—Porque hoy lo vas a necesitar.
No entendí a qué se refería hasta que continuó.
—Matthew llegó hace cuarenta minutos.
La miré unos segundos, convencido de que estaba bromeando.
—¿Matthew?
Ella asintió.
—Y no porque hubiera dormido aquí.
No pude evitar soltar una risa.
—Eso sí es nuevo.
—Eso mismo pensé yo. Llegó antes que todos, dio dos vueltas por la oficina, entró tres veces a tu despacho y volvió a salir. Lleva media hora diciendo que hoy, por fin, iba a poder presumirte que te ganó.
Negué con la cabeza mientras recogía nuevamente el portafolio.
—No pienso darle ese gusto.
Emily rio por lo bajo.
—Creo que ya se lo diste desde el momento en que llegaste después de él.
Suspiré con resignación.
—Entonces mejor tráeme dos cafés.
—¿Dos?
—Uno para mí… y otro para soportarlo.
Ella soltó una carcajada justo cuando empujé la puerta de mi oficina.
Matthew estaba exactamente donde imaginé.
Sentado en uno de los sofás, con una carpeta gruesa sobre las piernas y una sonrisa tan satisfecha que parecía llevar ensayándola desde que amaneció.
Ni siquiera esperó a que cerrara la puerta.
—Míralo… el hombre que juraba que nadie iba a llegar antes que él.
Dejé el portafolio sobre el escritorio sin darle demasiada importancia.
—Son las ocho y cinco.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo el drama.
Se puso de pie despacio, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
—El drama, querido socio, es que después de ocho años trabajando juntos… por primera vez llegué antes que tú.
Lo observé unos segundos antes de responder.
—¿Llevas cuarenta minutos esperando solo para decirme eso?
—Sí.
No pude contener una risa.
—Definitivamente tienes demasiado tiempo libre.
—No. Lo que tengo es paciencia. Sabía que tu cara iba a valer la pena.
Negué mientras me sentaba frente al escritorio y encendía el computador.
—Ya terminaste de celebrar tu gran hazaña o todavía falta el discurso de agradecimiento.
Matthew sonrió con esa expresión arrogante que aparecía cada vez que conseguía salirse con la suya.
—Todavía falta la placa conmemorativa.
—Habla con Emily. Seguro consigue un espacio en recepción.
—Muy gracioso.
Durante unos segundos el despacho volvió a quedarse en silencio. Yo abrí los primeros correos del día mientras él seguía ahí, completamente tranquilo, sin hacer el menor intento por irse.
Lo conocía demasiado bien.
Matthew no madrugaba por gusto.
Mucho menos esperaba cuarenta minutos sentado en una oficina.
Había algo detrás de todo eso. Algo que llevaba queriendo contarme desde la noche anterior.
Sin apartar la vista de la pantalla, suspiré con resignación.
—Está bien… ya me demostraste que hoy madrugaste más que yo. ¿Qué era eso tan importante que no pudiste decirme por teléfono anoche?
La sonrisa volvió a aparecer inmediatamente en su rostro.
Tomó la carpeta que había llevado consigo desde temprano, se acercó hasta mi escritorio y la dejó frente a mí con un cuidado casi exagerado.
—¿Recuerdas que ayer te dije que tenía el negocio del año?
Levanté la mirada.
—Sí.
—Me equivoqué.
Fruncí el ceño.
—No es el negocio del año.
Hizo una pequeña pausa antes de sonreír otra vez.
—Es el negocio más importante que vamos a hacer en nuestras vidas.
Matthew esperó unos segundos, disfrutando del efecto que acababa de provocar. Siempre hacía lo mismo. Le encantaba crear expectativa antes de decir cualquier cosa, como si estuviera convencido de que la mejor parte de una historia no era el final, sino la forma de llegar a él.
Me crucé de brazos y apoyé la espalda sobre la silla.
—Cinco minutos más de suspenso y juro que te saco de mi oficina.
Él soltó una carcajada.
—Está bien, está bien. Voy al punto.
Abrió la carpeta y comenzó a sacar varias fotografías que fue acomodando cuidadosamente sobre mi escritorio. Eran playas, montañas, un pequeño puerto pesquero y varios terrenos completamente vírgenes. Todos parecían sacados de una revista de viajes y se me hacían familiares.
—¿Recuerdas que hace unos meses me fui de vacaciones?
Asentí distraídamente mientras observaba las imágenes.
—Sí.
—Bueno… técnicamente iba de vacaciones.
Levantó una fotografía y sonrió para sí mismo.