Hasta volver a ti

Capítulo 9

Hay días que llegan para cambiarlo todo.

Y lo más curioso es que casi siempre empiezan pareciendo iguales a los demás.

Aquella mañana abrí los ojos unos minutos antes de que sonara el despertador. Permanecí inmóvil, observando el techo de mi habitación mientras el primer rayo de sol se colaba entre las cortinas. Afuera, el murmullo del mar se mezclaba con el canto de las aves que, desde niña, habían anunciado el inicio de un nuevo día en la isla.

Siempre me había gustado despertar antes que el resto del mundo.

Había algo tranquilizador en esos pocos minutos de silencio, cuando todavía nadie esperaba nada de mí y podía fingir, aunque fuera por un instante, que la vida era sencilla.

Me incorporé despacio, me recogí el cabello y caminé hasta la cocina. El aroma del café comenzó a llenar la casa mientras observaba distraídamente el jardín por la ventana. Mamá ya había salido; seguramente estaría ayudando a alguna vecina, como hacía casi todas las mañanas. Noah todavía no llegaba, Ellian y Eira, probablemente, aparecerian en cualquier momento preguntando qué había para desayunar.

Sonreí sin darme cuenta.

Era curioso cómo, después de ocho años viviendo en una ciudad que jamás descansaba, había vuelto a acostumbrarme a la calma de aquel lugar.

Tomé la taza entre las manos y salí al pequeño corredor de la casa. Desde allí podía verse el camino principal de la isla. Antes, a esa hora, apenas pasaban un par de motocicletas y alguno que otro pescador camino al muelle.

Ahora era diferente.

Las camionetas blancas comenzaban a pasar una tras otra levantando pequeñas nubes de polvo. Algunas transportaban materiales de construcción, otras llevaban trabajadores con cascos amarillos que conversaban animadamente antes de iniciar la jornada.

Las obras del hotel apenas llevaban un par de semanas.

Y ya era imposible ignorarlas.

No solo habían cambiado el paisaje.

Habían cambiado el ritmo de toda la isla.

Doña Lucy llevaba días presumiendo que su hostal no tenía una sola habitación libre. Don Jose había contratado más meseros porque el restaurante permanecía lleno desde el desayuno hasta la cena y el supermercado había empezado a recibir mercancía casi a diario porque, según decía su dueño, “esa gente come como si estuviera construyendo media ciudad”.

Era extraño.

Durante años aquel lugar había permanecido exactamente igual.

Ahora bastaban unos cuantos días para que todo pareciera moverse más deprisa.

Dejé la taza en el lavaplatos y tomé las llaves del carro.

—¿Ya te vas? —preguntó Noah con la voz todavía adormilada mientras aparecía en la cocina.

—Si sigo aquí, sí.

Se acercó al refrigerador, sacó una botella de jugo y me miró con una sonrisa.

—¿Sabes? Creo que ese hotel va a terminar haciéndonos famosos.

Solté una pequeña risa.

—¿Ah, sí?

—Claro. Dentro de unos años la gente va a decir: “Aquí vive la mejor doctora de la isla.”

Negué con la cabeza.

—Estás exagerando.

—Todavía no.

Le lancé un paño de cocina que atrapó al vuelo.

—Nos vemos esta noche.

—Que tengas un turno tranquilo.

Sonreí.

—Ojalá.

Tomé mi bolso y salí de casa sin imaginar que, unas horas después, desearía con todas mis fuerzas que aquellas últimas palabras se hubieran cumplido.

El camino hasta el hospital era el mismo de todos los días, pero desde hacía un tiempo había dejado de sentirse igual.

No importaba la hora. Siempre había movimiento alrededor del terreno donde construirían el hotel. Camiones cargados de acero, camionetas entrando y saliendo, hombres con chalecos reflectivos caminando de un lado a otro mientras sostenían planos enrollados bajo el brazo.

Disminuí la velocidad cuando el tráfico me obligó a hacerlo.

Desde el carro alcancé a ver que ya habían terminado de instalar las oficinas temporales. Incluso había una enorme grúa que no estaba allí el día anterior.

Era impresionante la rapidez con la que avanzaba todo.

Y, aunque intentaba convencerme de que aquello no tenía ninguna importancia para mí, siempre terminaba mirando unos segundos más de la cuenta.

Diez minutos después estacioné en el hospital y, apenas crucé la entrada principal, el mundo volvió a ser el de siempre.

Las enfermeras iban de un consultorio a otro con historias clínicas entre las manos, los auxiliares preparaban medicamentos y desde pediatría llegaba el llanto inconforme de un bebé que, probablemente, estaba convencido de que todos allí habían conspirado para ponerle una vacuna.

—Buenos días, doctora Alessia.

—Buenos días.

Respondí saludando a quienes encontraba a mi paso hasta llegar al pequeño escritorio donde comenzaba cada jornada.

Había tres historias clínicas esperándome.

Las revisé rápidamente mientras daba el primer sorbo al café que alguna de las enfermeras, como casi todos los días, había dejado sobre mi escritorio antes de que llegara.

—¿Cómo estuvo la noche?

Pregunté sin levantar demasiado la vista.

—Tranquila —respondió Camila, una de las enfermeras más antiguas del hospital—. Parece que hoy los habitantes de la isla decidieron portarse bien.

Sonreí.

—No lo diga muy duro que después la escuchan.

Ella soltó una risa.

—Tiene razón.

Y, como si el destino hubiera estado esperando exactamente esa frase para llevarnos la contraria, el teléfono de urgencias sonó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Camila contestó sin dejar de sonreír, pero bastaron apenas unos segundos para que aquella expresión desapareciera por completo.

Frunció el ceño.

Se incorporó lentamente de la silla.

—Sí… aquí Hospital San Gabriel.

Guardó silencio mientras escuchaba.

Después su mirada buscó la mía.

Algo no estaba bien.

Muy despacio, apartó el teléfono de su oído y dijo, casi en un susurro:

—Doctora…




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