CAPÍTULO UNO
PRESENTACIÓN
Para un vampiro que aún lucha contra su instinto más sangriento es importante mantener una rutina nocturna. Correr por los alrededores del bosque. El ejercicio lo mantiene en control de sus impulsos. Y así evitar imaginar el sabor de la sangre fresca humana. No desea ser una bestia que acecha a humanos por la noche. No derrama sangre de vidas a las que considera inocentes.
Le enorgullece el control qué mantiene desde hace décadas en las que no volvió a lastimar a ninguna alma víctima de su descontrol. Un fuerte ladrido lo hizo mirar por encima de los hombros. Samuel se detuvo para agacharse y acariciar a Vivaldi un perro mestizo al que había rescatado y adoptado hace un par de meses atrás. Ahora es su fiel compañero en sus caminatas nocturnas.
— ¡Buen perro! —se agachó a su altura para dejarle un beso.
Tenía muchas cosas por resolver de camino a su nuevo hogar, el mismo que se encuentra a unos pocos kilómetros del bosque. A Samuel el silencio le causa gran paz, no le gusta tener vecinos ruidosos, ni mucho menos escuchar ruidos escandalosos a menos de que estos se tratasen de los sonidos producidos por la naturaleza o de la música. O en todo caso los ladridos de su perro amado.
Y a diferencia de su familia disfruta de sus momentos de soledad. A su regreso miró dos grandes camionetas con los muebles y aparatos domésticos que compro días atrás. Finalmente pudo acomodar todas las cosas que aún se encuentran dentro del montón de cajas de cartón.
Uno de los trabajadores leyó la hoja entre sus manos y se acercó, pero el fuerte ladrido de Vivaldi lo hizo detenerse. Samuel le dio órdenes a su perro para que se mantuviera quieto y sentado en la cera.
— ¿Usted es el señor Hastings? —el hombre pronunció temeroso al mirarlo.
Samuel era un hombre de presencia imponente. Tan alto como una torre, sus hombros anchos y su cuerpo robusto reflejaba la capacidad de doblegar a cualquiera. El azul de sus ojos brillaba, sus ondas de cabello oscuro suaviza sus facciones, sereno, elegante y distante, como una criatura nacida entre las sombras.
—Sí, lo soy. —les sonrió con amabilidad.
—Muy bien, comenzaremos a bajar todo para que pueda permitirnos el acceso a su casa.
Para Samuel no era ningún problema cargar los pesados muebles hasta dentro de su casa, pero no deseaba crear sospechas o sembrar alguna duda en aquellos hombres. El horario no era uno que otro humano pediría, se había excusado diciendo que no podía recibirlos durante la mañana, pero cómo sería posible que un solo hombre lograra cargar todos esos muebles enormes y pesados sin ayuda, a menos de que sea un ser de otro mundo, lo que ciertamente es.
—Muchas gracias. Por favor —con una señal, le indico que esperara un momento para abrir la inmensa puerta y permitirles el paso.
Vivaldi se mantuvo muy relajado al lado de su amo. No es un perro agresivo, es todo lo opuesto, le gusta que le den mucho amor y atención. Muchas veces los extraños le simpatizan. Observó a todos los hombres hacer su trabajo y en alguna que otra cosa ayudaba. Sacó varios billetes y los repartió a los hombres trabajadores agradeciéndoles su esfuerzo.
—No es necesario, señor —se negó uno de los hombres a recibir el dinero.
—Por favor, acepte.
Casi a regañadientes el hombre agradeció el gesto.
—Podemos ayudarle a acomodar el piano, señor. Es un pesado para usted solo.
—Usted es muy amable, pero no, muchas gracias —ya había pensado en una excusa perfecta para convencer a aquellos hombres —. Mis hermanos están en camino, les aseguro que son fuertes y pueden ayudarme.
Más que una excusa perfecta era una mentira a medias. Decirles a los humanos que Proteo y Dmitry eran sus hermanos era más fácil que explicarles que en realidad son sus hijos. Samuel siempre les dio la libertad de elegir el camino que ellos desearan seguir.
—Entendemos Señor.
Uno de los empleados se golpeó contra el piano y dejó salir un pequeño quejido.
—¿Se encuentra bien? —Samuel preguntó, pero entonces percibió algo.
Sangre. Fresca, esparcida en la rodilla del trabajador.
—Si. No es nada, solo un poco de sangre.
El impulso involuntario apareció y solamente asintió sin moverse.
El aroma llegó, cálido, tentador. Cerró los ojos al instante. No era la primera vez que veía sangre.
—Debería… —trago saliva —. Atender la herida para que no se infecte.
El corazón del empleado latía contra su pecho. Podía sentirlo. Y se concentró en esos latidos. Obligó a sus pulmones a llenarse de aire y se alejó con elegancia. Dándole la espalda a los empleados.
—Muy bien —suspiró al escuchar la puerta cerrarse, pero el aroma aún seguía ahí —. Es hora de ordenar.
Esa noche Samuel se dedicó a organizar la casa. Una suave melodía de jazz flotaba por las habitaciones mientras él movía muebles de un lado a otro con paciencia casi obsesiva. Ajustó cuadros que apenas estaban inclinados, alineó los libros por tamaño y color, y reorganizó varios adornos hasta que cada uno ocupó el lugar que consideraba correcto.
La decoración mantenía una estética sobria. Tonos negros, grises y blancos dominaban los espacios, acompañados por la calidez de la madera oscura y algunos detalles en verde pálido que aportaban vida al conjunto.
Cuando terminó, recorrió la sala en silencio. Observó cada rincón. Perfecto. Como debía ser.
Ninguno de sus hijos discutía aquellas decisiones. Existía una regla sencilla dentro de la familia Hastings: cada uno era libre de decorar su habitación a su gusto, pero el resto de la casa pertenecía al criterio de Samuel.
Y Samuel era un hombre de costumbres.
Al día siguiente, poco antes del anochecer, se detuvo frente al espejo por última vez. El traje azul oscuro estaba impecable. La corbata está perfectamente ajustada. No había una sola arruga en su ropa. Satisfecho, tomó las llaves y se dirigió hacia la puerta.