¿hay alguien ahí?

CAPÍTULO 1

El murmullo sintético de la operadora del 911 continuó saliendo del auricular suspendido, meciéndose como un péndulo estéril sobre la alfombra. Para cuando la primera patrulla cruzó la calle tres bloques más allá, el departamento de Alicia ya no olía a hogar, ni a polvo, ni al perfume sutil que solía aplicarse frente al espejo. Olía a ozono quemado y a un frío denso, antinatural, que parecía haber penetrado la mampostería misma del edificio.

El detective Brandon West atravesó la cinta amarilla de escena del crimen agachando ligeramente la cabeza. Era un hombre imponente, alto, de hombros anchos y una presencia que solía dominar cualquier habitación antes de que pronunciara una sola palabra. A sus treinta y cuatro años, Brandon poseía ese tipo de atractivo afilado y severo que la fatiga no lograba opacar: cabello oscuro peinado con pragmática prisa, mandíbula marcada y unos ojos grises tan claros que a menudo daban la impresión de estar diseccionando lo que miraban.

Sin embargo, al cruzar el umbral del departamento 4B, Brandon sintió un pinchazo helado en la nuca. El ambiente dentro de la estancia era abrumadoramente pesado, como si la presión atmosférica hubiera descendido drásticamente en cuestión de segundos.

—Detective West —saludó el oficial Morales, dando un paso atrás con el rostro notablemente pálido—. Qué bueno que llegó. Esto... no sabemos muy bien qué hacer con esto.

—¿Qué tenemos, Morales? —preguntó Brandon. Su voz era grave, serena, un ancla en medio del desconcierto que respiraban los agentes uniformados.

—La llamada entró a las 3:33 a. m. La central solo escuchó gritos y luego estática. La unidad más cercana llegó en ocho minutos. Encontraron la puerta principal forzada... o más bien arrancada hacia adentro, pero el marco no está astillado. Simplemente cedió. Y la chica... bueno, tiene que verla usted mismo.

Brandon avanzó despacio por el pasillo. Las bombillas del techo estaban reventadas, dejando una estela de esquirlas finas sobre el piso de madera. Al fondo, a solo un par de pasos del espejo roto del corredor, yacía el cuerpo de Alicia.

El detective se detuvo en seco. Sus ojos grises se fijaron en la escena, registrando cada detalle, pero su mente tardó varios segundos en asimilar lo que contemplaba.

Alicia estaba de espaldas, tendida sobre la madera fría. Su piel, normalmente tibia, había perdido cualquier rastro de pigmentación orgánica; estaba completamente blanca, de un tono cetrino y translúcido comparable al de la cera de una vela apagada o la porcelana antigua. Parecía un fantasma que hubiese quedado congelado en el instante exacto de desplomarse.

Brandon se inclinó, apoyando una rodilla sobre el suelo sin llegar a tocar el cadáver. Aguardaba la presencia habitual de la violencia homicida: sangre, hematomas de defensa, huellas de estrangulamiento, laceraciones. No había nada. Las manos de Alicia estaban rígidas, con los dedos ligeramente curvados hacia arriba, pero sus uñas estaban intactas. Su bata de baño no presentaba desgarraduras. No había marcas en su cuello, ni una sola gota de sangre en todo el departamento.

Lo más perturbador, sin embargo, era su rostro.

Los ojos de Alicia permanecían abiertos de par en par, fijos en el techo en penumbra. Las pupilas estaban dilatadas hasta comerse casi por completo el iris, congeladas en una expresión de terror tan puro y absoluto que a Brandon le produjo un calambre involuntario en el estómago. No era la mueca de alguien que ve a un hombre con un arma; era la mirada desgarradora de quien atestigua algo que la mente humana jamás fue diseñada para procesar.

—¿Causa preliminar de muerte? —preguntó Brandon sin apartar la vista de los ojos de la joven.

El forense de turno, un hombre maduro llamado Miller que llevaba más de dos décadas levantando cadáveres en la ciudad, se acercó ajustándose los lentes. Tenía las manos temblorosas, un detalle que a Brandon no se le pasó por alto.

—Si me pides una respuesta médica ahora mismo, Brandon, tendría que inventármela —dijo Miller en un susurro grave—. No hay rigidez cadavérica acorde al tiempo transcurrido, pero la temperatura corporal ha bajado a niveles insólitos. No hay signos de asfixia, ni paro cardíaco convencional, ni traumatismos. Es como si... como si la vida le hubiera sido extirpada de golpazo. Como si se hubiera vaciado por dentro.

—Nadie se vuelve blanco como la nieve por un simple susto, Miller —replicó Brandon, poniéndose de pie cuan largo era. Su figura proyectaba una sombra alargada bajo la luz de las linternas del equipo de criminalística.

—Sé lo que dice la literatura médica, detective —respondió el forense, negando con la cabeza—. Pero mírala. No hay químicos, no hay marcas de agujas. Mañana haremos la autopsia, pero te adelanto algo: no voy a encontrar nada en su sangre.

Brandon caminó lentamente alrededor del cuerpo, observando el entorno. El departamento estaba impecable, casi dolorosamente ordinario. Libros ordenados en las estanterías, una taza limpia en el fregadero, las pastillas para dormir esparcidas cerca de la mesita de noche. Todo sugería la rutina tranquila de una mujer solitaria.

Excepto por dos detalles.

El primero era el espejo del pasillo. El marco seguía colgado, pero el cristal estaba atravesado por una red de grietas perfectas que convergían exactamente en el centro, justo a la altura donde habría estado reflejado el rostro de Alicia. Brandon alumbró el marco con su linterna. En el polvo acumulado sobre la madera superior del espejo, había dos marcas limpias, redondas, como si un par de dedos extremadamente largos y fríos se hubieran apoyado allí para asomarse desde arriba.

El segundo detalle era el sonido. O más bien, la ausencia de él. El edificio entero parecía contenerme el aliento.

—¿Entrevistaron a los vecinos? —preguntó Brandon, girándose hacia Morales.

—Hablamos con el del 4A, un anciano llamado Marco —contestó el oficial—. El hombre está deshecho. Dice que no escuchó nada hasta que llegó la policía. Los demás vecinos afirman que a las 3:30 a. m. sintieron una bajada repentina de tensión eléctrica y un frío insoportable en sus habitaciones, pero ninguno escuchó los golpes en la puerta. Nadie, Brandon. Y los muros de este edificio son de cartón.



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En el texto hay: terror misterio intriga paranormal

Editado: 01.09.2026

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