Hazael: La chica de ensueño

I: Maniobras rutinarias

—Cómo adoramos los cambios, ¿no lo crees, Hazael? —menciona la pequeña de la familia, irónica.

—Son alucinantes, Hayle. Los mejores son los cambios de estado, instituto y amigos. Sin nombrar los que ya tienen la mitad del curso hecho —apoyó la mayor con un entusiasmo recurrente.

Un ceño fruncido y tembloroso se mostró en la frente de Alice, la madre piloto de una familia trabajadora y moderna. Intercambió miradas con su esposo.

—Tenemos unas hijas tan comprensivas —comentó el padre, John, desde el asiento del copiloto, estresado pero pacífico.

—Por supuesto, John, son las mejores en comprender que nuestros empleos nos hacen viajar constantemente y tan solo para un futuro mejor —las miró por el retrovisor con reprenda.

La normalidad de la familia McKee dependía exclusivamente del trabajo, de mantenerse consciente en las actividades sin perder la rutina, cenas de convivencia básica y tomar las cosas de cualquier casa que estos habitasen e irse al carajo para encontrar la mejor ubicación.

Desapareciendo de su vida anterior, como por arte de magia, desvaneciendo amistades, tradiciones y la formalidad de hacer una vida normal y tranquila, sin contar la gran evitación de crear experiencias de la vida adolescente que estas niñas necesitaban rigurosamente y parecían estar más desesperadas por tener, mientras algunos deseaban irse fugazmente de un lugar. Esta familia no tenía una palanca que los detuviera en algún punto, en alguna ciudad. Habían estado en múltiples lugares de Canadá, quedándose corto el país tan solo por su ala oeste y ahora siendo devorado su ala este como una hamburguesa doble queso y un gordo sin intenciones de adelgazar.

Una familia sin freno.

Ottawa, Ontario, ciudad de Canadá conocida por sus calles victorianas, desfachatez francesa y población anglófona, palpitaba apreciados retazos de historia natural e indios nativos, mezclados con alianzas y esfuerzo comercial. Era una ciudad cordial fronteriza con ríos profundos pesqueros y modernidad líquida, suburbios conglomerados de diferentes clases, colores, variedad, elegancia tenue y apreciación territorial incluso por la Reina Victoria. El nuevo y resplandeciente objetivo de aquella familia, la nueva versión de consumo masivo de trabajo y la expedición de niños exploradores de aquellas menores tan solo para adaptarse. Una oportunidad de renacer sin quererlo realmente; era nuevo, refrescante y fugaz tal cual gaseosa de sabor artificial, como Coca-Cola caliente.

Hayle fue la primera en desviar la mirada soltando un suspiro leve. Y su padre, John, la siguió. La tercera en hacerlo fue Hazael hacia la ventanilla del auto, como era de costumbre para apaciguar la lengüeta sarcástica e irónica que todos parecían tener en la familia y que ganaban contiendas de camisas con Hayle, series de cocinas por películas dramáticas ochenteras o de género terrorífico con su madre, Alice, y el robo que no era “robo” del periódico a su padre, John. Un chasquido de lengua sonoro rompió el silencio tenso y sepulcral de aquel automóvil con apariencia a extenderse; no obstante, fue cortado con tijeras por la misma Hayle.

—¿Cuándo llegaremos? —pregunta Hayle mirando el retrovisor, topando con la mirada de su madre.

—En...

—Aproximadamente dos horas —respondió su padre.

—Deberían llamarme árbol y echar raíces.

Los dedos de la mayor se movieron ligeramente, señal captada por la menor, siendo entendida y confirmada por un movimiento de mechón tras su oreja.

—No podrías, Hayle, tantos cambios de ciudad no te dejarían crecer adecuadamente. Papá tendría que comprar mil macetas y mamá demasiado abono, seguramente te hubiésemos abandonado.

—Hazael... —regañó de la parte maternal.

—¿Qué? Hablamos de realidades, cosas naturales de la vida. Eso pasaría si Hayle fuese un árbol, ¿o no? —se justificó la joven de rizos definidos negruzcos, y sus manos la acompañaban en confianza.

—No, hija, hablas de tu hermana como un objeto, un vegetal —aseveró.

—Ellos tienen razón, Hazael, no puedes hablar así porque... ambas lo somos —confirmó en alianza a su hermana mayor.

El intercambio de miradas entre la pareja fue lo suficientemente influyente como para que John mantuviera la compostura, aunque el rechinido de sus dientes se notase en tensión.

—Comprendan.

—Comprendemos —correspondieron al unísono las menores, en un tono falso y mirada ladeada, como robots averiados de feria.

Los pilares de esa familia sabían lo disgustadas que estaban sus hijas al cambiarse de ciudad sin ningún previo aviso. La rapidez desproporcionada del cambio que no alcanzó el tiempo de despedirse adecuadamente, de desprenderse del ligero apego de la ciudad de Winnipeg, y las lágrimas brotadas en el inicio del camino hacia aquella nueva tierra prometida eran un testigo contundente. El simple hecho de no haber tenido el cierre de ciclo que algún psicólogo clínico aconsejó por la televisión a su madre, Alice, y ella no parpadeó en plantearlo en su vida cotidiana y al que sus hijas se habían amoldado por completo: despedirse de amigos, dar sus últimos besos, caminar entre las calles, asistir a su última visita al supermercado, aspirar el adiós entre sus pulmones y exhalar con miradas melancólicas, incluso tener la última buena cena como en el cristianismo sin los rezos cordiales y con entradas a películas viejas en las cuales todos los presentes estuvieran de acuerdo. Era antelación ante el dolor, un modo de aceptación al cual todos se habían amoldado, al menos en esa familia.

A Hazael le generaba melancolía dejar un lugar donde había hecho vida; sentía que un pedazo de ella se rompía y no conseguía recuperar tales pedazos, era perder la visión y caminar a tientas en un suelo que podía o no ser gelatinoso. Y dolía, pero ella se había hecho una experta comiéndose la ansiedad y el dolor. Cambiar tantas veces de ciudad la hacía ajena a apegarse a simples objetos, a personas. Y aún en su actualidad no entendía cómo había hecho amigos en Winnipeg con la facilidad de un gato y los hilos de coser en su antigua ciudad, y su hermana haber dado un discurso diplomático como presidenta de su clase.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.