Hazael: La chica de ensueño

IX: Fiebre de princesa

Hazael entró en la habitación de Hayle con la precisión de un internista a una cirugía. En una mano sostenía un termómetro digital como si fuera un escalpelo y en la otra un vaso con una mezcla efervescente que olía a naranja química. El cuarto de su hermana era el epicentro de un desastre biológico: pañuelos desechables esparcidos como confeti de una fiesta trágica y un humidificador que luchaba una batalla perdida contra el aire seco de Ottawa.

​Se detuvo al pie de la cama y miró a la figura sepultada bajo tres edredones. Le dedicó sus mejores ojos compasivos ㅡun gesto que en Hazael siempre parecía el análisis de una falla estructuralㅡ antes de anunciar la verdad que se ocultaba tras los síntomas.

ㅡTe estás muriendo, Hayle. El diagnóstico es irreversible y este es el fin definitivo para tu reinado tirano.

​ㅡNunca...ㅡLogró articular Hayle, pero la frase fue interrumpida por una tos seca que la sacudió entera. La joven estaba hecha un lío; el cabello revuelto le caía sobre la cara y tenía la punta de la nariz de un rojo brillante que rivalizaba con cualquier señal de stop. Indicio de su moribundo estado.

​ㅡPero si la gripe te está matando, literalmenteㅡinsistió Hazael, extendiendo el termómetro. ㅡTe advertí que el periódico decía que un virus estaba recorriendo la ciudad de este a oeste. Pero, ¿escuchas? No, claro que no. Preferiste ignorarme.

​Hayle emergió apenas unos centímetros de las cobijas, entornando los ojos con esfuerzo.

​ㅡEs que te quejas tanto, Hazael, que pierdo el contextoㅡsusurró con la voz rotaㅡ A veces no sé si me estás advirtiendo de una pandemia o de que dejé un calcetín fuera de su lugar. Tu escala de importancia está averiada.

​Hazael no respondió de inmediato. Se sentó en el borde de la cama, rompiendo por un segundo su propia regla de cero contacto, y le puso la mano en la frente. Estaba ardiendo. La mugre de la enfermedad era la única cosa que lograba que Hazael bajará la guardia, su hermana era lo único que lograba desmoronarse.

​ㅡBebe esto ㅡOrdenó, entregando el vasoㅡ Es un supresor de síntomas. No va a salvar tu "reinado", pero al menos evitará que delires y empieces a dar discursos sobre unicornios otra vez.

Hazael acomodó la almohada de Hayle con una rigidez que intentaba ocultar cuánto le preocupaba verla así de frágil. En el silencio de la habitación, solo interrumpido por el zumbido del humidificador, las preguntas de la menor cortaron el aire como pequeñas flechas, peculiaridad normativa cuando enfermaba.

​ㅡ¿Y ya abriste algunas cajas? ㅡpreguntó Hayle, con los ojos entrecerrados por el cansancio de la fiebre, repetía preguntas, hacia nuevas o mezclaba expresiones.

​Hazael hizo una mueca interna. Las cajas de Winnipeg seguían siendo territorio prohibido, cápsulas de tiempo que no se atrevía a romper y apenas había tocado desde el llavero de gatito.

​ㅡUn par ㅡmintió a mediasㅡlas que tenían mi ropa y los regalos de Navidad de papá y mamá. El resto... el resto están en un estado de superposición cuántica. Si no las abro, su contenido sigue existiendo en el pasado.

​Hayle soltó un soplido nasal que pretendía ser una risa.

​ㅡ¿Y hiciste nuevos amigos? ㅡinsistió, cambiando de información, aunque la supiera, reafirmaba.

ㅡ​Un par. Tan raros como yoㅡHazael visualizó el rostro de Charlie y su obsesión por la estética-.ㅡ Pero hay uno que tiene tu actitud, se llama Charlie. Es ruidoso, dramático y cree que el mundo es su pasarela personal, aunque tu eres muchísimo más inteligente. Te agradaría.

ㅡ​Entonces invítalos a mi fiesta ㅡmurmuró Hayle, aferrándose a la sábana.

​Hazael soltó una risa seca, revisando de nuevo el termómetro, 38° grados.

​ㅡYo diría que no estarías aquí para verlos, por culpa de esa fiebre. ¿Qué harás? ¿Estarás en la fiesta en espíritu?

​Hayle rió, un sonido débil pero auténtico que iluminó por un segundo su rostro pálido. Estornudó de repente.

​ㅡLo mínimo. Si no, como los zombis, cruzando ambos mundos porque dejé cosas pendientes. No puedes dar una fiesta de reinado sin la reina, Hazael.

​Hazael se quedó mirándola, fascinada por la facilidad con la que su hermana hablaba de lo invisible.

​ㅡ¿Y cuáles serían las cosas pendientes de una pequeña como tú?ㅡpreguntó, bajando el tono de voz.

​Hayle se quedó pensativa, dejando que su mirada se perdiera en las sombras del techo antes de volver a clavarse en Hazael con una intensidad que no era producto de la fiebre.

​ㅡNo lo sé... ㅡsusurróㅡPero tú serías una de ellas. Me dolería dejarte, Hazael. Eres parte de mi todo.

​El sistema de Hazael experimentó un error de lectura, la fragilidad honesta de su hermana siempre surtía el mismo efecto, dejarla sin palabras y conmovida. No había una fórmula para responder a eso. Se limitó a apretarle la mano, sintiendo el calor excesivo de su piel, y por un momento, Ottawa dejó de sentirse como un desierto de hielo y cajas cerradas. Y sonrió verdaderamente.

​El roce de la puerta contra la alfombra anunció a Alice antes de que su sombra se proyectara sobre la cama de Hayle. Entró con una bandeja de madera que sostenía un tazón de caldo humeante, una compresa fría y un par de pastillas para combatir el virus, moviéndose con esa eficiencia silenciosa que Hazael siempre había intentado codificar sin éxito.

Alice Mckee solía ser como la gravedad. Su presencia suele traer consigo el recordatorio de las responsabilidades y el orden que mantiene a la familia McKee funcionando, incluso cuando se están mudando de alma.

​Alice miró a sus dos hijas: una sepultada en sábanas y la otra sentada con la rigidez de un centinela.

ㅡEscuché algo sobre "zombies" y "reinas tiranas" desde el pasillo ㅡdijo Alice, dejando la bandeja en la mesa de noche con un clic secoㅡ Supongo que la fiebre ya alcanzó la fase de delirio. ¿Ya hablo de unicornios?

Hazael negó con la cabeza y ofreció una media sonrisa.

​ㅡHayle cree que soy una de sus "cosas pendientes" sí llegase a morir ㅡrespondió Hazael, recuperando su tono neutro aunque sus dedos aún rozaban la mano de su hermana y está la apretó con fuerza bajo las sábanas ㅡTípico de su egocentrismo de paciente.




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