Hazael: La chica de ensueño

X: Cuando Ottawa abre una caja

Las palabras de Alice seguían rodando en la cavidad de su cráneo como canicas de vidrio en un frasco vacío, como un susurro elocuente en el oído. Era una teoría hermosa, casi poética, hasta mística para alguien como su madre, pero Hazael sabía que la gravedad en Ottawa funcionaba de forma distinta, la fluidez sin curso no llegaba a ningún lado y aquel razonamiento, le aterraba. Por ello, la gravedad no le mantenía en el suelo; le empujaba contra las paredes de los pasillos de la preparatoria, le asfixiaba con el olor a cera de piso barata y le obligaba a participar en una coreografía social que ella no había ensayado. Por lo mismo, vivía en ese combate de guerra.

​Era otro lunes cualquiera, con manzana rojiza en la mano izquierda pero las diferencias notables se manifestaban en la frecuencia del aire. El frío de la mañana no era el hielo cortante de Winnipeg que le obligaba a pedir perdón por existir; era un frío de laboratorio, de aire acondicionado industrial y cielo de un azul tan perfecto que parecía renderizado por una computadora de última generación. Y por alguna extraña razón, extraño el olor a muelle de su antigua ciudad.

​Hazael se detuvo frente a su taquilla. El metal grisáceo, marcado por años de pegatinas arrancadas y golpes de adolescentes frustrados, parecía una barrera de contención aunque solo hubiera adentro un par de libros y una pegatina de Hayle. Al introducir la clave y girar la perilla, el mecanismo soltó un quejido seco que resonó en el pasillo semivacío.

​Allí estaba. Por tercera vez en siete días.

​Una bolsa de papel madera, ligeramente húmeda en la base, contenía tres recipientes de jugos sintéticos. Eran de esos que se venden en la cafetería por un precio ridículo, llenos de colorantes que prometían energía pero solo entregaban una taquicardia azucarada. Al lado, una nota escrita en un papel rosa neón con una caligrafía que solo podía pertenecer a Charlie: ruidosa, llena de bucles innecesarios y con una estrella en lugar de punto sobre la "i".

​"Hazael: La hidratación es el 70% de la victoria. No nos odies por ser persistentes, odiamos nosotros mismos por ser tan lentos en entenderte. Bebe esto y come algo sano. - C. (y el arrepentido de Mark)"


Observó los líquidos de colores radioactivos, naranja químico, rosado eléctrico y un verde que recordaba sospechosamente al anticongelante del laboratorio de química. Eran jugos de disculpa. Jugos de tregua.

​En Winnipeg, las disculpas sabían a sándwiches de pavo y a silencio prolongado. En Ottawa, sabían a fructosa y marketing.

​Sintió un impulso repentino de tirarlos a la basura, de cerrar la caja que Ottawa estaba intentando abrir a la fuerza, no obstante, se contuvo apretando la envoltura. Charlie y Mark estaban usando una táctica: si no podían entrar por la puerta principal de su cinismo, intentarían colarse por las grietas de su sed, tocar la puerta por lo mínimo. Sin embargo, no pudo evitar recordar el apretón de manos de su madre la noche anterior.

ㅡSolo debes ser tú en la mayor expresión...ㅡ Repitió para sí misma mirando los pequeños jugos ㅡ Además compraron el que más me gusta...

Hizo una expresión de ternura, y la curva de una sonrisa ladeada, estaban siendo tiernos, dulces como los niños boyscout cuando venden galletas, acarició la envoltura con la taquilla abierta. Hazael sacó el llavero de gatito del fondo de su chaqueta de mezclilla, estaba un poco despintado.

Recordó el día que lo compraron en esa tienda de antigüedades en Winnipeg, riéndose de lo absurdo que era. Kennedy le había dicho que era un 'amuleto de sincronización': mientras ella lo tuviera, sus órbitas nunca se separarían. Había sido una promesa matemática, una mentira piadosa que ella había aceptado como una verdad absoluta. Ahora, el gatito de metal se sentía frío, un recordatorio de que, en el mundo real, las órbitas se rompen y los pactos también. Y múltiples preguntas le cuestionaron en el momento:

​¿Y quién era Hazael McKee en su mayor expresión? ¿Una máquina de desprecio o alguien que podía aceptar un jugo sin sentir que estaba vendiendo su alma al sistema de la popularidad? ¿Se estaba haciendo en Ottawa una caja al lado de Winnipeg? ¿Se sentía usada? ¿Mal? ¿O estaba siendo estúpida en no querer adaptarse? ¿De extrañar como lo hacía?

​Cerró la taquilla con un golpe más fuerte de lo necesario, dejando dos de los jugos dentro. No los tiró. No los bebió. Los dejó en superposición cuántica, igual que sus cajas en casa.

La actividad física siempre se había vuelto una cuestionamiento existencial para ella, el purgatorio de la lógica y el recordatorio de que, a pesar de su intelecto, seguía atrapada en un envase de carbono propenso al sudor y a la fatiga, expuesta a dolores en músculos que no sabía que existían. El olor a sudor rancio, desinfectante barato y caucho quemado era la banda sonora olfativa de los pasillos cercanos al gimnasio mientras el uniforme -unos pantalones cortos que le quedaban ligeramente grandes y una camiseta blanca con el escudo de la escuela- la hacía sentir despojada de su armadura a pesar de tenerlo en las manos. Sin sus capas de ropa de invierno, sin sus libros como escudo, solo le quedaba el sarcasmo y la mala cara.

Para Hazael, una pérdida de tiempo donde la cinética se aplicaba de forma bruta y sin elegancia, prefiriendo la teoría que la práctica, todas las veces que lo pensaba. ​Caminaba con el uniforme de gimnasia doblado bajo el brazo, esquivando el tráfico de estudiantes que regresaban a la civilización y negándose el hecho del entusiasmo deportivo. Al doblar la esquina de los vestidores, la inercia hizo su trabajo, de manera práctica.

​Un muro de calor, tela de poliéster y el aroma punzante de agua y jabón, la detuvo en seco. O más bien, la hizo rebotar, la fuerza del impacto contra un cuerpo hizo que el jugo cayera al suelo. ​Él estaba allí, bloqueando el tránsito. Kelvin venía saliendo de las duchas, con la cabellera húmeda con el torso apenas cubierto por una camiseta de entrenamiento empapada que se le pegaba a la piel y una toalla blanca al cuello. Su calor corporal era una invasión en el espacio refrigerado del pasillo, exhibiendo esa sonrisa de "dueño del instituto" que Terrence pulía en el club de debate, pero que en Kelvin era puramente animal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.