Hazbin hotel Au: El pecado del sufrimiento

capitulo 7

Baxter ajustó el último engranaje del casco con una precisión casi obsesiva. El metal respondió con un clic limpio y exacto, un sonido breve que se perdió entre el zumbido constante del laboratorio. Las lámparas blancas proyectaban reflejos fríos sobre las mesas saturadas de herramientas, planos y cables que aún conservaban el calor de horas de trabajo.

Se quitó los guantes con calma, dejó escapar un suspiro apenas audible y se pasó un paño por las manos, manchándolo de grasa oscura. Al salir, el pasillo lo recibió con una iluminación rojiza y pulsante: tubos de neón que latían como venas artificiales, bañando las paredes metálicas en sombras largas y distorsionadas.

—Ishnofel —dijo, práctico, sin elevar la voz—. El casco está listo.

La puerta se abrió con un siseo hidráulico, lento y deliberado. Ishnofel apareció recortado contra la luz del laboratorio. Tomó el casco y lo evaluó apenas un segundo; sus dedos recorrieron la superficie como si reconocieran cada tornillo, cada soldadura. Luego se lo colocó con un gesto firme, definitivo.

—Gracias —respondió.

No había emoción en su voz, pero sí una honestidad desnuda, áspera como el acero. Baxter asintió. Entre ellos, el silencio siempre había sido suficiente.

Ishnofel se encaminó hacia la entrada principal. Su paso era constante, medido, y cada pisada parecía imponer orden al edificio, como si la estructura misma se alineara a su alrededor.

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El bar de Husk vibraba con un murmullo denso y cansado. El aire olía a alcohol viejo, humo y madera húmeda. Risas apagadas se mezclaban con el choque irregular de vasos y una música gastada que se arrastraba desde un tocadiscos antiguo. Ángel Dust y Cherry Bomb bebían sin entusiasmo, más por costumbre que por placer.

—¡Ey, grandote! —gritó Ángel, alzando el vaso cuando vio pasar a Ishnofel—. ¿Una copa para animar la noche?

Antes de que Ishnofel siquiera girara la cabeza, Husk negó desde la barra, secándose las manos con un trapo manchado.

—Ni lo intentes, Ángel. Ese tipo no toma.

Cherry Bomb arqueó una ceja, apoyándose contra la barra, curiosa.

—¿Y tú desde cuándo conoces tan bien al sufrimiento con patas?

Ángel se encogió de hombros.

—No somos amigos ni nada… pero me cae bien. Dijo que si Valentino vuelve a joderme, se mete él.

Husk apoyó los codos en la barra, limpiando un vaso con movimientos lentos, casi meditativos.

—A veces hablamos de noche —añadió—. No es tan frío como parece. Solo… carga demasiado y no sabe dónde dejarlo.

Ishnofel no reaccionó. Permaneció junto a la entrada, erguido e inmóvil, atento a cada ruido, a cada respiración ajena. Una sombra consciente, vigilante.

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Sintió la presencia antes de verla. Charlie apareció a su lado con pasos suaves y, sin decir palabra, dejó una botella de agua en el suelo, junto a su bota. El gesto fue sencillo, casi tímido, pero cargado de intención.

Ishnofel bajó apenas la mirada.

—Gracias, princesa —murmuró, como si el aire le arrancara la palabra del pecho.

Vaggie observó la escena desde unos pasos atrás. El ceño fruncido, la mandíbula tensa.

Ishnofel no la miró. No por desprecio, sino porque no la necesitaba en su campo de visión. La respetaba únicamente por lo que representaba para Charlie.

—¿Piensas quedarte ahí plantado todo el día? —preguntó Vaggie, cortante.

—Es mi función —respondió él, sin apartar la vista del frente.

—La que protege a Charlie soy yo, no tú.

Algo se cerró en los ojos de Ishnofel. No fue ira. Fue una compuerta.

—No estás preparada —dijo—. Eres débil.

El aire se volvió pesado, cargado. Vaggie apretó los dientes y reaccionó antes de pensarlo, lanzándose con la lanza.

No hubo choque. Solo un sonido seco, áspero, como metal arrastrándose sobre piedra antigua.

Cadenas infernales brotaron de las manos de Ishnofel. Ardían con un resplandor oscuro y se cerraron alrededor del cuello de Vaggie. Ella forcejeó; el aliento se le cortó mientras el suelo vibraba bajo sus rodillas.

—Te advertí —dijo él, con una calma glacial—. No tolero la imprudencia… ni la rebeldía.

Ella intentó responder. No pudo.

—Si no fueras importante para Charlie —continuó—, ya estarías muerta.

—¡Ishnofel! —la voz de Charlie tembló, quebrándose—. Por favor… suéltala.

Las cadenas se disiparon como humo caliente. Ishnofel empujó a Vaggie lejos. Ella cayó de rodillas, tosiendo, aferrándose al suelo como si este fuera lo único real.

—Nunca debimos compartir este lugar —sentenció él—. Fue un error.

Se dio la vuelta y se marchó. El hotel quedó suspendido en un silencio incómodo, espeso, como si incluso las paredes contuvieran la respiración.

Charlie se arrodilló junto a Vaggie.

—¿Estás bien?

—Sí… —respondió ella con dificultad—. Solo… dame un segundo.

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La habitación de Ishnofel lo recibió con penumbra. Cortinas gruesas filtraban una luz mortecina, azulada. Cerró la puerta con cuidado, sin necesidad de fuerza, como si cualquier ruido fuera superfluo. Se sentó en la cama; el colchón crujió bajo su peso. Apoyó los codos en las rodillas y dejó el casco a un lado, donde el metal capturó un reflejo apagado.

El cansancio no llegó de golpe. Se filtró lentamente, como agua entre grietas. Y con él, una fisura en su mente.

El olor del metal dio paso, sin aviso, a hierba húmeda y concreto caliente.

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Parque de San Miguel, Lima.

El aire estaba tibio. El rumor distante del tráfico se mezclaba con el canto de los pájaros y el crujir de las hojas bajo los pasos ajenos. Sumaq estaba sentado en una banca de madera gastada, observando a una joven que lloraba en silencio. No sollozaba. No hacía ruido. Pero su tristeza ocupaba demasiado espacio.

Debe doler mucho… pensó. Nadie se rompe así sin motivo.

Ella acababa de salir de una relación que la había dejado vacía. El mundo seguía girando, indiferente, pero ella no.



#628 en Fanfic

En el texto hay: redención, hotel, hazbin

Editado: 04.02.2026

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