Hazbin hotel: El pecado del sufrimiento

Capítulo 2

Los días siguientes en el Hazbin Hotel transcurrieron envueltos en una calma incómoda, de esas que no traen paz, sino expectación. El atardecer teñía los ventanales del vestíbulo con un rojo espeso, casi sangriento, mientras el humo del incienso se mezclaba con el aroma persistente del café recién hecho. El hotel respiraba… y observaba.

Ishnofel caminaba por los corredores sin prisa, el eco de sus pasos golpeando el mármol como un recordatorio constante de su presencia. Las miradas se clavaban en él: algunas cargadas de miedo, otras de desprecio. Nadie se molestaba en disimularlo.

Solo dos personas parecían no retroceder ante su sombra.

Lucifer, apoyado con elegancia contra una columna, lo observaba con una calma inquietante. A su lado, Charlie sostenía una taza humeante entre las manos.

—Déjalo quedarse, cariño —dijo Lucifer con su tono suave—. Hay más en él de lo que todos creen. Aunque intimide… carga un dolor antiguo. Uno que no se borra con gritos ni amenazas.

Charlie asintió lentamente, mirándolo con esa ternura obstinada que la caracterizaba.

—Lo sé, papá. Cuando lo miro… no veo solo un demonio.

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En la sala común, el ambiente era muy distinto.

Alastor se encontraba sentado con la espalda recta, sonrisa intacta. Vaggie caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados, visiblemente incómoda. Husk bebía sin levantar demasiado la vista. Ángel Dust y Cherry Bomb compartían risas nerviosas, mientras Niffty limpiaba compulsivamente un mismo punto del suelo.

—No entiendo qué ve Lucifer en él —murmuró Vaggie—. Ese tipo es un monstruo.

Ángel Dust chasqueó la lengua.

—Me da más miedo que Valentino… y eso ya es decir mucho.

Husk soltó un gruñido, alzando su vaso.

—No confío en nadie que camine como si el mundo le debiera algo.

Niffty, sin dejar de limpiar, susurró:

—Es… aterrador…

Alastor dejó escapar una risa baja, casi musical.

—Oh, mis queridos amigos… no es terror lo que emana de él. Es algo mucho más exquisito. Ese demonio es el sufrimiento hecho forma.

Desde el pasillo contiguo, oculto tras la penumbra, Ishnofel escuchó cada palabra.

Y algo dentro de él crujó.

La palabra monstruo resonó en su mente como un golpe seco. El murmullo colectivo se transformó, poco a poco, en risas lejanas… infantiles.

El calor del hotel desapareció por un instante, sustituido por un sol abrasador y un patio de tierra seca.

Vio mochilas viejas, zapatos gastados… y escuchó voces.

—Débil.

—Raro.

—Nadie te quiere cerca.

Sus manos se cerraron lentamente. El mármol bajo sus pies ya no estaba allí. En su lugar, sentía el polvo del suelo escolar de Lima pegándose a sus rodillas. Recordó cómo se abrazaba a sí mismo, cómo deseaba desaparecer.

Un parpadeo bastó para traerlo de vuelta.

Ishnofel se enderezó, respirando con dificultad, y continuó caminando hasta el patio principal del hotel.

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Allí, la escena era casi cruel.

Lucifer reía abiertamente mientras sostenía un pequeño pato de hule que escupía diminutas llamaradas.

—Mira, Charlie. Lo mejoré —dijo—. Ahora también salta.

El pato rebotó en el césped, dejando un olor leve a ceniza. Charlie aplaudió, con los ojos brillantes.

—¡Es perfecto, papá!

El sonido de su risa fue el detonante final.

El pecho de Ishnofel se tensó. Esa risa… esa calidez… le recordaba algo que ya no existía.

El olor a césped se mezcló con otro aroma: pan recién horneado.

Sintió unos brazos rodearlo.

—Hijo mío… siempre te protegeré.

La voz era suave, firme. El recuerdo de Rosita. Su madre. El único lugar donde el mundo no dolía.

Ishnofel giró el rostro, apretando los dientes. El pato volvió a saltar y el sonido del fuego lo devolvió al presente como un latigazo.

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Niffty cruzó corriendo el patio, limpiando con frenesí. El brillo que dejaba tras de sí le recordó otra escena: una habitación modesta, una ventana abierta, la brisa de la tarde.

Un niño dormía profundamente, confiado.

No importa si es niño o niña… solo quiero protegerlos.

El pensamiento volvió solo, sin permiso.

Ishnofel cerró los ojos un segundo más de lo debido.

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Una carcajada explotó cerca.

—¡Mira esto, perra! —gritó Cherry Bomb.

La pequeña bomba estalló con un chisporroteo. Olor a pólvora. Risas.

El sonido seco lo transportó a otra risa, distinta. Más libre.

Un balón rodando por la calle mojada. El reflejo del sol en los charcos. César gritándole que el gol no valía.

Empujones. Caídas. Risas verdaderas.

El recuerdo se quebró cuando escuchó un susurro cerca.

—No sé qué haría sin ti…

Charlie y Vaggie se abrazaban bajo la luz anaranjada del atardecer. El beso fue suave, honesto.

Y devastador.

El vacío se abrió por completo.

El aroma de flores invadió su mente. Un jardín. Una tarde cálida.

—No puedo esperar a tener hijos —decía ella, sonriendo.

Eliana.

—Te amo… siempre —respondía él.

El recuerdo no fue amable esta vez. Fue un golpe directo al alma.

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Ishnofel retrocedió un paso. Luego otro.

Se refugió en una esquina apartada del patio. Sus manos temblaban cuando se llevó ambas al casco.

Por un instante, lo retiró.

El rostro que quedó al descubierto no era el de un demonio. Era el de un hombre agotado, con ojos marcados por el dolor de demasiadas vidas perdidas.

—Te extraño… —susurró, casi sin voz.

El humo, los aromas, las risas… todo giraba a su alrededor.

Volvió a colocarse el casco con un movimiento seco.

La máscara cayó de nuevo.

El demonio del sufrimiento permanecía en pie.

Pero el eco del hombre que fue… jamás se había ido.



#429 en Fanfic

En el texto hay: redención, hotel, hazbin

Editado: 17.12.2025

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