El vestíbulo del hotel reposaba en una calma engañosa. Las luces rojizas parpadeaban con una cadencia irregular, proyectando sombras largas sobre el mármol agrietado del suelo. A lo lejos se filtraban risas apagadas, el murmullo de conversaciones inconclusas y el tintinear ocasional de vasos provenientes del bar. El aire olía a alcohol rancio, humo dulce y algo metálico que nunca abandonaba del todo aquel lugar.
Ishnofel permanecía inmóvil, vigilando. Su figura parecía tallada en la penumbra, como una estatua olvidada por el tiempo. Para él, las horas no tenían peso ni forma; ni siquiera notó el vacío creciente en su interior, la señal silenciosa de que llevaba demasiado tiempo sin alimentarse.
Desde el otro extremo del vestíbulo, Charlie lo observaba. Su postura rígida, la manera en que su mirada atravesaba el espacio sin fijarse en nada concreto… algo no encajaba. Dudó unos segundos, apretando la bandeja entre las manos, pero al final hizo lo que siempre hacía cuando percibía que alguien se estaba rompiendo en silencio: actuar.
Avanzó despacio, con pasos cuidadosos que apenas resonaron sobre el suelo frío. La luz se reflejó en la bandeja de comida mientras se acercaba, procurando no sobresaltarlo.
—Oye… traje algo para que comas —dijo con suavidad, casi como si temiera que una palabra más alta pudiera quebrarlo—. No puedes quedarte aquí sin comer todo el día.
Ishnofel reaccionó apenas; giró el rostro lo justo para reconocerla. Sus ojos, opacos y cansados, se encontraron con los de ella.
—Gracias… princesa —respondió, con una formalidad antigua, gastada por siglos de uso.
Charlie soltó una pequeña risa nerviosa, rompiendo un poco la tensión que flotaba entre ambos.
—No hace falta que me llames así. Charlie está bien.
Él la observó con detenimiento, como si pesara cada sílaba antes de permitirle existir.
—Eres la heredera del Infierno —replicó—. Llamarte de otra forma sería una falta de respeto.
El silencio volvió a asentarse entre ellos, denso pero no hostil. Charlie inclinó ligeramente la cabeza, estudiándolo. No había soberbia en su voz, sino una distancia aprendida… una barrera levantada a fuerza de golpes.
—Sabes… —dijo al fin— no tienes que cargar con todo tú solo. Aquí todos estamos rotos de alguna manera. No eres tan diferente.
Ishnofel dejó escapar una risa breve, seca, que se perdió entre los ecos del vestíbulo.
—No —respondió—. Ustedes todavía son… personas. Con defectos, sí, pero vivos por dentro. Yo no.
El parpadeo de las luces pareció sincronizarse con su pausa. El peso de sus propias palabras cayó lentamente, como ceniza.
—Para la mayoría, solo soy un monstruo. Y si nadie confía en mí… ¿por qué debería confiar yo en ellos?
Charlie sintió un nudo cerrarse en su pecho. Quiso contradecirlo, pero la resignación en su tono la detuvo.
—Vuelve a tu habitación, princesa —añadió él, con una suavidad forzada—. Es tarde. No es seguro que estés aquí.
Charlie obedeció, aunque a regañadientes. Antes de irse, se volvió una última vez. La luz rojiza delineó su sonrisa sincera.
—Yo sí confío en ti —dijo—. Y no pienso cambiar de opinión.
Cuando se marchó, sus palabras no se disiparon. Permanecieron flotando en el aire viciado… y, sin quererlo, también en la mente de Ishnofel.
El recuerdo de Eliana emergió con una claridad dolorosa. Su voz, su mirada, diciéndole exactamente lo mismo incluso cuando él ya no podía sostenerse a sí mismo.
Permaneció allí unos minutos más, atrapado entre el pasado y el presente, hasta que un cambio brusco en el ambiente lo devolvió a la realidad. La puerta del bar se abrió de golpe, dejando escapar música distorsionada, risas estridentes y una nube de humo espeso. Ángel Dust entró riendo, seguido de Valentino.
La sonrisa de Ángel… demasiado amplia, demasiado tensa. Ishnofel la reconoció al instante.
Sin pensarlo demasiado, avanzó.
—¿Todo bien?
Ángel alzó la mirada, sorprendido por la franqueza. Husk deslizó una bebida por la barra mientras Ishnofel tomaba asiento a su lado, como si aquel gesto fuera lo más natural del mundo. El bar vibraba con ruido, pero entre ellos se formó una burbuja incómoda.
—Bueno, esto es nuevo —dijo Ángel, recuperando su exagerada sonrisa—. El señor del sufrimiento socializando.
Lo recorrió de arriba abajo. —Dime, guapo… ¿esos cuernos vienen con funciones especiales?
—No actúes conmigo —respondió Ishnofel sin alterarse—. Sé que estás sufriendo. Y sé que quieres salir de ese contrato.
La sonrisa de Ángel se congeló. El ruido del bar pareció alejarse.
—¿De qué demonios hablas…? —murmuró.
—Hablo de estar atrapado —continuó Ishnofel—. De sentir que no te perteneces. De que alguien te use y te haga creer que no tienes salida.
Ángel apartó la mirada, los dedos apretando el vaso.
—Escúchame bien —añadió Ishnofel, inclinándose apenas—. Si Valentino vuelve a tocarte sin tu consentimiento… dímelo.
Sus ojos brillaron con una calma peligrosa.
—No volverá a hacerlo dos veces.
Se levantó sin esperar respuesta y salió del bar, dejando tras de sí un silencio pesado, casi reverente.
Husk observó a Ángel unos segundos más, luego se sirvió otra bebida y murmuró, mientras el ruido regresaba poco a poco:
—Después de todo… creo que ese tipo no es el monstruo que todos dicen.
Editado: 09.01.2026