Un día, Ishnofel, en su papel de representante directo de Lucifer Morningstar, asistió a la reunión anual de los Pecados Capitales. El salón del consejo, vasto y oscuro, estaba iluminado por antorchas flotantes que proyectaban sombras que danzaban como espectros sobre las paredes negras de ónix. Su sola presencia parecía absorber la luz, incomodando a Mammon, Leviatán y Satán, mientras Asmodeo, Belphegor y Beelzebub lo recibieron con una mezcla curiosa de respeto y expectación.
—Buenas tardes —saludó Ishnofel al tomar asiento—. Veo que todos siguen… vivos.
Beelzebub esbozó una leve sonrisa.
—Siempre tan cordial, Ishnofel. ¿Todo en orden con el Rey?
—Mientras el infierno siga en pie, sí —respondió él, tono neutro, como si no le afectara la tensión que flotaba en la sala—. Aunque algunos parecen disfrutar demasiado de la histeria.
Satán frunció el ceño, sus escamas ardientes irradiando un calor sofocante, haciendo que el aire se ondulara a su alrededor.
—No entiendo por qué permitieron que esto suceda —gruñó—. No pertenece a este consejo.
Ishnofel giró apenas el rostro hacia él, su calma cortante como un filo.
—Estoy aquí porque represento a Lucifer Morningstar. Eso debería bastar.
Satán se incorporó bruscamente, el suelo temblando bajo sus pies.
—Yo soy el segundo al mando de este infierno —rugió—. No tengo por qué aceptar órdenes de un impostor.
—Curioso —replicó Ishnofel con frialdad—. Para alguien que presume tanto de poder, has hecho muy poco últimamente… ejecutar Imps no cuenta como liderazgo.
Mammon soltó una carcajada que resonó como un trueno metálico.
—Vaya, vaya… este tipo sí sabe provocar.
Ishnofel lo miró de reojo, sus ojos brillando con un resplandor espectral.
—Lo dice quien mide su valía en monedas —comentó—. Bastante predecible.
La sonrisa de Mammon se ensanchó, y un chispazo de emoción lo recorrió.
—Oh, me agrada. Habla como si no pudiera morir.
Satán ya no escuchaba. Con un rugido que sacudió los cimientos del salón, lanzó un golpe directo que impactó de lleno en Ishnofel, enviándolo a través de una pared de piedra ennegrecida. El aire estalló con un crujido y polvo flotó en remolinos, mientras fragmentos de roca caían a su alrededor.
—¡Satán! —gritó Asmodeo—. ¡Contrólate!
Pero la pelea ya estaba desatada. Mammon se lanzó por puro entretenimiento, su risa resonando como campanas quebradas, golpeando a Ishnofel con uno de sus brazos, mientras la atmósfera se cargaba con un zumbido eléctrico.
—Vamos, representante… ¡hazlo interesante!
Desde las sombras, Leviatán avanzó, sus dos rostros reflejando celos y desprecio; el suelo se resquebrajaba bajo su peso.
—Siempre en el centro de atención… —susurró antes de atrapar a Ishnofel con su cola, estrellándolo contra el suelo con un estruendo que hizo vibrar las paredes—. No eres invencible.
Ishnofel se incorporó lentamente, el casco agrietado y el aliento nublado de sangre y polvo. Respiró hondo y dejó que un resplandor tenue emanara de sus ojos.
—Tres contra uno… —dijo, limpiándose la sangre con la palma—. Admito que esperaba menos creatividad.
—¡Te voy a despedazar! —bramó Satán.
El siguiente impacto destrozó parte del casco y arrancó una de sus alas; el aire se llenó del silbido de la carne y metal. Mammon intentó perforar su armadura, pero Ishnofel reaccionó con velocidad sobrehumana: un solo golpe directo al rostro lo envió volando, escupiendo sangre y cayendo entre escombros.
—Au… —murmuró Mammon, divertido incluso en el suelo.
Leviatán rasgó la armadura con sus garras, un chillido metálico que resonó en todo el salón, pero Ishnofel se liberó con un movimiento seco, lanzándola contra una columna que estalló en pedazos. Sus heridas empezaron a cerrarse ante la mirada incrédula de sus enemigos, como si la oscuridad misma lo curara.
—¿Ves? —dijo Ishnofel, avanzando con paso firme, el suelo temblando bajo cada pisada—. El dolor no me debilita. Me define.
En cuestión de segundos, derribó a Satán con un golpe giratorio que lo hizo rodar hasta el borde del salón, tumbó a Mammon otra vez y dejó a Leviatán inmovilizada bajo un bloque de escombros. Satán cayó de rodillas, exhausto, su respiración convertida en un rugido apagado. Ishnofel, con medio casco destruido, se dio media vuelta y salió de la sala como si nada hubiera pasado, dejando un eco de miedo y respeto.
Horas después, llegó al Hazbin Hotel. La luz cálida del atardecer entraba por los ventanales, contrastando con la violencia que había dejado atrás.
—¡Ishnofel! —exclamó Charlie al verlo—. ¿Qué te pasó?
—Nada importante —respondió él con calma—. Solo una reunión productiva.
Se dirigió directamente al laboratorio de Baxter y dejó el casco sobre la mesa con un golpe seco.
—Arréglalo —ordenó—. Y no se lo menciones a nadie.
Baxter tragó saliva, contemplando los daños.
—Y-yo… ¿para cuándo lo necesita?
—Antes de que termine el día —añadió Ishnofel, inclinándose ligeramente—. Si aprecias seguir respirando.
Baxter asintió de inmediato. Mientras trabajaba, no pudo evitar quedarse inmóvil al notar lo que había detrás del casco roto: un fragmento de esencia negra, como un corazón de sombra palpitante.
Ishnofel se detuvo un segundo, su mirada fría como el acero atravesando la penumbra.
—No preguntes —dijo sin voltear—. Hay verdades que pesan más que la muerte.
Editado: 09.01.2026