Blair
Acababa de ducharme y había decidido abrir el móvil después del día tan liado que había tenido. Sabía lo que me esperaba al otro lado de la línea.
Mi padre.
Cuando la pantalla brilló con la llegada de más de veinte mensajes, ya que había estado sin conexión, supe de quién eran sin siquiera mirar el nombre o el número.
‹‹— ¿Quién cojones te crees que eres?
—Cuando llegues a casa, te mataré.
—Seguro que estás por ahí, abriéndote de piernas a cualquiera, como hizo tu hermana.
—No volverás a salir de esta casa.
—Cuando vengas embarazada, llorarás por lo mal que lo pasarás.
— No sirves para nada si no estás conmigo.››
Joder.
Una parte de mi, la que aún tenía la miserable esperanza de que mi padre cambiara, esperaba que esos mensajes hubieran sido de preocupación. Pero, preocupación real. La de un padre con su hija. Su propia hija.
"No voy a dejar que esto me afecte, ya soy libre", me dije a mí misma, convenciéndome de que ya no tenía nada que ver con la horrible persona la cual no merecía el título de padre.
Decidí dejar el móvil en la mesita de noche y ir hacia el tocador para prepararme.
Eran las 20:00 y Eliana, antes de desaparecer por la puerta hace un par de horas, me dijo que cuando bajara a cenar ya fuera vestida para esta noche. Íbamos a salir de fiesta y me había asegurado a mí misma que nadie —ni siquiera mirar padre— me arruinaría la noche.
Caminé hacia el tocador, donde antes de ducharme había acomodado mi maquillaje. No me iba a maquillar mucho, ya que no me gustaba ir tan cargada. Con un poco de corrector, bronzer y máscara de pestañas iría bien. Eso mismo hice, y cuando estuve satisfecha con el resultado, pasé al pelo. Me solté la mata de pelo castaño que llegaba hasta la mitad de la espalda, todavía mojada. Menos mal que todavía no me había vestido, toda la ropa se habría arruinado. Cogí el secador y la plancha de pelo, que seguían en el fondo de mi mochila. Me sequé el pelo y, con la plancha, me hice unas ondas. Me gustaba como me veía.
Solo habían pasado unas semanas desde el final del verano y mi piel todavía tenía un tono moreno, cortesía del sol veraniego. Me quedaba bien este tono de piel comparado con el pálido que solía tener durante el invierno.
Tenía muy claro lo que me iba a poner; en el fondo de mi armario de mi antigua casa guardaba un vestido negro. Era corto, con las mangas largas y los hombros al descubierto. Estaba a punto de no traerlo, ya que la única vez que me lo puse, mi padre se puso histérico. Era la ocasión perfecta para volver a lucirlo. Decidí combinarlo con unas botas negras, de tacón. Nunca las había utilizado, pero me encantaban.
Me lo puse sin pensarlo demasiado y me coloque unas cuantas joyas doradas. Un par de anillos y un collar ya me iban bien para esta noche.
Me mire en el espejo y me eché un repaso. Me gustaba como me veía, sin duda. No era una persona insegura, pero, solo tenía una inseguridad. La pequeña cicatriz que tenía en la zona alta del muslo izquierdo, de nuevo, cortesía de mi padre. Con ese vestido apenas era visible, pero estaba.
Aparté el pensamiento con una profunda sensación en el estómago.
Finalmente, sin ganas de arruinarme el maquillaje, sali de la habitación.
Abajo me esperaba Eliana, que ya había preparado la cena. Era algo rápido, unos bocadillos de queso y un par de latas de Coca-Cola. Vi como iba vestida mi hermana.
Madre mía, la tía.
Eli era un pivón, y lo sabia perfectamente. Su cabello rubio oscuro caía sobre su espalda en un medio recogido. Se había puesto una falda corta de color marrón y un top negro con un poco de escote.
Vaya cabrona, estaba guapísima.
—Tia, ¿tienes hambre? —me dijo.
—¿Sinceramente? —pregunté. Cuando ella asintió, respondí— Lo único que me entra ahora es una cerveza.
—Joder, menos mal —respondió riéndose, antes de añadir— porque a mí también.
—Entonces, ¿estamos listas?
—Más que listas. —dijo, cogiendo las llaves de su coche del estante de la entrada.
Salimos de la casa y cerramos la puerta detrás nuestro.
Editado: 05.04.2026