Blair
Cuando abrí los ojos la mañana después de la fiesta, no podía estar más cansada.
Me dolían los pies —cortesia de las botas de tacón que decidí ponerme la noche anterior— y la cabeza me daba vueltas por todas partes.
Pero, pasaba algo. Cuando mi cerebro decidió funcionar y darse cuenta de que no estaba en mi habitación, me quedé en shock. A mí alrededor tenía a una de las chicas que conocí ayer —si no me equivocaba, se trataba de Hailey— y a cuatro chicos que me sonaban demasiado. Sabía que ayer estuvimos con ellos, pero no podía recordar más allá de que estuvimos hasta las tantas en el pub.
Estábamos la mayoria amontonados en un sofá de cuero, así que supongo que la casa —y el sofá— provenían de alguien con mucho dinero.
Cuando me giré, vi a uno de los chicos a mí izquierda. Era el más alto de todos, con un pelo castaño claro que tardaría en sacarme de la cabeza. Y, un detalle que simplemente no podía dejar pasar eran los malditos músculos que se formaban en su espalda. Joder, si que estaba bueno, el cabrón.
Mi curiosidad despertó al notar que Eliana, Ciara y Brooke no estaban con nosotros. Se escuchaban unas voces que provenían de lo que supuse que era la cocina. Me levanté y empecé a buscarlas.
Resultó que si que estaban en la cocina. Lo primero que vi fue como las tres chicas preparaban el desayuno como unas santas —míralas— ni siquiera se les notaba la de barbaridades que dijeron ayer mientras estaban borrachas.
—¡Mirad a quién tenemos por aquí! —le dijo Brooke a las chicas, dedicándome una sonrisa— parece que a parte de Hailey, hemos desbloqueado a la segunda Bella Durmiente del grupo.
Me reí ante sus palabras mientras me acercaba a ellas.
—¿Que cocináis? —pregunté, curiosa.
—Un intento de pancakes —me respondieron Ciara y Eliana al unísono, mientras luchaban contra la sartén donde cocinaban.
—¡Joder! El quinto que se nos pega —exclamo Ciara, mientras rascaba la masa que claramente se había quedado pegada en la sartén.
—A ver, dejadme ayudaros —dije, acercándome al fuego— ¿Le habéis echado mantequilla a la sartén, al menos?
—¡Mierda! —gritó Eliana, mientras reía— sabía que nos faltaba algo.
Se echó un mini sprint hacia la nevera, de donde sacó un pequeño pote de mantequilla. Cogió una cuchara y untó con ella en la sartén la mantequilla que había sacado del pote.
—¿Es tu casa? —le pregunté a Brooke, girándome sobre mis talones, para volver verla. Estaba cortando unas cuantas fresas, con las cuáles deducí que haría un batido más tarde.
—¿Mi casa? Que va, tía —me respondió riéndose, sin despegar su mirada de la tabla de cortar— es la casa de Matthew, el chico de pelo corto.
—Si, su novio —añadió Ciara.
—¡Que no es mi novio! —replicó Brooke, mientras sus mejillas se teñían de un tono rojizo fugaz.
—Sí, sí, lo que tú digas —volvió a responder la pelirroja, mientras me guiñaba el ojo— pero has estado en esta casa más veces de las que pueda recordar.
—Es solo porque su hermana y yo somos amigas, solo eso.
—Ya, bonita; dale que te pego con su hermanita. Tiene siete años, Brooke —respondió Ciara, riéndose casi a carcajadas.
—¿Y qué? La amistad no tiene edad —exclamó Brooke. Llegó un momento donde todas nos estábamos riendo de la tontería.
—La frase era "El amor no tiene edad", pero voy a dejarlo pasar, listilla. —dijo Ciara, antes de volver a preguntar— Ahora que lo pienso, ¿en qué curso están los chicos? ¿Segundo o tercero?
—Están en tercero, así que tampoco es tan mayor —se rió y, al ver que todas la mirábamos con ese tipo de mirada insinuante, replicó— pero no por nada, osea, obviamente me da igual que edad tenga. No me importa ¿verdad?
En ese momento exacto fue en el que todas estallamos en una carcajada, a la vez.
Seguramente eran las diez de la mañana, pero estas chicas hacían que la resaca, la cual vino gracias a las tres cervezas que me metí ayer entre pecho y espalda, se sintiera más ligera.
Las había conocido hacía menos de veinticuatro horas, pero no creo que mi celebro —ni mi corazón— las deje ir tan rápido. Antes de mudarme a Mothersand, cuando todavía vivía en Southpearl, nunca había experimentado lo que era una amistad. Una real, donde la conexión era mutua y se sentía desde el primer momento. Nunca había vivido ese tipo de amistad ni sabía cómo se sentía ese tipo de conexión, pero si no era como la que tenía con estas chicas, no la quería.
Me senté en un taburete de los que estaban cerca de la isla de la cocina mientras me reía, con falta de aire.
Era un lugar grande y espaciado, con una pared que era, entera, un ventanal que daba hacia la montaña. A saber cómo habíamos llegado hasta aquí, estando borrachos, pero, sinceramente, era un detalle que había decidido ignorar.
—¿Como cojones hemos llegado hasta aquí, ahora que lo pienso? —preguntó Ciara, leyéndome el pensamiento, mientras todavía rascaba la sartén.
—Sinceramente, solo me acuerdo de que Hugh llamó a un Uber —explicó Eliana— pero no me preguntéis como cupimos ni como el conductor nos dejó subirnos a los nueve en el mismo coche.
—Tal vez él iba igual de borracho que nosotros, quién sabe —inquirí con una sonrisa.
—Si, seguramente sería eso o que no le tenía suficiente aprecio a su carnet de conducir.
Justo en ese momento se volvió a abrir la puerta de la cocina. Se trataba de Matthew, el chico alto con pelo corto del que estábamos hablando hacía unos minutos.
—Buenos días, señoritas —saludó, directamente caminando hacia Brooke— ¿Que tipo de manjar hará que mi casa se incendie en llamas a primera hora de la mañana?
—Oye, que nosotras somos muy buenas cocineras —le respondió mi hermana, fingiendo estar ofendida.
—Yo nunca he juzgado vuestras cualidades culinarias, arquera —dijo, siguiéndole el juego. Levantó las manos, en son de paz.
—Hmm... Esto todavía está por verse —inquirió Brooke mientras se giraba, dejándolo a sus espaldas y volviendo a centrar su atención en las fresas.
Editado: 05.04.2026