Heavenly Apple Banquet

La manzana que no cayó

Hay cosas que los adultos no ven aunque las tengan frente a los ojos.

Por ejemplo: una manzana que sube.

No es que no puedan verla. Sus ojos funcionan bien, sus retinas capturan la luz, sus cerebros procesan las imágenes con eficiencia. El problema no es de visión. Es de dirección. Los adultos miran hacia adelante, hacia los costados, hacia el suelo cuando caminan con prisa. Pero casi nunca miran hacia arriba a menos que llueva, o que un avión haga ruido, o que alguien les diga que lo hagan.

Y así, durante siglos, miles de manzanas han estado subiendo hacia el cielo sin que nadie las vea.

Yo las vi por primera vez un martes por la tarde.

Tenía siete años, o quizás ocho. La edad no importa mucho en estas historias. Lo que importa es que estaba sentada en el jardín de mi abuela, mirando el manzano viejo que crecía en el rincón, y que de repente vi una manzana —roja, redonda, perfecta— desprenderse de su rama y subir.

No caer. Subir.

Como una burbuja de jabón, pero más lenta. Con más dignidad. Como si supiera exactamente adónde iba y no tuviera prisa por llegar.

Me quedé mirándola hasta que desapareció entre las nubes. Después corrí a buscar a mi abuela.

—Abuela, una manzana subió al cielo.

Mi abuela me miró con esa cara que ponen los adultos cuando están a punto de decir algo razonable.

—Las manzanas caen, mi amor. Es la gravedad.

—Esta subió.

—Habrá sido el viento.

—No había viento.

Mi abuela suspiró y me ofreció un vaso de leche. Eso hacen los adultos cuando no tienen respuesta: te ofrecen algo de comer o beber, como si el hambre fuera la causa de todas las confusiones.

Bebí la leche. Pero no me olvidé de la manzana.

Volví al jardín al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Me senté bajo el manzano y esperé con paciencia de pescadora. Mi abuela me miraba desde la ventana de la cocina con esa mezcla de ternura y preocupación que reservaba para las cosas que no entendía de mí.

Al cuarto día, cuando el sol ya empezaba a bajar y las sombras se hacían largas, vi otra.

Esta vez la seguí.

Atravesé el jardín de mi abuela. Salté la cerca pequeña. Crucé el camino de tierra. Entré al campo abierto donde la hierba llegaba hasta mis rodillas. Y seguí mirando hacia arriba, caminando entre las matas, tropezando una vez con una piedra pero sin dejar de mirar.

La manzana subía despacio. Muy despacio. Como si quisiera que yo la siguiera sin apuro. Como si hubiera esperado mucho tiempo que alguien la siguiera y no quisiera asustarme con prisa.

Llegué al borde del bosque.

Y allí, sentado sobre una roca plana con la cola envuelta alrededor de sus patas, había un zorro.

Era color ámbar, con el pecho blanco y los ojos de un amarillo tan claro que parecían dos semillas de limón. Me miraba como si me hubiera estado esperando toda la tarde. Como si llevar esperando toda la tarde fuera una cosa muy normal.

—Llegas tarde —dijo.

—No sabía que tenía que llegar —respondí.

El Zorro inclinó la cabeza.

—Nadie sabe que tiene que llegar. Y aun así, llegan.

Señaló hacia arriba con el hocico. La manzana seguía subiendo, ya era solo un punto rojo entre las nubes.

—¿Sabes adónde va? —preguntó.

—No.

—Al Banquete —dijo. Y en su voz, la palabra tenía el peso de algo muy antiguo y muy verdadero.



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En el texto hay: relato corto, fantastic

Editado: 26.05.2026

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