El Zorro se llamaba a sí mismo simplemente "el Zorro", con el artículo incluido, como si fuera un título. No era vanidad. Era precisión. Había muchos zorros en el bosque, me explicó, pero solo uno que supiera lo del Banquete.
—¿Y qué es el Banquete? —pregunté.
Él saltó de la roca y empezó a caminar en círculos lentos, como hacen los animales cuando están pensando en cosas que son demasiado grandes para quedarse quietos.
—¿Has notado alguna vez cuántas manzanas se pudren en el suelo?
—Sí.
—¿Y cuántas se caen antes de que nadie las recoja?
—Muchas.
—¿Y cuántas cuelgan del árbol sin que nadie las quiera?
Me encogí de hombros.
—Demasiadas —dijo el Zorro—. Hay manzanas que no son recogidas porque el árbol creció en un lugar donde nadie pasa. Hay manzanas que no son recogidas porque la persona que podría hacerlo estaba demasiado ocupada. Hay manzanas que no son recogidas porque la gente olvidó que tenía hambre, o porque aprendió a no tenerla, o porque prefirió comprar las manzanas del mercado que vienen envueltas en papel brillante y saben a nada.
Se detuvo. Me miró.
—Esas manzanas, las de nadie, no se pudren. Esperan un tiempo prudente, y luego suben.
—¿Por qué? —pregunté.
El Zorro me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque todavía tienen algo que dar. Y no pueden dárselo al suelo.
Le pregunté adónde iban exactamente. Él señaló arriba, hacia algún lugar entre las estrellas y las nubes, y dijo:
—Al Banquete Celestial. Una mesa que no tiene patas porque no necesita tocar el suelo. Las manzanas de nadie se acumulan allí hace siglos. Brillan de noche, si sabes dónde mirar. Yo las he visto cuando el bosque está muy quieto y el cielo muy despejado: un brillo suave, color de miel, muy arriba, que los demás confunden con una constelación que no tiene nombre.
—¿Has ido? —pregunté.
El Zorro bajó las orejas.
—No.
—¿Por qué no?
Hubo una pausa. Larga. Del tipo de pausa en que un animal decide si va a decir la verdad.
—Porque —dijo, y en su voz había algo parecido a la vergüenza— ir solo a un banquete no es ir a un banquete. Es solo... comer en un lugar alto.
Eso me pareció una cosa muy honesta de decir.
—¿Y por qué no buscas a alguien?
—Busqué. Durante mucho tiempo. Pero cuando les contaba a los otros zorros, se reían. Cuando se lo contaba a los pájaros, decían que ellos ya volaban bastante y no necesitaban ningún banquete. Cuando se lo contaba a los ciervos, me miraban sin entender. Cuando se lo contaba a las personas, se alejaban como si estuviera inventando cosas.
Hizo una pausa más.
—Nadie siguió nunca una manzana. Hasta hoy.
—Yo no me reí —dije.
El Zorro me miró durante un momento largo, con esos ojos de semilla de limón.
—No —admitió—. No te reíste.
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Esa tarde el Zorro me enseñó a distinguir las manzanas que suben de las que caen. No es difícil, una vez que sabes que existe la diferencia.
Las manzanas que van a subir tienen un color más profundo, como si la luz las encendiera desde adentro en lugar de desde afuera. Y cuando se desprenden de la rama, lo hacen con una lentitud particular, sin prisa, como quien ha esperado tanto que ya aprendió a no tener urgencia.
Las manzanas que caen, en cambio, caen de golpe. Con la sorpresa de lo que no eligió.
—Todo lo que sube —dijo el Zorro— eligió esperar. Y esperar, bien hecho, es una forma de moverse.
Eso lo guardé. No lo entendí del todo ese día. Pero lo guardé, como se guardan las cosas que suenan verdaderas antes de que sepas por qué.
—¿Cómo llegamos al Banquete? —pregunté.
—Hay un camino —dijo el Zorro—. Pero yo no sé dónde empieza. Sé que pasa por abajo.
—¿Por abajo?
—El Hurón lo sabe.
El nombre lo dijo de una manera extraña. Con respeto, pero también con algo de inquietud. Como cuando pronuncias el nombre de alguien que admiras y que te intimida al mismo tiempo.
—¿Quién es el Hurón?
—Alguien que conoce los caminos que nadie ve —dijo el Zorro—. Los que van de abajo hacia arriba. Los que conectan las raíces con las estrellas. Lleva toda su vida excavándolos y explorándolos, y sabe cosas del mundo subterráneo que ningún otro animal ha visto.
—¿Y por qué no le preguntaste antes?
El Zorro vaciló con honestidad.
—Porque el Hurón no confía fácilmente. Y porque... no sé si le importa el Banquete. Él vive bajo tierra. Para él, todo lo que está arriba es una promesa que puede o no cumplirse. Y el Hurón prefiere las certezas a las promesas.
Lo miré.
—Intentémoslo igual —dije.