Heavenly Apple Banquet

El camino que sube bajando

El Hurón conocía un túnel.

No era un túnel ordinario. Era uno que había descubierto hace muchos años, en uno de sus viajes más largos, cuando siguió una corriente de aire caliente que venía de abajo y que olía diferente a todo lo que había olido antes. Nunca le había contado a nadie porque nunca había tenido a nadie con quien ir.

El Zorro, al verlo salir, tuvo la decencia de no disimular su alivio.

—Pensé que no vendrías —le dijo.

—Lo sé —dijo el Hurón—. Por eso vine.

Y eso fue todo. Los tres nos pusimos en camino.

El Hurón caminaba adelante. Yo en el medio. El Zorro detrás, con su cola rozando las paredes del túnel a veces, maldiciendo en voz baja cuando el techo bajaba demasiado.

—Los túneles más importantes —nos explicó el Hurón mientras caminábamos— son los que conectan los dos extremos del mundo. La gente cree que el mundo tiene solo superficie. Pero tiene profundidades y también alturas, y a veces las profundidades y las alturas están conectadas por adentro, como las dos puntas de un arco.

—¿Como los arcoíris? —pregunté.

—Más o menos. El arcoíris lo ves desde afuera. Este camino es el arcoíris por dentro.

El Zorro murmuró algo que sonó a admiración.

El túnel bajaba primero. Bajaba mucho, más de lo que esperaba, y el aire se volvía más cálido y olía a tierra vieja y a raíces profundas y a agua que no había visto el sol en siglos. Las paredes brillaban a veces con minerales que el Hurón nombraba en voz baja según los encontraba: cuarzo, pirita, feldespato, mica plateada. Como si el nombre de las cosas fuera una forma de respeto hacia ellas.

—¿Cuánto tiempo llevas conociendo estos túneles? —preguntó el Zorro.

—Toda la vida —dijo el Hurón—. Y todavía no los conozco todos.

—¿Te asustan los que no conoces?

El Hurón tardó un momento.

—Me interesan —dijo—. El miedo y el interés se parecen mucho. La diferencia está en si te acercas o te alejas.

Seguimos caminando. El Zorro y yo éramos los únicos que hacíamos ruido: mis zapatos en la tierra, la cola del Zorro rozando alguna roca. El Hurón era silencioso como el musgo, como alguien que lleva tanto tiempo entre las cosas quietas que aprendió su idioma.

En algún momento, sin que pudiéramos decir exactamente cuándo, el túnel empezó a subir.

No de golpe. Con la misma suavidad con que había bajado. Como una respiración: primero el aire adentro, luego afuera. La temperatura cambió: de cálida a fresca, de fresca a fría, de fría a algo que no era exactamente temperatura sino otra cosa, algo que se sentía más en el pecho que en la piel.

El aire olía a manzanas.

Suave, lejano todavía, pero inconfundible: el olor dulce y un poco ácido de la fruta madura, mezclado con algo que no sabría nombrar pero que era el olor del cielo. Si el cielo tuviera olor.

—Ya casi —dijo el Hurón.

—¿Cómo sabes? —pregunté.

—Se siente —dijo—. Cuando estás a punto de llegar a algo importante, el aire cambia antes que el lugar.

El Zorro no dijo nada. Pero empezó a caminar más rápido.

El túnel terminó en una abertura circular. No en el suelo: en el aire. Salimos sobre una plataforma de roca que flotaba, tranquila y silenciosa, en medio de un cielo que era casi negro de tan azul, lleno de estrellas aunque todavía no era completamente de noche.

Me detuve en el borde de la plataforma y miré hacia abajo. No vi nada: solo el negro suave de las nubes de abajo. Estábamos muy arriba. Más arriba de lo que nadie debería poder estar sin alas.

Me di vuelta.

Y allí, frente a nosotros, estaba el Banquete.



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En el texto hay: relato corto, fantastic

Editado: 26.05.2026

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