Heavenly Apple Banquet

El Gran Banquete Celestial

No hay palabras exactas para describir el Banquete. Las palabras que existen fueron inventadas para las cosas de la tierra, y el Banquete era de otra categoría. Pero lo intentaré, porque algunas cosas merecen ser intentadas aunque el intento sea imperfecto.

Imagina una mesa. No, primero imagina el aire donde debería estar la mesa. Imagina ese aire brillando suavemente, de un color que está entre el oro y el blanco, como la luz del sol vista a través de un vaso de agua muy limpia. Ahora imagina que ese aire tiene forma: una superficie amplia, horizontal, quieta, que se extiende en todas direcciones más de lo que los ojos pueden seguir.

Eso era la mesa. Hecha de luz, sostenida por nada, extendida como un lago quieto en el medio del cielo nocturno.

Y sobre ella: las manzanas.

Miles. Quizás decenas de miles. De todos los tamaños y todos los rojos: rojo oscuro como sangre, rojo brillante como rubí, rojo con manchas amarillas, rojo casi rosado, rojo con venas doradas. Y no estaban amontonadas sin orden: flotaban a poca altura sobre la mesa, girando lentamente sobre sí mismas, cada una desprendiendo una luz propia, suave, como si guardaran adentro algo parecido al fuego pero más tranquilo, más antiguo, más paciente.

El olor era dulce y fresco y viejo al mismo tiempo. Era el olor de todos los otoños juntos.

Ninguno de los tres habló durante un momento muy largo.

El Zorro fue el primero en moverse. Dio un paso adelante, luego otro, hasta el borde de la plataforma donde la roca terminaba y el aire brillante comenzaba. Extendió una pata y la apoyó en la mesa de luz como quien prueba el hielo antes de cruzar un lago congelado.

—Es sólida —dijo, con una voz que nunca le había escuchado: pequeña, maravillada.

Nos acercamos los tres.

La mesa sostuvo nuestro peso sin esfuerzo, sin crujir, sin ceder. Como si siempre nos hubiera esperado. Como si fuera más que suficiente para nosotros tres y para todo lo que pudiéramos traer.

Caminamos entre las manzanas flotantes, que se separaban suavemente a nuestro paso y volvían a juntarse detrás de nosotros, como el agua que se cierra alrededor de una mano.

El Hurón tocó una con la punta de la nariz. La manzana bajó despacio hacia su hocico, se posó en él, y el Hurón la sostuvo entre las patas con una delicadeza que no le había visto antes: la misma delicadeza con que sostenía sus cosas encontradas.

La olió durante un tiempo.

—Huele a alguien —dijo.

—¿A quién? —preguntó el Zorro.

—No lo sé. A alguien que pasó cerca del árbol donde creció esta manzana y no la recogió. A alguien que quizás tuvo hambre pero no lo admitió. —El Hurón la olfateó de nuevo—. O quizás a alguien que estaba distraído. O que tenía prisa. O que pensó: después. Y el después nunca llegó.

Eso me apretó algo en el pecho.

—¿Podemos comerlas? —pregunté.

—No lo sé —dijo el Hurón—. Nunca estuve aquí antes.

Miré a mi alrededor. Las manzanas seguían flotando, girando con esa lentitud paciente que ya les conocía. Y de repente noté algo: ninguna bajaba sola hacia nosotros. Estaban allí, disponibles, pero no se ofrecían. Esperaban algo.

—Están esperando algo —dije.

—¿Qué? —preguntó el Zorro.

Lo pensé. El Zorro había esperado compañía para venir. El Hurón había esperado razones para salir de su madriguera. Las manzanas habían esperado durante siglos en el cielo. Todo en esta historia era sobre esperar. Pero esperar, entendí en ese momento, no era lo mismo que quedarse quieto. Era moverse hacia algo con paciencia.

—Creo que hay que sentarse —dije.

Los dos me miraron. No preguntaron por qué. Asintieron como quien reconoce una verdad que ya sabía pero no había formulado.

Nos sentamos en la mesa de luz, los tres juntos. El Hurón a mi izquierda, el Zorro a mi derecha. Nuestros costados se tocaban levemente, lo suficiente para sentir el calor del otro en el frío del cielo.

Y entonces las manzanas bajaron.

No todas. Tres. Una para cada uno, con una lentitud que era casi ceremonial. Como un regalo que sabe que lo es. La mía era de un rojo oscuro con una pequeña cicatriz en la piel donde quizás el viento la había rozado una vez, en algún árbol de algún lugar donde nadie había pasado a recogerla. Era redonda y pesada y perfecta.

La sostuve entre las manos. La miré.

El Zorro mordió la suya primero.

Sus ojos se abrieron. Después se cerraron. Masticó despacio, y cuando tragó, abrió los ojos de nuevo con una expresión que nunca le había visto: no de alegría exactamente, sino de algo más quieto y más profundo. De algo cumplido.

—Es —dijo, y tardó un momento en encontrar la palabra— exactamente como la imaginé.

El Hurón comió la suya con más cautela. Probó primero, como quien prueba la temperatura de algo. Luego comió. No dijo nada durante un rato largo. Luego dijo:

—Nunca imaginé que algo de aquí arriba podía saber así.

—¿Cómo sabe? —pregunté.



#609 en Fantasía
#113 en Magia

En el texto hay: relato corto, fantastic

Editado: 26.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.