Bajamos por el mismo túnel.
El camino de vuelta siempre parece más corto que el de ida. No porque sea más fácil sino porque ya lo conoces: saber adónde llevaron los pasos anteriores le quita el peso a los siguientes.
Nadie habló demasiado durante el descenso. No era un silencio incómodo. Era el silencio de las personas que han compartido algo grande y saben que hablar demasiado pronto lo haría más pequeño.
El Hurón nos acompañó hasta la entrada de su madriguera. Se detuvo en el umbral, mirando el bosque con esa expresión suya de alguien que mide las distancias antes de decidir.
El bosque de noche era diferente al bosque de tarde. Más oscuro, sí, pero también más quieto, más honesto. Sin el ruido de los pájaros ni el viento entre las hojas, el bosque de noche era simplemente lo que era: árboles y tierra y raíces y el olor a madera y musgo.
—¿Volverás alguna vez? —le pregunté.
—Al Banquete —dijo el Hurón— quizás. —Hizo una pausa—. Al bosque, sí. Creo que hay más cosas perdidas aquí arriba de las que pensaba.
Se metió en su madriguera. Luego sacó la cabeza de nuevo.
—La semilla —dijo—, cuídala si yo no estoy.
—¿Me la dejaste a mí?
—Te la di. Hay diferencia entre dejar y dar.
Y desapareció en la oscuridad verde de sus luces fosforescentes.
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El Zorro y yo caminamos juntos hasta el borde del bosque donde nos habíamos encontrado la primera tarde. La roca plana seguía allí. Se sentó sobre ella con su cola envuelta alrededor de las patas, como siempre.
El cielo empezaba a aclararse muy levemente en el horizonte. Ese color azul oscuro que precede al amanecer y que todavía no es azul sino casi.
—¿Qué harás ahora? —le pregunté.
—Seguiré aquí —dijo—. Mirando las manzanas que suben. Ya sé que hay un lugar al que van.
—¿Y eso te hace sentir mejor?
—Me hace sentir —dijo el Zorro— que el mundo es más grande y más generoso de lo que parece cuando lo miras solo desde un lugar.
Le pregunté si recordaría este día.
—Los días importantes —dijo— no se recuerdan como recuerdas una lista de cosas. Se quedan más adentro que eso. Se convierten en parte de la forma en que ves las demás cosas. Cambias sin darte cuenta, y un tiempo después te das cuenta de que cambiaste, y no puedes señalar el momento exacto, pero sabes que fue entonces.
Asentí.
—¿Y si nadie me cree cuando cuente lo que pasó? —dije.
El Zorro me miró con sus ojos de semilla de limón.
—Las cosas verdaderas no necesitan que las crean para seguir siendo verdaderas.
Me volví para irme. Luego me detuve.
—¿Cómo supiste que yo seguiría la manzana?
El Zorro pensó durante un momento genuino.
—No lo supe —admitió—. Esperé que alguien lo hiciera. Y llegaste tú.
—¿Y si hubiera llegado otro?
—Habría sido otra historia —dijo—. Pero también habría sido la historia correcta.
Caminé de regreso al jardín de mi abuela. Cuando entré, ella estaba en la cocina haciendo café, con su bata azul y el cabello todavía suelto.
Me miró. Miró mis zapatos llenos de tierra. Miró mi cara.
No preguntó nada.
Puso una taza de café con leche frente a mí y se sentó a mi lado, y los dos miramos por la ventana el manzano viejo del jardín.
Y mientras lo mirábamos, una manzana se desprendió de su rama y subió.
Esta vez, mi abuela la vio.
No dijo nada. Solo puso su mano sobre la mía, muy suave.
Y eso fue suficiente.