Heavenly Apple Banquet

Epílogo: Lo que aprendí de las manzanas

Hay cosas que entendí ese día y que tardé años en poder decir con palabras.

La primera: que las cosas más hermosas del mundo no desaparecen cuando nadie las toma. Solo esperan. Suben, si tienen que subir. Se acumulan en algún lugar que está más arriba de lo que habitualmente miramos, y siguen estando ahí, perfectas y pacientes, hasta que alguien llegue acompañado.

La segunda: que ir acompañado no significa ir con mucha gente. Significa ir con alguien que también necesita llegar. El Zorro necesitaba compañía. El Hurón necesitaba razones. Yo necesitaba un camino. Nadie tenía todo. Juntos teníamos suficiente.

La tercera: que el miedo y el interés se parecen mucho, y la diferencia está en si te acercas o te alejas. Esta me la enseñó el Hurón, y es la que más uso, todavía hoy, cada vez que algo me asusta.

La cuarta: que algunas semillas no saben todavía qué van a ser. Y eso está bien. Las cosas crecen cuando encuentran el suelo adecuado, no antes. Forzar el momento no apura nada. Solo lo daña.

Y la quinta, la más difícil de decir y quizás la más importante:

Que compartir no es solo un acto generoso. Es el único acto que convierte algo ordinario en algo celestial. Las manzanas de nadie subieron durante siglos. Fueron generosas con nadie durante siglos. Y aun así no sabían como sabían hasta que alguien llegó, se sentó, y las comió junto a otro.

La dulzura estaba siempre. Pero necesitaba testigos.

Años después, cuando ya era más grande de lo que era ese día, planté la semilla que el Hurón me había dado.

Tardó mucho en crecer. Los primeros tres años no pasó nada visible. Solo tierra. Solo paciencia. Solo la fe de regar algo que todavía no le debía nada al sol.

Al cuarto año asomó algo verde.

Al séptimo año era un árbol pequeño.

Al décimo año dio su primera manzana.

La sostuve entre las manos como había sostenido aquella otra en el cielo. Era roja y redonda y pesada y perfecta. Y tenía una pequeña cicatriz en la piel donde quizás el viento la había rozado una vez, en alguno de esos años en que no había nadie mirando.

No la comí sola.

Esperé.

Y cuando llegó la persona indicada, la partí en dos, y le di la mitad, y los dos la comimos juntos bajo el árbol, sin decir nada, mirando el cielo.

Y supo exactamente como había sabido en el Banquete.

Como algo que valió la pena esperar.

✦ F I N ✦



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En el texto hay: relato corto, fantastic

Editado: 26.05.2026

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